Fernando Vallejo:
Vuelve al paraíso

Fernando Vallejo y sus veintiún hermanos eran como la plaga. En la entrada de la finca de Santa Anita, su abuela Raquel y su tía abuela Elenita sólo atinaban a decir, cuando la familia se acercaba en su Fordcito: “¡Llegaron!”.

Así titula el escritor colombiano su nueva novela, donde regresa a los días de la infancia con una narración despiadada, de la que nadie se salva, ni Dios ni los políticos, ni siquiera Vallejo, que es también blanco de su filo burlón.

Con motivo de la publicación de ¡Llegaron! (Alfaguara), el autor de libros como La virgen de los sicarios y La puta de Babilonia responde esta entrevista vía correo electrónico, con su estilo irreverente, hiperbólico, desafiante. Puro Vallejo.

¿A quién estoy entrevistando: al escritor o al personaje?

Estás entrevistando a ambos, yo soy Dos en Uno, o sea uno menos que la Santísima Trinidad. Yo soy la Santísima Dualidad.

¿Representa para usted Santa Anita el paraíso perdido?

Así es. Santa Anita, la finca de mis abuelos y de mi infancia, vista desde ahora, desde mi final, la considero el paraíso, al que sé que no voy a volver a entrar. Más fácil entran Eva y su serpiente.

Al leer su novela, uno piensa que las nuevas generaciones son más terribles que las anteriores, su maldad es más refinada, ¿es que la humanidad no tiene remedio?

Por el contrario. El hombre es peor día con día. Cada vez más mentiroso, más simulador, más corrupto. Imbecilizado y envilecido por el fútbol, la televisión, la política, la religión… Y claro que no tiene remedio. Ni redención. A dos milenios de la de Cristo, no puede estar más claro que ésta no sirvió para un carajo.

¿Por qué convierte a la familia en blanco de sus diatribas?

Para cobrarles todas las que me hicieron. Ya antes había hecho cuanto pude por dejarlos en la ruina.

¿Cuál es el centro neurálgico de su obra: el dolor, la muerte, el absurdo de la vida?

La vida es mi gran desgracia, aunque no parece que sea así para los demás. ¡Qué empeño tan generalizado el de seguir viviendo! Yo no me despacho al otro toldo por lo perezoso que soy.

Esa Libreta de los muertos suya,¿cómo es que se adelanta al tiempo, incluyendo a vivos como Jorge López Páez y Belisario Betancur?

¿López Páez vivo? Eso cree él. Vivo lo que se dice vivo no estoy yo, ¡va a estar el pobre Jorge! Lo que pasa es que todavía no se ha dado cuenta de lo que le pasó. Cosa usualísima entre los que van desocupando esto.

Dios es una presencia constante en ¡Llegaron!. Lo increpa usted lo mismo que le agradece. ¿Por qué, si tanto descree, no logra arrancarlo de su pensamiento? ¿Hay acaso algo que merezca su fe?

Por pura desocupación. Si tuviera algo de provecho en qué ocuparme, me olvidaría de Él. Y claro que tengo fe, sé que existe y que es un Viejo muy malo. Uno peor, imposible.

Su abuela y su tía abren y cierran ¡Llegaron!, paradas ahí, en un rincón de su memoria. Ambas atraviesan la novela, lo mismo que su abuelo, ¿es este libro una manera de rendirles homenaje?

Ni mi abuelo, ni mi abuela, ni mi tía abuela Elenita me dejaron nada de herencia. No tengo por qué recordarlas. Les di tanta importancia en mi libro por lo extravagante que soy.

¿Merece su madre tantas imputaciones? ¿O vendrá su reivindicación en ese libro que anuncia: Lía o el desgobierno del mundo?

Ésas y más. Mi madre fue una mujer muy mala, una zángana que lo único que hizo en su vida fue mandar y parir. Tuvo veintidós hijos. Uno más que los libros que he escrito. Por lo pronto me va ganando. Y he ahí la gran razón actual de mi existencia: tengo que llegar a veintitrés.

“Felicidad, te cambio por la paz del alma”, escribe.¿Qué lo tiene hoy más alterado?

La tardanza de Vladimir Putin en encender la Tercera Guerra Mundial o Primera Atómica o Última de la Humanidad. Tras ella vendrá la paz: la paz universal de los vivos, o sea el reino de todos los muertos.

En estos últimos años, ¿visita usted más Colombia?

