Carlos Fuentes:
‘No quiero repetir los éxitos del pasado’

A Carlos Fuentes no todos lo festejan. “Por fortuna, tengo algunos enemigos”, ríe. ¿Nombres? “No, never”.

Agradecido y contento por el homenaje nacional que recibe por sus 80 años de vida, los 70 amigos participantes y las 6 mil 200 personas que reunió en el Auditorio Nacional, destaca que en estos días se haya dado una celebración de la cultura.

Es usted una gloria nacional.

Mire, el año entrante estaré en Londres escribiendo y ya ni quien se ocupe de mí. Es una fiesta, pero no marca mi existencia, mi derrotero ni mi porvenir. Tengo muchos libros iniciados por delante y es a lo que me quiero dedicar, no a celebrarme a mí mismo, ¡por Dios!

Lejana está la epifanía que sintió a los 17 años, excitado, feliz, frente a uno de sus primeros cuentos.

“Eso no se repite nunca. Lo que hay es un goce profesional, pero siempre novedoso. En la escritura debe haber un elemento de peligro, de audacia; si no, se escriben libros de cajón. He querido exponerme siempre al siguiente desafío. No quiero repetir los éxitos del pasado”.

¿Ha matado muchas páginas?

Uno está obligado a corregir y matar páginas, y a mandarlas al basurero, y a ser estricto con uno mismo. A veces, uno no lo es porque se enamora de la página, eso es malo, me doy cuenta, pero es inevitable.

De no haber optado por la literatura, ¿qué destino le habría gustado vivir?

Yo era discípulo de un gran maestro de derecho del trabajo, José Campillo Sainz, tenía 22 o 23 años, y me ofreció un puesto de representante de la OIT en México. Ese momento decidió mi destino porque me dije: no quiero ser abogado, quiero escribir. ¿Y quién puede ser ese joven? Miguel de la Madrid. Pude haber llegado a Presidente si sigo ese camino. No sé cómo le hubiera ido al País.

Pagó de joven, con una úlcera, su lucha contra la página en blanco, ¿qué otra enfermedad le ha dejado ser escritor?

He tenido enfermedades cardiacas, tengo que tomar pildoritas y cuidarme, pero estoy bien porque me supe educar a tiempo para tener a mi edad una buena salud. No fumo, no bebo… y tomo mis pildoritas.

¿A qué edad fue eso?

Cuando me casé con Silvia (Lemus), tuve hijos y no quise arruinar la vida de nadie con mis pequeños vicios. Todo eso lo dejé en nombre de mis hijos, para ser un mejor papá.

En sus novelas maneja con gracia las “malas palabras”. En la vida diaria, ¿qué lo mueve al insulto?

La maledicencia, la traición, la cobardía, la insinceridad, son las cosas que me encabronan.

Jesús no sólo redime al hombre, ha escrito, sino también a Dios Padre, a quien salva de su fama cruel. ¿Es Jesús la figura de la Trinidad de quien se siente más cercano?

Creo que es la figura real, que caminaba sobre la tierra, no sé si es Dios o fue una figura histórica extraordinaria. En México, siempre lo he dicho, hasta los ateos somos católicos, porque participamos de una religión que ha durado miles de años, más que cualquier ideología política, y aunque uno no sea religioso o creyente, hay que preguntarse por qué ha sucedido esta permanencia, qué le dan las religiones a los hombres. Yo me lo pregunto, no estoy convencido de la respuesta; ojalá la encuentre, pero no lo creo.

¿Es usted un hombre religioso?

De una manera vaga, en el sentido de que mi fe en la literatura es casi una religión para mí, mi fe en la amistad y en el amor. No sé si eso es religión, pero es devoción.

¿Cuáles eran sus juegos de niño?

Yo crecí primero en los Estados Unidos, donde no sé por qué me encantaban las canicas. Las coleccionaba, y también tarjetas de chicles americanos con retratos de los jefes indios de Estados Unidos. Son manías que uno tiene de niño.

¿Era bueno con las canicas?

Bastante bueno, apuntaba bien.

¿Por qué no aprendió a manejar?

