Antonio Gamoneda:
‘Soy el mejor de mi barrio’

Antonio Gamoneda lleva seis meses enfrascado en un poema largo: “La prisión transparente”. “Lo habré reescrito más de 30 veces”. Apenas esta mañana, dice, volvió sobre los versos. “Como quien se afeita”.

Después de ganar en 2006 el Premio Cervantes, Gamoneda se quedó sin tiempo para escribir. Y él, que siempre decía sí, tuvo que aprender a decir no. “Una palabra que ciertamente detesto, pero que quizá es hija de la situación histórica y personal en que vivo”.

Mañana, la Universidad Autónoma del Estado de México le entregará un doctorado honoris causa, y, aunque a sus 83 años, por razones de salud, no le conviene viajar, aceptó porque le caería bien al ánimo.

“Tengo diabetes, hipertensión, estrechez de las arterias carótidas… Pero debo ser muy fuerte porque resisto las enfermedades y además las medicinas”, afirma sonriente.

¿Se ha preguntado qué hubiera sido de usted de no ser poeta?

No, pero me lo puedo preguntar ahora mismo. No tendría por qué ser más triste ni quizá más alegre. De no ser poeta, quisiera estar en una actividad también creativa: el cine o la pintura, pero para nada de eso estoy dotado.

¿Lo ha intentado?

No, yo he sabido desde muy niño que estaba condenado a ser poeta.

Lo supo porque al mismo tiempo que aprendía a leer descubría la poesía en el único libro de la casa, Otra más alta vida, que había escrito su padre, quien le heredó el nombre y murió cuando tenía un año. De su natal Asturias partió con su madre a León, estalló la Guerra Civil y supo lo que era el hambre.

“Eso crea una mentalidad. Yo prefiero que me sirvan poco, pero nunca dejo nada en el plato. Y no hay nada que no me guste. Eso nace de la guerra”.

¿Todavía está presente el frío que sentía de niño, pegado a los barrotes de su balcón?

Es el frío progresivo y, por tanto, permanente, que proporciona el natural conocimiento de que estoy acercándome a mi desaparición. Se van los seres queridos, los amigos, y te quedas cada vez más solo, más frío. La envoltura cálida que te daba la vida se va enfriando.

¿Cuál era ese acuerdo tácito que compartía con su amigo Juan Gelman?

Nos queríamos mucho, yo le sigo queriendo. Tiene que ver con entender la vida de una manera generosa y solidaria, pero sin excluir el rechazo, la insurgencia. Y tratar de salir de uno mismo de la manera menos visiblemente dramática para no crear sufrimiento en otros.

En su década de amistad, Gelman nunca le envió poemas, pero, en los dos últimos meses de su vida, le mandó tres, inéditos, con una sola frase: “Para ti, Antonio”. “Era”, recuerda Gamoneda, “su manera de despedirse”.

En su poesía primero surgió el blanco, luego el amarillo. ¿Ha aparecido algún nuevo color?

Ha estado muy presente el azul, menos el rojo. Blanco y amarillo son colores terminales. La naturaleza empieza a amarillear cuando comienza a morir, poco a poco, y el blanco ya es la desaparición. El blanco es vecino de lo invisible.

Compara a la poesía con una droga porque produce a su autor el mismo efecto: “Un no estar en sí, un liberarse de sí mismo”. Su obra, con títulos como Descripción de la mentira, Lápidas, Libro del frío, le ha permitido transformar su sufrimiento, convertirlo en poemas. “Y eso para mí comporta liberación”.

La poesía no puede cambiar el mundo, ha dicho, pero sí intensificar las conciencias. ¿Qué efectos benéficos produce?

Pienso que intensificar las conciencias hace que sean más sensibles ante realidades justas, injustas, más receptivas, más operativas, quizá, en relación con los poderes represivos, con la pobreza impuesta, con la traición de un amigo.

Creció con su madre y tuvo, además, tres hijas. ¿Qué han significado las mujeres para usted?

Mi contexto familiar ha sido siempre femenino, y tengo que decir que, muy cariñosamente, quienes ejercen el poder en la familia son las mujeres, no soy yo.

Gamoneda, miembro de la resistencia antifranquista, considera que en el momento actual hay motivos suficientes para sentir y practicar la ira. El poder económico, lamenta, se ha inventado una gran crisis mundial que en España ha provocado un abaratamiento del trabajo.

La solución, para el poeta, está en el crecimiento de una economía paralela, primitiva, incluso de intercambio, ajena al dinero, “que es un valor irreal”.

Sus numerosos premios literarios, dice, no han influido en su obra. “Mi poesía es la que es. Yo soy el mejor poeta de mi barrio, que tiene tres viviendas”. Aclara que es la calle de Dámaso Merino, en León, para que no se confunda con el vecino barrio gótico, que es más amplio.

Reforma, 27 de agosto de 2014