David Huerta:
‘Lo poético es impuro’

David Huerta sintió cuando era adolescente que el mundo no lo merecía. Hasta que la vida lo puso en su lugar y le reveló un mantra: “No te tomes en serio”.

“Cuando era joven no la pasé bien”, recuerda el poeta. “Tuve una hija, un divorcio, necesidad de trabajar. Viví en la noche, de manera muy desordenada, durante demasiado tiempo”.

Para Huerta, la publicación de La mancha en el espejo (FCE) es una nueva lección de humildad. Son dos volúmenes que compilan cuatro décadas de obra poética, de 1972 a 2011.

“Aquí está lo que he podido, lo que he sabido hacer. Tengo que ver las cosas en su realidad. Es importantísimo, pero es nada más un libro”.

La Poesía completa de su padre, Efraín Huerta, abarca 623 páginas. La mancha en el espejo suma más de mil 600 páginas, y a eso hay que agregar los poemas sueltos que ha publicado y también los más recientes.

¿Tenía usted más cosas que decir que su padre?

Probablemente no, pero tenía mucho vuelo mecanográfico. Mi papá era mejor poeta de lo que yo jamás podré ser.

Su padre celebraba su poesía.

No era objetivo. Era un hombre lleno de pasiones, y una eran sus hijos.

¿Nunca le creyó?

Todos somos imperfectos. Se lo creí durante un momento.

A Huerta los críticos le han colgado, afirma, el sambenito de barroco, de indescifrable. Su primer poemario, El jardín de la luz (1972), era un libro “derivativo” producto de sus lecturas. En Cuaderno de noviembre (1976), de versos ásperos, prosaicos, empezó a descubrir su voz.

“Para mí eso es lo poético: una poesía imperfecta, impura, como dice Neruda”. Si algo permite advertir La mancha en el espejo, dice, es su disposición al cambio, a obedecer los vientos de la vocación y de las sucesivas pasiones y obsesiones.

“No he querido ser de una sola manera. Soy un poeta que cambia”.

¿Ha buscado la claridad en su poesía?

No, lo que busco es la dificultad. Prefiero que el lector se sienta desafiado a reflexionar. Mi poeta favorito es Luis de Góngora.

¿Cuál es la materia prima de sus versos?

La experiencia vivida y la experiencia del lenguaje están muy trabadas. Me importa mucho cómo suenan las palabras puestas una detrás de la otra. Ésa sería la materia prima, la importancia que le doy al orden de las palabras.

Huerta no es disciplinado, pero se mantiene en estado de alerta. Su padre le heredó la costumbre de cargar siempre una libretita donde atrapar los versos.

¿Le ha salvado de algo la poesía?

No, lo que me ha salvado de la muerte, de heridas profundas, de mutilaciones, es la gente. La poesía me ha acompañado.

Hubo un momento en que Huerta tuvo que escoger entre perderse en el caos o recuperar el orden de la vida. Decidió salvarse. “Lo más importante que me ha pasado es casarme con Verónica Murguía. Ella sí es una escritora de raza; yo soy un poeta esforzado, nada más”.

¿Qué queda de su parte combativa, del militante del 68?

Queda mucho, sin duda. Lo más importante es una cierta convicción moral, una conducta. Las cosas que me enseñó mi mamá y que están en los mandamientos: no robes, no mientas, no le hagas daño a la gente. He sido siempre un hombre de izquierda, y para mí eso se ha destilado en estos valores.

Huerta se declara “con el corazón puesto” para festejar a su padre, don Efraín, de quien se celebrará el 18 de junio el centenario de su nacimiento en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. Ese mismo día se inaugurará en el Centro Cultural Casa Talavera de la UACM una exposición de Pablo Rulfo sobre el poemario Los hombres del alba.

La Secretaría de Cultura de la Ciudad de México hará ediciones masivas de sus poemas, en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería habrá lecturas de su obra y en la UNAM se organizarán mesas redondas.

“Lo admiramos porque escribió poemas. Hay que trabajar en esa dirección”, dice Huerta.

Al principio le pesaba la sombra de su papá, dijo alguna vez, y luego todo cambió. ¿Cómo se liberó?

La idea que tenía de mi padre cambió cuando cumplí la edad que tenía cuando yo nací, 35 años. Empecé a hacer la paz con ese absurdo de querer matar al padre, competir, superarlo. Acepté que es un poeta al que no puedo igualar. Ante ese reconocimiento, ¿qué me queda? ¿Dejar de escribir? No. Voy a hacer lo que pueda, voy a dar lo que es natural en mí.

Reforma, 1 de febrero de 2014