Sí. Para complacerme en su desdicha. Cada día lo encuentro más hundido. ¡Qué felicidad me da!

¿Piensa que los colombianos quieren la paz con las FARC en las condiciones que plantea el gobierno? ¿Cree, como William Ospina, que no basta con una firma, que hace falta construir una democracia verdadera?

¡Cuál democracia! ¡Aquí y allá vivimos en plena cleptocracia! Del primer mandatario hasta el último policía todos son corruptos. Pero no me quejo, así está bien. Tales para cuales. ¿O es que tú crees que nuestros conciudadanos son muy buenos? Los curas, los médicos, los veterinarios, los electricistas, los plomeros… La deshonestidad rampante.

Al verse reflejado en sus novelas, ese espejo literario, ¿qué responde a la pregunta de quién es Fernando Vallejo?

“Yo soy el que soy”, como dijo el Loquito de Arriba.

Reforma, 17 de noviembre de 2015

Vallejo, nuevo santo

En el santoral de Fernando Vallejo existe un solo nombre: el filólogo colombiano Rufino José Cuervo. Para escribir su biografía, El cuervo blanco, revisó 7 mil 500 páginas de información. “No elaboré ningún plan, no clasifiqué ningún documento. Toda la información, inmensa, me la metí en la cabeza y escribí el libro de un tirón”.

Autodidacta, católico devoto, célibe, Cuervo es autor de una “gramática genial”, el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, que dejó inconcluso. Vallejo comparte con su personaje el amor por el idioma y el haber intentado igualmente una “empresa colosal”, en su caso, una vacuna esterilizante para perros y humanos.

“Él fracasó y yo también. ¡Qué importa! Detrás de lo que íbamos ambos era de verdaderos milagros. En vida no los hicimos. De muertos los vamos a hacer”.

El cuervo blanco (Alfaguara) es una biografía escrita en primera persona, al estilo vallejiano. Convertido en un hagiógrafo canonizador, Vallejo absuelve o condena a los familiares, amigos, políticos y editores que pasaron por la vida de Cuervo, “el mejor de los colombianos”. Las digresiones características de su obra, el humor negro, la irreverencia, todo está ahí; también el exceso y la erudición.

En esta entrevista vía correo electrónico, nadie escapa a su colérica pluma.

En Años de indulgencia se declara usted santo. ¿Vale la pena rezarle? ¿Qué milagro nos puede conceder?

Muchos: que se muera el papa y que se acabe el PRI. Y el PAN y el PRD y el PT y el Partido Verde, y que metan a todos sus hampones a la cárcel, y que se pudran y se mueran y desaparezcan con su podrido recuerdo y que no haya más presidentes en este mundo, ni dictadores, ni tiranos, ni democracia, ni religiones, ni mentira, ni charlatanería, ni impostura. O sea, que se acabe esto. Pídanme y verán. Pero con devoción y fe.

¿Sigue promoviendo la caridad sexual, o después de escribir El cuervo blanco abogará por el celibato?

Sí, la caridad sexual, una obra de misericordia que yo inventé y que practiqué de joven, y que recomiendo a los niños y jóvenes con los viejos, y a los bonitos con los feos. Total, niños o viejos, bonitos o feos, a todos nos van a comer los gusanos.

¿Piensa que la muerte de su hermano Ángel fue el principal motivo para que Cuervo suspendiera la realización de su diccionario?

La muerte de su hermano Ángel, por quien sentía un gran cariño, para él fue un golpe demoledor. A eso se sumó la Guerra de los Mil Días colombiana con la emisión incontrolada por parte del gobierno de papel moneda sin respaldo, que lo dejó un tiempo en la pobreza en París. ¡Qué sé yo! Tal vez fue el cansancio de la vida, aunque no se atreviera a confesárselo porque era muy buen cristiano. O sea ingenuo, engañado… De los que sacan la lengua para recibir al Cordero.

Durante la época de Cuervo, había muchos políticos intelectuales, ¿eran más honorables que los de ahora, que firman como suyos libros que no escriben?

Político honorable es un contrasentido, una imposibilidad ontológica. Un político es una alimaña.

¿Recomendaría al Presidente electo, Enrique Peña Nieto, leer a Cuervo o mejor algo más ligero?