Soy disléxico, puedo causar grandes problemas. Cuando estudiaba en Suiza me sucedieron un par de accidentes y la policía me dijo: vamos a decirle a Interpol que usted no debe manejar. No manejé nunca porque el problema era la dislexia, tomaba el camino equivocado. En honor a la ciudadanía, me retiré.

¿Sigue en pie su proyecto de novelar el último día de Zapata?

Es mi próximo proyecto. Pienso documentarme mucho en la universidad, visitar Morelos y llevar adelante ese viejo proyecto, que acaricio mucho. Se llamará Emiliano en Chinameca.

¿Continúa haciendo trabajo de campo, como cuando escribió La región más transparente?

Con este trabajo de Zapata tengo que hacerlo, con La voluntad y la fortuna no tenía que moverme de mi escritorio porque todo lo sabía o lo imaginaba, pero a veces hay que ponerse huaraches y salir por ahí.

Así lo dijo

“Uno debe tener mucho miedo al escribir. No es un acto natural como comer, o hacer el amor, es en cierto modo un acto contra natura. Es decirle a la naturaleza que no se basta a sí misma, que necesita otra realidad, la imaginación literaria”.
Carlos Fuentes
Escritor

Reforma, 26 de noviembre de 2008

‘Una obra perfecta
sólo Dios podría leerla’

Carlos Fuentes confiesa sentir por Drácula una gran piedad. Fue por compasión a su errante destino que trasladó al conde Vlad a la Ciudad de México, a una mansión de Las Lomas llena de coladeras, seguro de que en esta urbe populosa no habría de sufrir por falta de sangre.

“Drácula pertenece a la tradición literaria del encierro, como Frankenstein o los personajes del Marqués de Sade, que se ocultan para cometer sus orgías. Pero el vampiro se ve obligado a viajar porque sus reservas de sangre son limitadas”.

¿Y si hubiera hecho recalar a Vlad en el Congreso, entre los políticos?

Drácula está en el PRI, ¿no? Se llama Madrazo, creo, es su encarnación actual.

En Vlad, uno de los seis relatos que integran el nuevo libro del escritor, Inquieta compañía (Alfaguara), el siniestro Vlad Tepes, El Empalador, el origen histórico del mito, se revela como un vampiro vampirizado. Vlad es una víctima más de un ser oscuro sobre el que Fuentes pide guardar silencio.

¿Qué le atrae más del vampiro: su capacidad erótica, la posibilidad de ser inmortal?

Me fascina la facilidad con que las mujeres se le entregan. La seducción que ejerce; ellas saben cómo salvarse, pero prefieren convertirse en víctimas del vampiro, lo desean. Eso pasa también en mi historia.

Las esposas de sus relatos son infelices, lo mismo Asunción en Vlad, que Alberta en La bella durmiente.¿Falta de fe en el matrimonio?

Para nada. Ya lo dijo Tolstoi: “Sólo las familias infelices son interesantes”.

¿Nunca ha deseado ser inmortal?

A ese grado de locura no llego. Para eso se escribe: para suplir la mortalidad.

¿Con esa inmortalidad le basta?

No, los libros no dan la inmortalidad; son la inmortalidad, aunque nadie los lea, aunque los tiren a la basura o los quemen. En el acto de escribir se obtiene la sensación de inmortalidad.

* * *

Inquieta compañía se mueve en el territorio de la literatura fantástica, explorado por Fuentes en Los días enmascarados, Aura, Una familia lejana.

“Este tipo de obras me permite descansar de novelas de corte más realista, pero ¿qué es la realidad en literatura? Está la realidad extrasubjetiva, esa mesa, el jardín, una realidad inmediata que la literatura convierte en algo diferente. Existe La Mancha, pero un ser insospechado, el Quijote, la vuelve literatura. Junto a esa realidad paralela hay otra más, la realidad fantástica, que crea una tercera dimensión, algo que nos acecha y que desconocemos”.

Los habitantes de estos relatos fantásticos se mueven también en el terreno de la locura, ¿era consciente de estos dos registros?

