Héctor Aguilar Camín:
Alumbra a sus padres

Para Héctor Aguilar Camín, su padre fue siempre un enigma. Tenía 13 años cuando se convirtió en una ausencia, un fantasma sobre el que pesaba el mandato materno de la exclusión y su propio resentimiento.

Se hizo adulto pensando en algún día cobrarle caro su abandono, su olvido. “Reaparece en 1995, me llama y voy a verlo”, cuenta el escritor.

Han pasado 31 años desde la última vez que lo encontró penando junto a la casa de su madre, Emma, y su tía Luisa, de la que había huido un lustro antes, y ahora apenas reconoce al viejo que se le acerca renqueando. “Es un hombre encorvado, con el pelo pintado de negro, delirante y, sobre todo, inerme”, recuerda el historiador. “Había algo conmovedor en su indefensión”.

Hasta la muerte de Héctor Aguilar Marrufo, en 2010, el escritor lo acoge. Le procura techo, comida, cuidados. Y activa un mecanismo de defensa. “Es tanta mi conmoción que me digo: ‘Esto está sucediendo con el único sentido de que yo lo escriba’”.

Adiós a los padres es una novela sin ficción, donde cuenta la historia de dos generaciones: sus abuelos y sus padres. Un ciclo dramático que se repite: unión, ruptura, reconciliación; felicidad, destrucción, redención.

Aguilar Camín se asumió en este libro como un “historiador de las emociones”. A medida que escribía, fue asociando lo que le pasaba a los personajes con su propia vida. Cotejó experiencias, se reconoció en sus actitudes.

Don Héctor, Godot, su “viejo”, era un hombre generoso, al que le costaba decir no, pero que tenía el “defecto moral” de no pelear por aquello que le pertenecía, señala. Es por eso que se somete a la voluntad de don Lupe, su padre –el abuelo del escritor–, quien lo despoja de una concesión maderera en Guatemala y lo deja en la ruina.

“Mi padre no se atreve a pararse frente a don Lupe y acusarlo, o cobrárselo. Ésa es la parte donde su cortesía se vuelve cobardía”.

La familia se traslada de Chetumal a la Ciudad de México. Su padre se desmorona, mientras que Emma y Luisa deciden abrir una casa de huéspedes. Convierten el comedor en costurero y cosen ropa todas las noches.

“Su pequeña utopía era hacer que sus hijos estudiaran. Dentro de esa sencillez hay una enorme grandeza en su esfuerzo, su tenacidad, y también una gran recompensa, porque si eran capaces de reír después de todas sus pérdidas, es porque pensaban que habían ganado la batalla”.

Adiós a los padres (Penguin Random House) es un libro guiado por las emociones y también por la distancia, asegura el escritor.

“Yo quise desaparecer como personaje. Lo primero que borré de mi horizonte fue el sentimentalismo, y eso me llevó a un ejercicio estilístico que consistió en limpiar y limpiar hasta obtener la prosa más escueta, impersonal, contenida”.

No quería contar la historia de sus padres, sino la de unos personajes que resultaron ser sus padres. Su segundo propósito fue regresarlos a la vida, por eso narra desde el presente.

¿Se necesita valor para poner a la luz una historia tan íntima?

Yo no lo pienso así, sino como una manera de mantener vivos a mis papás. He aprendido que es más convincente la verdad, con sus zonas de sombra, que la hagiografía.

Desde que don Héctor dejó la casa familiar, fue recordado como un “pobre hombre”, la imagen del fracaso, alguien que “nació para dejarse robar”. Pero, lejos de estar solo, había formado un nuevo hogar junto a Nelly Mulley, la quiromántica que debía curarlo de su “embrujo” y acabó convertida en su pareja.

Su tía y su madre tuvieron una larga agonía. ¿Cambió esto su mirada sobre la vejez y la muerte?

Muchísimo. Habría que establecer ciertas reglas sobre la indignidad de las muertes de que están llenas los hospitales porque prolongan artificialmente vidas que ya no lo son. Lo hacen por lucro o por una ética médica irracional. Creo que hoy, en los hospitales de México, hay cientos de casos de muertos en vida, que no hacen más que provocar dolor, frustración y culpa a quienes los rodean.

Tras la muerte de su madre, en 2005, guardó una parte de sus cenizas en un joyero de plata. Quería reunirlas con las de su padre al pie de un árbol para que creciera de ese modo la vida que no tuvieron juntos, pero, en 2010, el fallecimiento de don Héctor le reveló parte de su enigma junto a la tumba de Nelly Mulley.

“Lo que vi escrito en la lápida (y es la escena final de la novela) me persuadió de no intentar tampoco reunir sus cenizas”, dice Aguilar Camín.

La urna plateada con las cenizas de su padre sigue en su librero, y el joyero con las de su madre, en un cajón de su mesita.

Reforma, 1 de noviembre de 2014