Ernesto Cardenal:
‘Dios se está riendo de mí’

Ernesto Cardenal ríe al recordar al joven que fue, prendado siempre de muchachas bellas. Su madre, Esmeralda, decía que era el más enamorado de sus hijos varones y, en sus memorias, el poeta confiesa haber llorado de amor.

Decía usted que prefería a las mujeres guapas porque en ellas veía “el pincel de Dios”.

No me acuerdo de haber dicho eso –sonríe–. Pero lo suscribo.

El sacerdote poeta, teólogo y escultor, nació un 20 de enero, hace 90 años, en Granada, Nicaragua. Compuso sus primeros versos, dice, con sólo 7 años.

“Tal vez antes. Simplemente, nací poeta”.

Recuerda que su papá, Rodolfo, le leía a Rubén Darío en el corredor de la vieja casa familiar de León. “Eso me hizo empezar a juntar las palabras y buscar que hubiera rima. Era muy chiquito. Antes de escribir, ya recitaba de memoria poesía”.

Creció dividido, cuenta, entre su vocación religiosa y su amor por las mujeres. “Estaba en esa dualidad: una cosa me atraía y la otra me perseguía. Después sentía remordimiento por no entregarme a Dios”.

Desde sus poemas iniciales, como “La casa de Cristo”, escrito con 15 años, se dirige a la divinidad: “Muéstrame dónde vives y en qué casa / O dime por lo menos en qué calle”.

“Quisiera haber tenido dos vidas: una para dársela a Dios, y otra para vivirla en matrimonio”, afirma Cardenal. “Pero debía renunciar a una esposa para unirme a Dios, y eso hice”.

Su obsesión a los 22 años, escribe en Vida perdida, era el sexo con amor: “Un deseo casi infinito de matrimonio. Una gran envidia de los compañeros casados”. Cardenal estudió literatura en la UNAM y en la Universidad de Columbia, antes de ingresar en 1957 al monasterio trapense de Getsemaní, en Kentucky.

“La poesía me llevó a Dios, a la mitad de la vida. Tuve muchos enamoramientos, una existencia disipada hasta que me enamoré de Dios, que es la fuente de toda belleza”.

Un mal psicosomático, que le provocaba dolores de cabeza, lo obligó a dejar la trapa. Su maestro de novicios, el escritor Thomas Merton, le aconsejó fundar una comunidad contemplativa en Nicaragua.

“Pero también me dijo que debía hacerme sacerdote, porque el catolicismo era muy clerical, y sólo así podría reunir a otros en una pequeña orden”.

En 1965 fue ordenado sacerdote en Managua. Merton debía reunirse con Cardenal, pero murió antes de obtener el permiso de sus superiores. “Fue así como fundé la pequeña comunidad de Solentiname, hasta que llegó la revolución (sandinista), que nos sacó de allí”.

Habitaban en una de las islas, Mancarrón, del archipiélago de Solentiname, en el Gran Lago de Nicaragua. “Nuestra experiencia fue modesta, se exageró su importancia. Se ha hecho un mito de Solentiname”.

¿Fue una etapa feliz?

Viéndolo ahora, creo que sí. Cuando uno es feliz, no sabe que lo está siendo. Es cuando lo pierde que se da cuenta.

Thomas Merton es su modelo de santo, el hombre que cambió su vida.

“Cuando murió, todos creían que había sido el mejor amigo de Merton, porque él había sido el mejor amigo de todos, tenía un gran don de gentes. Era muy divertido; un santo que se reía de su mito de santo”.

En libros como Hora 0, El estrecho dudoso, Cántico cósmico y Somos polvo de estrellas, Cardenal ha abordado desde la opresión del poder hasta la historia de la Conquista y la Colonia, el origen del universo, la física cuántica y la biología, fundiendo en una mirada mística, señala el escritor Sergio Ramírez, los misterios de la creación y los de la existencia.

El poeta asume la misión del profeta: anunciar que otro mundo es posible. Va más allá al afirmar que otra iglesia es posible, y también otra especie humana, evolucionada, mejor que la actual.

¿Se siente satisfecho de lo logrado?

Pues no, hice lo que pude, pero nada logré que fuera significativo. Sobre todo, no logramos que continuara la revolución en Nicaragua, lo más bello que ha habido en mi vida, que fue frustrada por Estados Unidos y ahora es una dictadura familiar: de Daniel Ortega (Presidente del país), su mujer y sus hijos.

¿Y en el terreno poético sí está satisfecho?

Pues sí. Cuando tuve la experiencia de Dios, esa conversión, renuncié a todo: a la poesía, a las cosas que más amaba. Yo era un poeta mediano, pero Dios hizo después que fuera importante, que tuviera grandes aplausos, enormes ovaciones. Y yo veo que Dios se está riendo de mí, porque renuncié a eso y me lo devuelve con creces. Lo mismo puedo decir del amor; renuncié al matrimonio y Dios me dio hijos espirituales, y de la revolución, que me ha llenado también de amor.

Reforma, 18 de enero de 2015