Javier Sicilia:
‘Siento vergüenza de estar vivo’

“Yo que soy una víctima, siento una inmensa vergüenza”, dice Javier Sicilia. La misma vergüenza que sintieron los sobrevivientes de Auschwitz, el dolor de estar vivo. “No puedo ver a mi hijo a los ojos en las fotografías, no lo puedo recorrer. Sé que no tengo culpa, pero siento vergüenza de que no me pueda enterrar él, de haberlo sobrevivido”.

En marzo de 2011, cuando su hijo Juan Francisco fue asesinado, Sicilia había concluido una penúltima versión de El fondo de la noche. En el espacio poético, anota en este libro, “el ayer y el mañana se convocan en el hoy de la escritura para crear una revelación”. Por eso le asustó descubrir cómo la visión del mal descrita en su novela había encarnado en su presente.

Sicilia recuerda cómo se levantaba en las noches pensando en el dolor de su hijo, en su angustia. “Cuando vino a verme mi director espiritual, me dijo: ‘Murió en paz. Porque ese muchacho bueno, donde estaba la violencia y el horror, dio amor’. Ahí está Kolbe, y eso me aterra”.

Porque en El fondo de la noche, el poeta recupera una figura que ha admirado desde su juventud: el sacerdote franciscano Maximiliano Kolbe, que en el infierno de Auschwitz hizo un acto de amor inmenso en su pequeñez, pero inútil frente a la ciega maquinaria del mal: cambió su vida por la de un condenado a muerte. Murió en lugar de Franciszek Gajowniczek, y es desde la culpa del sobreviviente que Sicilia narra su historia.

“La aparente nada del amor es un boquete inmenso”. Dios es amor, y como el amor, es pequeño, pobre y débil, afirma el poeta. “El gran error es pensar que Dios es poderoso, no. Es enormemente amoroso e impotente, lo contrario de lo que hemos concebido. Y eso es lo que reveló Cristo”.

Ni Kolbe ni Gajowniczek dejaron testimonio de su paso por Auschwitz. En 1941, si un prisionero escapaba, diez eran condenados a muerte. Sólo unos pocos fueron testigos del gesto del sacerdote, que al oír los lamentos e Gajowniczek, se adelantó para ofrecerse a morir en su lugar. Albert Camus lo contó en sus Cartas a un amigo alemán (1943-1944), pero aún sin conocer su nombre. Kolbe, enfermo de tuberculosis, sobrevivió 14 días a la tortura del hambre y la sed. Fue necesario inyectarle ácido carbónico. Sicilia lo imagina al final con una mirada inmóvil, vacía.

“Ahí está mi duda”, dice el poeta. Son unos ojos que oscilan entre la esperanza y la desesperanza, abiertos al vacío del amor. “La gracia, el puro amor (de Dios), ¿cómo será? No sé. Por eso lo pongo como un vacío, porque a fin de cuentas, ¿qué es el amor? Nada. Cuando un hombre y una mujer se desnudan, saben que serán acogidos en su indefensión, y ahí no hay nada, más que amor. Y ahí está todo. Nada y todo”.

Kolbe, canonizado en 1982 por Juan Pablo II, fundó una Milicia de la Inmaculada y extendió la devoción a la Virgen María. “Era casi un mocho”, define Sicilia. En El fondo de la noche (Random House Mondadori), Kolbe se parece más al poeta. “Quizá ese Kolbe soy yo”. Un personaje que quizá resulte molesto para la Iglesia, advierte, porque en Auschwitz el sacerdote hace una crítica de su propia ideología, de la forma en que intentó, con “el estropajo de la doctrina”, quitar la suciedad de herejes, comunistas, protestantes, judíos…

Sicilia crea el personaje del cabo Krott como un espejo invertido de Kolbe. Mucho antes que los nazis, la Iglesia levantó hogueras en nombre de lo más sagrado. Ambos defendían una abstracción.

“La muerte de mi hijo puso a prueba mi vínculo con lo religioso”, explica el hombre del que surgió el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. “Una parábola budista dice que para cruzar de una orilla a otra necesitas una barca, pero cuando ya lo hiciste, es innecesaria. Cuando mataron a mi hijo, yo estaba del otro lado. La religión, lo que me enseñó, ya no me es importante, porque comprendí la dimensión de Cristo, el amor. Es lo que dice el personaje de Kolbe”.

El pastor luterano Dietrich Bonhoeffer, dice Sicilia, planteaba vivir la fe sin religión, desde el corazón. Eso mismo hizo Kolbe en un solo acto, vacío de ideología. “Y en ese gesto final está todo el Evangelio”.

Hitler nunca quiso visitar un campo de exterminio. Y en esa actitud de no querer mirar, de no asumir, los políticos mexicanos se parecen un poco a los nazis, sostiene el poeta. “El Gobierno sigue haciendo su trabajo como si no hubiera dolor, como si no hubiera víctimas. Se van a unas elecciones llenas de sus propios intereses. Ellos hacen su chamba”.

Ninguno de los candidatos a la Presidencia, lamenta, ha ido a ver a las víctimas o se ha interesado por ellas en sus campañas. “Yo sí esperaba una unidad nacional (cuando inició el Movimiento), que los políticos limpiaran sus filas de gente vinculada con el crimen, que se sentaran a pensar con los ciudadanos en cómo acabar con las injusticias y rescatar la democracia, pero no entendieron. Uno ve los periódicos y es atroz. Parece que hay dos México: el de la frivolidad política y el del dolor”.