Siempre hay ese registro en la literatura fantástica, desde el momento en que trata de lo que Dostoievski, hablando de Edgar Allan Poe, llamaba la realidad más excepcional. El margen de la realidad que generalmente no vemos, ese que aborda la literatura fantástica, está muy cercano a la locura. Un hecho extraordinario es que Poe era el escritor de cabecera de Stalin.

En dos cuentos, La buena compañía y Vlad, dos niños crean una atmósfera inquietante.

Todos sabemos, al crecer, que el mundo adulto existe para idiotizar a los niños, quitarles la sabiduría que adquieren en el vientre materno. Pero siempre queda en el niño un resto de esa visión primigenia que le permite ver la realidad escondida al lado de la aparente.

¿Hay en ese pensamiento cierta nostalgia?

No conozco a nadie inteligente que no tenga nostalgia de su infancia.

Los personajes que escapan a la normalidad para instalarse en un mundo aparte, dice Fuentes, son los que le interesa abordar en su libro. Así aparecen las hermanas Serena y Zenaida, que esconden terribles secretos bajo un aspecto inofensivo, también Calixta Brand, salvada por un ángel, o Alberta, un fantasma de carne y hueso.

Ninguno de sus personajes de cuento o novela, afirma, lo ha abandonado; todos se han quedado, aun los intolerables, como Ixca Cienfuegos, el protagonista de La región más transparente.

“Cuando Flaubert afirmó: ‘Madame Bovary soy yo’, dijo la más grande verdad de un novelista”.

* * *

El escritor nacido en 1928, galardonado con los premios Príncipe de Asturias y Cervantes, explora también en su nuevo libro las distintas formas de la muerte.

“Cuando uno es joven, ve la muerte como un tema literario, pero poco a poco deja de ser ficción y empieza a convertirse en autobiografía, a medida que se acercan los caminos paralelos de la vida y de la muerte”.

“El deseo nunca es inocente”. ¿Ha aprendido a controlarlo con los años?

Hasta cierto punto, porque no tener deseos es también una forma de morir. Pero el deseo es peligroso porque implica poseer a alguien, una invasión del terreno del otro. Esto es lo bello y lo terrible del deseo: que no se puede quedar dentro de uno porque se pudre. Quien desea y no actúa, dice Blake, se condena a muerte. Llegar a la definición que los franceses dan del amor, el perfecto egoísmo entre dos, es difícil.

¿Esa sería la perfecta medida del deseo?

Todos buscamos la perfecta medida del deseo. Para mí, una de las grandes epopeyas del deseo es la crónica de Bernal Díaz del Castillo. Es un hombre que se enamora de lo que descubre, la gran Tenochtitlan, tan maravillosa que desea destruirla.

¿Para poseerla?

Ese es el peligro del deseo, que puede ser excesivo.

El protagonista de El amante del teatro crea vida con la mirada. ¿Ver es para usted el primer paso de la creación?

Sí, pero yo creo que en literatura se sueña más de lo que se ve. El carácter onírico de la escritura es sumamente importante, y no porque lo haya dicho Freud, ha sido así desde la más antigua poesía.

* * *

Un cuento significa un día más, afirma Fuentes. Como a Scherezada, te salva de la muerte.

“El origen de la literatura es Las mil noches y una noche y la santa patrona de los escritores es Scherezada, la narradora madre”.

“La imperfección es la herida por donde sangra un libro y se hace humanamente legible”, dice Calixta Brand.

Eso me importa mucho. Creo que fue Calvino quien dijo que una obra perfecta sería ilegible, sólo Dios la podría leer. La literatura debe tener imperfecciones, requiere sangrar por una herida para ser humana, legible.

¿El paso del tiempo le ha permitido escribir obras más humanas?

Creo que sí. Hay cualidades de la vida que uno va asimilando, no hablo sólo de experiencia sino de algo más secreto, que lo va educando a uno, enseñando a amar más cosas. Uno de joven suele ser arrogante, pero con el tiempo se vuelve más sabio.

“No sé cómo contar la manera como se enamoran las personas”. ¿Es el terreno literario más frágil que ha pisado?

