Gerardo Deniz:
‘Me cuesta flotar de a muertito’

Este día amaneció no sé si contento. Su voz es un susurro en la línea telefónica, pero a ratos aflora su sentido del humor, y es bueno imaginar sonreír a este poeta, al que su ceguera y sus pies cansados han retirado de la vida pública.

Nació como Juan Almela, pero para los lectores que celebran sus versos trufados de ironía, de su pasión por la ciencia pura, de música, de su conocimiento de otras lenguas, es y será Gerardo Deniz. El autor inclasificable, hermético, libertario, que estudió Química y pasó más de medio siglo trabajando como traductor, alguien que todavía se resiste a llamarse poeta.

“Yo me considero nada más un señor que tuvo un cierto número de ideas e intuiciones de tipo químico orgánico, y hasta ahí. Que sea poeta, que sea lo que sea, me es indiferente”.

¿Sabe usted que muchos jóvenes lo siguen?

Bueno, allá ellos. Yo también fui joven.

Su acta de nacimiento dice que nació el 15 de agosto de 1934. Pero no, fue un día antes, en Madrid. Sólo que el dato de sus 80 años es simple anécdota. “Yo no celebro nada”.

Le tocó un padre viejo y fogueado, ya que cuando nació tenía 52 años. Era un socialista al que la Guerra Civil obligó a salir de España en 1936 y vivir un tiempo en Ginebra, hasta que llegaron a México en 1942.

“Jamás me adoctrinó en ningún sentido”, recuerda. “Vivíamos juntos: mi padre, mi madre y yo, formábamos una unidad. El resultado fue ese: la desconfianza completa hacia doctrinas, opiniones y teorías”.

La música ha sido esencial en su vida. Compositores como Ravel y Debussy. “Soy uno de los muchos discípulos de la XELA”. A su madre le gustaba decir que el abuelo Gerardo –del que tomó su nombre de poeta– disfrutaba escuchando la banda del pueblo, y también su padre tenía buen oído musical.

“Para mí, la música fue un gran hallazgo, pero viéndolo bien, no es que me rodease por todos lados, fui yo quien me fui tratando de rodear de música”.

¿Y oía música cuando escribía sus poemas?

No, al contrario. Mi música y mi poesía hay ocasiones en que se pisan los callos mutuamente.

Deniz vuelve a ponerse en guardia. Repite que detesta las teorías. “He escrito lo que me ha salido al paso, ni modo. Eso no lo podía evitar”. Libros como Adrede, Gatuperio, Enroque, Picos pardos

Alguna vez declaró que escribe como piensa.

Ya estamos en la teoría, si hay que escribir así o asá. Yo no sé cómo hay que escribir, ni para qué, ni nada de eso, francamente.

Simplemente ha escrito lo que ha querido, con toda libertad.

Ajá, eso sí. Más o menos, pero creo que sí.

¿Ha caído en la autocensura?

Continuamente, pues claro, con todo esto de la pluma y el papel, aunque no, yo siempre he usado bolígrafo y mucho lápiz. Pero que no me hablen de esos problemas que dicen que son propios de literatos, de si me gusta escribir de mañana, tarde o noche, ni de la hoja en blanco, eso para mí son tonterías.

¿Nunca sufrió por eso?

Nunca, quizá porque tampoco tuve por suerte un preceptor literario. Mi padre conocía de literatura española, pero no pertenecía a ninguna escuela ni endiosaba a ningún personaje.

Sus gustos poéticos no han cambiado, afirma. Un abanico que incluye a Dante, Saint-John Perse, Eliot, Rilke, López Velarde, Gorostiza, Paz.

Ha dicho que sobre la muerte no ha escrito ni en un día de mal humor.

Eso sí es cierto, es un tema que ya me tiene harto de oírlo a mi alrededor, porque para mí es indiferente. Sé que es importante, pero yo no cultivo esas rojas blancas o anaranjadas.

Pregunta en broma si esto de contar su historia tiene algún pago, porque abomina de los trámites legales. “Le huyo al tema, pero tampoco quiero vivir en la delincuencia, sobre todo ahora que estamos en una renovación verdaderamente extraordinaria en el País. Sería yo una mancha en el zapato, y no se trata de eso”, dice entre risas.

Escogió el apellido Deniz porque significa “mar” en turco. Ese ha sido uno de sus temas, aunque paradójicamente nunca aprendió a nadar.

“He sido muy marítimo, pero en la mesa, porque en la vida real me cuesta trabajo flotar de a muertito”.

Reforma, 12 de agosto de 2014

‘Soy un rompedor de primera’

Hay un secreto que Gerardo Deniz se llevará a la tumba. Sus primeros versos, los que compuso a los 8 años. Una historia de náufragos contada en ocho líneas en las que había, lo supo después, dos neologismos. “Algo espantoso”.

Y si alguien aspira a estudiar un día sus originales para seguir el añejo proceso de maduración de sus poemas hasta alcanzar la versión final, mejor que lo olvide, porque Juan Almela, su álter ego real, se marchará sin dejar huellas.

“Soy un rompedor de primera. Desde el momento en que publico algo, todos los antecedentes se van a la basura, para gran alivio mío”.

Hermética, sarcástica, erudita, fascinante. Son algunos de los calificativos que ha recibido su poesía, a la que este año rinde homenaje el Premio Nacional Aguascalientes, al que nunca concursó porque los ambientes literarios le repelen tanto que, si pudiera, recibiría por teléfono la distinción. “Pero no tiene remedio”, dice al borde de la sonrisa.

