Günter Wallraff:
‘Me valgo del teatro’

El Nobel alemán Heinrich Böll vaticinó en 1970 que la fama de Günter Wallraff le impediría continuar con su periodismo encubierto. “Por suerte, su predicción no se cumplió”, ríe Wallraff. “Ha sido al contrario”.

El “periodista indeseable”, que mediante sucesivos disfraces desenmascaró al poder político y económico de su país, prepara su siguiente papel. Adelanta que oscurecerá su cabello y su barba, y también el azul de sus ojos: “Ya no seré el trabajador de Cabeza de turco, sino un ejecutivo alemán”.

A sus 73 años, Wallraff debe escoger roles ajustados a su edad. Se infiltró en un asilo, cuenta en entrevista, como un anciano medio loco en silla de ruedas. Una de las enfermeras formaba parte del Team Wallraff, su equipo de trabajo. “Ese papel me encantó. Fue liberador. Podía hacer lo que quisiera”.

Su identidad es algo que nunca revela durante una investigación, y una constante ha sido estar del lado de las víctimas. El límite es el espacio íntimo. “Cuando se trata de la vida privada, no uso mi método”.

Wallraff se reconoce como un periodista y un agitador de conciencias. “Yo asumo un rol para conseguir una información que, de otro modo, no podría tener. Me valgo del teatro, a veces soy mi propio dramaturgo, ejecuto una acción para provocar u obtener resultados, por ejemplo en el tema de los derechos humanos”.

En los años 70 sufrió amenazas de muerte, intervenciones telefónicas, fue llevado a tribunales. Era el costo por exponer la explotación laboral, el racismo, la manipulación de la prensa sensacionalista. Ya en los 80 se impuso la “ley Wallraff”: un juez federal determinó que es legítimo valerse de una identidad falsa para obtener una información si su conocimiento es relevante para la sociedad.

Asumir una identidad significa para el periodista una aventura. Es como nacer de nuevo, ha dicho. “Puedo ser muy naíf, adoptar un rol con los ojos de un niño. Esa inocencia me permite descubrir cosas que de otro modo no vería”.

Su condición de maratonista le permitió, hace cuatro años, transformarse en mensajero de paquetería, mientras que el humor y la ironía lo han ayudado a sobrevivir. “Cuando empiezas a pensar: ‘esto es peligroso’, el humor te ayuda a perder el miedo y actuar de manera más normal. Algunos críticos descalificaron mis primeros reportajes porque había partes que causaban risa. Estaban equivocados, porque así es la vida”.

Algo que nunca haría es aconsejar a un periodista infiltrarse en el narco o cualquier otro ambiente peligroso.

“No quiero arriesgar la vida de un colega. Respeto a Lydia Cacho, que utilizó mi método para investigar el tráfico de mujeres, pero no tengo derecho a aconsejar a alguien cómo trabajar un tema”.

En Alemania, la Fundación Günter Wallraff apoya con becas a jóvenes periodistas que aplican su método, y recientemente creó Work Watch, una oficina dedicada a mediar en problemas laborales.

De visita en México, invitado por la Agencia Bengala para participar en la convocatoria MashUp para periodistas, cuenta que un tema que le interesaría investigar en el País es la desigualdad económica.

“El 10 por ciento de la población alemana posee dos tercios de la riqueza, y sé que la situación en México es todavía más alarmante”, indica. “También está el problema demográfico: Alemania es una sociedad de viejos; ahora, con los inmigrantes quizá cambie la situación, porque llegan muchos jóvenes con niños. Puede ser una oportunidad si se integran al país”.

A diferencia de cuando publicó Cabeza de turco en 1985, en su país se acepta ahora más al extranjero, pero reconoce que persiste la amenaza de la xenofobia.

¿Existe alguna figura que le genere esperanza?

El Papa Francisco. Soy agnóstico, pero existen los milagros.

De los males del mundo, ¿cuál le preocupa más?

El Estado Islámico me causa mucho temor.

¿De qué están conformadas sus pesadillas?

De secuestros, de intentos de asesinato, pero a veces tengo sueños alegres. Estoy volando bajo, saludo a la gente, pero nadie me mira. ¿Cómo? Soy el único que sabe volar. Y me enojo conmigo porque no me ven.

Reforma, 16 de octubre de 2015