Creo que sí, porque el tercer gran misterio, después del nacimiento y la muerte, es por qué dos personas se enamoran. Uno camina por la calle sin conocer a nadie, de manera que el encuentro con un ser al que vamos a amar es un milagro.

¿Ha pensado en hacer del demonio su aliado?

Hay una parte del demonio que todos tenemos, porque es un ángel caído. La gran herejía de Orígenes fue decir que la misericordia de Dios es tan grande que algún día terminará por perdonar a Lucifer, pero yo creo que es una gran verdad. Más vale cultivar al diablo, porque va a ser perdonado.

Una esperanza

El Presidente Vicente Fox se acerca peligrosamente al vacío de poder, advierte Carlos Fuentes. “Si llegase a suceder, quienes ya tienen todo dispuesto para ocuparlo son los gobernadores, la Conago, porque ni la política ni la naturaleza toleran los vacíos, los llenan inmediatamente”.

El escritor desea que Fox mire hacia el futuro, imponiéndose tareas como la reforma del Estado.

¿Cree que estará a la altura de su deseo?

Le doy una esperanza, nada más.

Los españoles castigan al Partido Popular y dan el poder a los socialistas, ¿qué podrían aprender los políticos mexicanos de este resultado?

A veces pienso que son incapaces de aprender algo. Creo que en toda América Latina, no sólo en México, existe el peligro de un regreso al autoritarismo; además, es nuestra tradición.

Su novela La Silla del Águila resultó profética, afirma. Ahí anuncia la vuelta al poder de un PRI renovado. “Espero que no suceda”.

Reforma, 17 de marzo de 2004

Silvia Lemus: ‘Es brillante’

“Mira, te presento a Mr. Fuentes”, le dijo una amiga en una fiesta. Silvia Lemus sabía quién era el escritor; había leído sus libros y recordaba haberlo visto paseando por la Zona Rosa, siempre acompañado de alguna chica, cuando aún lo precedía su fama de donjuán. Lo que no esperaba era que Carlos Fuentes también la conociera: “La he visto en televisión”.

Después de una carrera como creativa en agencias de publicidad, Lemus trabajaba en 1972 como periodista en el programa 24 horas, junto a Jacobo Zabludovsky. Una labor que dejaría al año siguiente, cuando partió a París para casarse con el escritor.

Han cumplido 35 años de un amor que permanece. Hoy que Fuentes festeja su aniversario 80, su esposa pinta el más cercano de sus retratos.

En su diccionario personal, En esto creo, su marido alaba su belleza, su gusto por la ropa, su encanto para hacerse esperar, el sentimiento de amor total que le inspira. ¿Qué elogios le dedica usted?

Mi marido es muy literario. Yo diría que me gusta su facha. Esa cabeza llena de ideas en ebullición constante. Es brillante, mundano, elegante, nervioso, memorioso, con buenas costumbres. Me gusta su voz, sus manos, su puntualidad.

“Silvia, de quien sigo enamorado después de tanto tiempo…”. ¿De qué está hecha la materia que los mantiene unidos?

No es materia, es misterio.

Alguna vez declaró que cuando decidió casarse con Fuentes resolvió hacer a un lado los celos. ¿Qué otras batallas tuvo que vencer tras aceptar ser su esposa?

No recuerdo haber dicho eso nunca. El que decidió casarse conmigo fue él, yo acepté. Me lo propuso de una manera muy ortodoxa. Después de oír cantar a Nancy Wilson en el María Isabel, mientras bailábamos, se retiró un poco y me dijo: “Me quiero casar contigo, tener hijos, llevarte a vivir a París”. El 18 de noviembre de 1972, un año después de conocernos, nos embarcamos en el France, en Nueva York. El 22 de agosto de 1973 nació Carlitos.

En cuanto a los celos, uno aprende a evitarlos. Las batallas las vencemos juntos.

Sus amigos ven en Fuentes a un hombre de energía inagotable. ¿Es difícil seguirle el paso? ¿Qué aficiones comparten?

Me contagia la energía. Si yo no puedo seguirle el paso, o él a mí, cada quien hace lo que debe, siempre de acuerdo.