A sus 73 años, Deniz camina con dificultad, ya no puede escribir porque le tiembla el pulso, y apenas logra leer con luz de día debido a una degeneración de la retina, un mal de familia que cegó a su padre y a su abuela, y que lo obliga a “retirarse del aire” a las 6 de la tarde para dedicarse a otro de sus amores, la música, tras asegurarse de que el saxofonista del piso de abajo no amenaza sus oídos.

Apasionado de la química y la biología, “mi mero mole”, melómano y políglota, Deniz no espera que, una vez fuera de este mundo, liberado ya de todos sus males, lo aguarde otro más. “Mi desgracia con la filosofía hindú es que no puedo tomar en serio la reencarnación; entonces, pues la amolamos”.

* * *

El poeta no quiere cambiarse la camisa. A su hija Elsa le preocupa que repita prenda en las fotos –otro medio acaba de retratarlo–, pero a Deniz lo tiene sin cuidado. Igual que las teorías sobre su obra.

“Simplemente escribo lo que se me ocurre”.

En su obra se cruzan términos científicos y musicales con palabras denizianas o de otros idiomas, ya que el poeta, traductor del inglés y el francés, ha explorado otras lenguas como el ruso y el sánscrito.

“Mi poesía es mucho más racional de lo que parece o de lo que se cree. A veces no, pero lo hago con plena conciencia y como un pasatiempo cualquiera. En muchísimo de lo que he escrito puedo justificar hasta la última palabra”.

Cuando era joven daba largas caminatas en las que a veces surgía el germen de un verso –una idea, una frase, una palabra, una imagen–, que atrapaba casi siempre en su cajetilla de cigarros, antes de dejar un vicio que le duró 50 años.

“Recuperaba lo que podía, y lo que no, se perdía para el arte universal”, dice con falsa solemnidad.

Salvo en fecha reciente, Deniz sólo publicaba un poema después de años de haberlo escrito, “requeteleído y requetecorregido”.

“El resultado es que, cuando lo doy por acabado, muy rara vez le cambio una palabra, y a lo publicado más rara vez aún. Digo hasta aquí llegamos y me quedo tan fresco”.

Sabe que no es fácil leer a Deniz, pero se niega a hacer concesiones. “Si lo hiciera, me callaría. Todo ese revoltijo de cosas, de palabras, es sencillamente mi relleno”.

* * *

Entre los poetas existen palabras proscritas. A Deniz, “pederastia” le parece repulsiva. Tampoco le gustan “coquetería”, “cortesano” ni “tetera”.

La poesía, dice, nunca ha ocupado un lugar fundamental en su vida. A los 36 años publicó, con la intermediación de Octavio Paz, su primer libro: Adrede. Después llegó a pasar hasta dos años sin escribir un solo verso.

“He leído poca poesía, bien con horror o con satisfacción, releyendo muchísimo. Ahora me redescubro diciendo qué maravilla esto de López Velarde, de Saint-John Perse, de Baudelaire, pero cada vez menos”.

Su memoria es prodigiosa. Se acuerda de conversaciones que sucedieron hace décadas, pero desde niño olvida los rostros en cuestión de minutos. Por eso nunca va al cine, porque cada vez que aparece el mismo actor le parece estar viendo un personaje diferente.

Si algo subleva a Deniz es recordar su oficio de traductor. “Lo odio a morir”. Más de medio siglo dedicado a una tarea que le permitió ganarse la vida y que termina ahora con un encargo del FCE que le hace torcer el gesto: “¡Horror! La Guerra Fría”, de John Lewis Gaddis.

Los primeros recuerdos del poeta datan de cuando tenía 2 años de edad, pero cree que desde antes ya era así. “Como soy yo”. Un niño fufis, presume con acento deniziano, a quien no le preocupa tener herederos poéticos, llevar la etiqueta de escritor de culto o que sus libros falten en las bibliotecas.

Pero su talante marginal no ha impedido que sea leído y admirado, ni que algunos jóvenes aprendices de poeta le lleven sus versos. “Yo les digo la verdad: ‘no me tomes muy en serio porque no sé de eso’”.

Conózcalo

  • Nombre: Gerardo Deniz, seudónimo de Juan Almela.
  • Lugar y fecha de nacimiento: Madrid, 1934.
  • Trayectoria: Hijo de un político socialista, que le heredó la ironía, su familia se exilió en Ginebra en 1936, apenas iniciada en España la guerra civil. En 1942 se trasladaron a México. A los 17 años acabó la carrera de Química e intentó sin éxito dedicarse a la investigación. Un año antes se inició en la traducción; su lista de autores incluye a Georges Dumézil, Claude Lévi-Strauss y Roman Jakobson. Es padre de la actriz Laura Almela.
  • Obra: Desde la publicación de su primer poemario, Adrede, en 1970, firmó como Gerardo Deniz, el nombre de su abuelo materno y la palabra “mar” en turco. Autor de obras como Enroque, Mansalva, Grosso modo, Amor y oxidente (Premio Villaurrutia, 1991), Picos pardos, Anticuerpos, Paños menores y Semifusas. En 2005, el FCE reunió su poesía en Erdera. Becario del Fonca en 1993 y 2002.

Reforma, 20 de febrero de 2008