No, no le recomiendo que lea, ya es muy tarde para él. Loro viejo no aprende a hablar. Si no leyó de niño o de muchacho, no leerá nunca. Que recoja platita, que la vida se está poniendo muy difícil y seis años pasan rápido y sigue el silencio y el olvido, el abandono del micrófono y el costal.

Don Fernando, ya casi cumple usted 70 años, respetado y premiado por su obra. ¿No es eso una prueba de la bondad de Dios, de quien tanto recela?

¡Claro, conmigo ha sido bondadosísimo! Las bellezas que me ha dado… Pero yo, por amor a Él, me he impuesto la más absoluta abstinencia. Lo más opuesto pues al padre Marcial Maciel, quien cuanto fruto, maduro o inmaduro, tuvo al alcance de su avorazada mano, se lo comió. Yo no. Soy abstinente por convicción.

En La rambla paralela escribe: “Tras la muerte de Cuervo fue el acabose. A la licencia en el idioma, siguió la de las costumbres…”. ¿Significa eso que primero se corrompe el habla y después lo demás?

A mí no hay que tomarme muy en serio en los libros anteriores. El que cuenta es el último. Y si algo en los anteriores lo contradice, priva o prevalece lo que diga el último, como ocurre con el Corán. En los suras de este libro maravilloso, que está lleno de versículos contradictorios, el problema se resuelve dándole la razón al último en aparecer. ¿Dígame si Mahoma no era genial?

¿Es cierto que una de sus influencias es el nadaísmo, que proclamaba “no dejar una fe intacta ni un ídolo en su sitio”?

No, los nadaístas colombianos eran indelicados, ignorantes, sucios. Se creían merecedores de todo y con el derecho a hablar. Como los estudiantes de hoy. Y no, el derecho a hablar se lo gana uno cuando los demás se lo dan y le ponen enfrente el micrófono. A lo más que tienen derecho los estudiantes pobres de hoy es a darles una buena paliza a sus padres, refrendándosela al día siguiente por sus dos delitos: por haberlos traído a este mundo, y por haberlos traído pobres. Un padre pobre es un criminal doble.

Rechazó grabar un disco como intérprete de piano y escribir una canción sobre sicarios para Rubén Blades, ¿cuál ha sido la propuesta más insólita que ha recibido?

Yo soy un pianista miserable, sin talento, una vergüenza, y Rubén Blades, un mal cantante y compositor. Tal vez como presidente de Panamá, su país, la haga… Si lo eligen… Habrá qué ver… Y la propuesta más insólita que haya recibido me la hizo un muchachito de catorce años que quería que me casara con él. ¡Matrimonitos a mí, que nací libre!

Usted, que puede crear santos, ¿qué haría con quienes maltratan a los animales?

En Occidente, la culpa de las infamias del hombre con los animales la tiene la Iglesia, el cristianismo, esa empresa criminal bimilenaria que se cree dueña de la moral. Ninguna moral ha existido en este mundo. No puede haber moral mientras no reconozcamos a los perros, las vacas, los cerdos, y todos los animales de sistema nervioso complejo, por el que sienten el hambre, la sed, el miedo, el dolor, como nuestro prójimo.

En el documental La desazón suprema lo vemos rompiendo manuscritos. ¿Se ha propuesto que tras su muerte nadie descubra sus secretos?

Ningún secreto. Yo soy más transparente que Octavio Paz.

Por cierto, ¿ha pensado ya en su epitafio?

Sí. “Por fin”.

De Colombia a París

Rufino José Cuervo (1844-1911) es autor del Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, calificado por Fernando Vallejo como la “empresa más delirante de la raza hispánica”. Los dos volúmenes que publicó de este diccionario sintáctico suman 8 mil páginas, 3 mil entradas y cerca de 70 mil citas de prosistas y poetas. En 1951, el Instituto Caro y Cuervo retomó el proyecto, que terminó en 1994.

Filólogo, miembro del partido conservador –su padre fue vicepresidente de Colombia–, Cuervo era un católico devoto que nombró como su heredero universal al Hospital San Juan de Dios de Bogotá. Residió 29 años en París, donde está enterrado en Père-Lachaise.

Falta saber por qué fueron mutiladas muchas de sus cartas y están desaparecidas una gran cantidad de las posteriores a 1908. Y lo que Vallejo considera su mayor fracaso: conocer la historia de su criada, fiel acompañante y heredera, Leocadie Maria Joseph Bonté.

Reforma, 27 de septiembre de 2012