¿Aficiones compartidas? El cine, el teatro, la ópera, las ciudades, la comida. Él me repite: “Qué bueno que tenemos los mismos gustos”.

¿Su trabajo como periodista –en el programa Tratos y retratos– le ha permitido afirmar su individualidad frente a un hombre de la personalidad de Fuentes?

Sí, desde luego, pero yo desde antes de conocerlo era independiente. Ya había afirmado mi individualidad. Yo siento que o soy independiente o no existo. A él le gusta eso.

¿Comparten lecturas? ¿Se recomiendan autores? ¿Cuál ha sido su último descubrimiento literario?

José María Pérez Gay, un día en nuestra casa, descubrió en la biblioteca Los sonámbulos, de Hermann Broch, firmado y fechado por el joven Carlos Fuentes cuando tenía 19 años, y me dijo: “¡Lo leyó a los 19!”. Es muy difícil alcanzar a Fuentes en sus lecturas, que son constantes y hace con gran rapidez. Él me recomienda lecturas más que yo a él. Mi último descubrimiento literario es Burnt shadows o Sombras de fuego (todavía no ha sido traducida al español). Su autora es Kamila Shamsie, una hindú de 35 años, radica en Londres. Se lo di a leer a Fuentes y le interesó y gustó muchísimo.

¿Es Fuentes celoso o supersticioso con sus novelas? ¿Lee sus obras conforme las va creando o prefiere que las vea cuando están terminadas?

Es hermético. Yo prefiero leerlo ya publicado, el libro en la mano, como lo hice desde antes de conocerlo. Pero él me habla todo el tiempo de lo que hace. Yo sé de qué se trata (cada novela), conozco a sus personajes.

¿Qué admira más de su disciplina de escritor?

Eso, su disciplina. Es de hierro.

¿Cuál es la principal enseñanza vital que le ha dejado ser su compañera?

Nuestros hijos, Carlos y Natasha. Los amamos siempre, ahora y siempre.

¿Siente por alguna de las novelas de su esposo un afecto especial? ¿Hay algún personaje que la conmueva particularmente?

Terra nostra. La escribió durante los años en que nacieron los niños. Entre París y Washington, donde nació Natasha. Un personaje: Laura Díaz. Me gustan las mujeres valientes.

Usted que conoce ese mundo, díganos: ¿Tienen los escritores algún rasgo definitorio o definitivo?

El egoísmo.

¿Qué actitud adoptan las esposas cuando se reúne un grupo nutrido de escritores: los dejan solos, los disfrutan como público?

Yo, las dos cosas.

¿Los amigos de su esposo son sus amigos, o habitan un mundo paralelo aunque próximo? ¿Quiénes son sus mejores amigos?

También son mis amigos.

Mis mejores amigos son dos mexicanos, dos americanos, dos franceses, dos españoles, un checo, un sueco y muchos latinoamericanos.

Vivir en Londres, además de permitirle a su marido escribir sin los sobresaltos de la vida social, ¿es también una forma de resguardar su intimidad?

En su caso, así es. Yo soy más gregaria. Salgo y me reúno con mis amigas, me gusta platicar con ellas. Carlos siempre me pregunta: “¿De qué hablan tanto las mujeres?”. Una amiga especial es Cecilia Fuentes Macedo, la hija de Carlos y Rita Macedo.

Proteger nuestra intimidad lo hacemos dondequiera que estamos.

Escribir es una profesión solitaria. ¿Qué cuidados brinda a su marido para favorecer su obra?

Dejarlo en solitario. No interrumpirlo con vaguedades.

¿Hay algo que Fuentes no tolere mientras escribe, que sea necesario evitar?

Entrar sin tocar la puerta de su estudio. Si me le aparezco de pronto, respinga asustado. Está en otro mundo.

“Todas las noches”, escribe su marido, “dejo una nota invisible sobre su almohada que dice ‘me gustas’”. ¿Cuál es su respuesta a ese mensaje?

“Qué guapo y qué bueno eres…”.

Su esposo es reconocido como escritor, analista político, diplomático. ¿Hay algún don que le esté negado?

No sabe cocinar como Julian Barnes.

Reforma, 11 de noviembre de 2008