El último poemario

Javier Sicilia tendrá que regresar en 2013 a Los restos, el libro de poemas que ya no pudo abrir después de la muerte de su hijo Juan Francisco. Es parte de su proyecto como becario del Sistema Nacional de Creadores de Arte del Conaculta.

“Tengo que entregarlo”, dice. “Volver otra vez a lo que no quería. Pero es mi obligación dejar un último buen libro de poesía, digno”.

Cuando lo piensa, cree que no, que no volverá a escribir poesía. Que el poema dedicado a su hijo, que cerrará Los restos, será el último. “Por el silencio de los justos. / Sólo por tu silencio y por mi silencio, Juanelo”.

Así lo dijo

“Nadie puede creer que alguien haga algo por generosidad, por amor, por nada. Nadie puede entender que (mi activismo en el MPJD) es porque he amado a mi hijo, porque amo a las víctimas y amo a este país, nada más por eso. Ni modo, algún día comprenderán”.

Javier Sicilia
Poeta

Reforma, 22 de marzo de 2012

‘La realidad aceleró mi silencio’

Javier Sicilia ríe bajito, sin soltar el cigarro. Le hace gracia eso de que se siente Jesús, pero luego se embronca. “Cuando me dicen: ‘Estás destinado, Dios te eligió’, les digo se van mucho a la chingada. Eso es ideología, una lógica mesiánica. Yo cambio todo, junto con mi vida, por la vida de mi hijo”.

El asesinato de Juan Francisco, el pasado marzo, produjo un “milagro horrible”. El nombre de su hijo se volvió un punto de referencia para la justicia negada. A Cuernavaca llegaron las víctimas de la guerra contra el narcotráfico a hacerse visibles. Y al tiempo que nacía el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, Sicilia decretaba su silencio poético.

Antes de la muerte de su hijo, había llegado a intuir el silencio como una aspiración. Lograr la comunión con Dios, ya sin palabras. “La realidad lo aceleró. El silencio llegó, trágicamente, pero llegó”, dice. “Ya no podré escribir poesía. Simplemente de pensarlo me dan ganas de llorar. De repente ahí está la tentación, pero la palabra poética es sagrada, y el mundo ya no es digno de esa palabra que viene de mí”.

“Nos la ahogaron adentro”, le dice a Juanelo en su último poema, que cerrará Los restos, el libro que Sicilia dejó listo antes de partir a Filipinas, donde lo alcanzó la noticia de su muerte. Desde entonces permanece cerrado, sin revisar.

Hay un anuncio catastrófico en su título, reflexiona. Son poemas donde la “oscura luz” de su fe se enfrenta a la “oscura oscuridad” del mundo.

“Mi vida está punteada de muchas tragedias. Desde chiquito siempre he tenido la sensación de que va a pasar algo, una intuición oscura de las cosas. Eso se aquietó porque ya no es un presentimiento, es una realidad. Cuando te matan un hijo, ya nada puede ser peor”.

Pero esa fe desnuda que siente le impide rendirse. “En estos casos, o dices que estás frente al absurdo y nada tiene sentido, o dices que estás frente al misterio. Yo he elegido el misterio; es lo mismo que el absurdo, pero con una dosis de esperanza”.

Perdida la batalla frente a la muerte, queda la trascendencia. “Algún día me reuniré con mi hijo en ese misterio del amor. Porque yo creo que las virtudes teologales son una sola cosa, como la Trinidad. Donde hay fe, tiene que haber esperanza. No se excluyen, se complementan”.

* * *

“A quienes me preguntan dónde estaba antes (de la muerte de mi hijo), les contesto: ‘¿Dónde estaba usted?’. Yo siempre he estado allí”. Sicilia ha denunciado durante años la descomposición social del País en Proceso, y ha hecho una crítica de la modernidad en sus revistas Ixtus y Conspiratio.

Pero ese hombre que se movía en los márgenes, que abominaba de las fotografías, es ahora el más retratado. Y aunque no quiere ser visto como un líder providencial, aunque insiste en ser “la voz de la tribu”, para algunos es más que un símbolo.

“Hay momentos que me conmueven mucho, pero también me aterran. Una de las víctimas, con un hijo desaparecido, me dijo en Oventic: ‘Yo llegué a Cuernavaca después de que nadie me hizo caso, te busqué y tú me diste un beso, me abrazaste y lloraste conmigo. Y sentí que tenía un padre’. Alguien de mi edad. Esa es la orfandad de este pinche país”.

Lo poético no deja de estar presente en Sicilia. El Movimiento, dice, es “poesía en acto”, la palabra encarnada en una realidad, la de las víctimas. Y puesto que la poesía es equívoca, habita también en algunas de sus acciones, como su criticado beso al priista Manlio Fabio Beltrones.

“El problema no está en la profundidad del símbolo, sino en su lectura. ¿Qué es el beso? Hacer la paz. En la antigua liturgia, conspirar era compartir los alientos, así se hacía la comunidad democrática”.

A pesar del cansancio y de un dolor que no cesa, dice estar en paz. “Y eso quiere decir que he hecho bien las cosas”. Aún ve larga su lucha en el Movimiento, aunque reconoce que es otro su lugar. “Quiero llevar esto hasta donde pueda. (…) Luego iré poco a poco regresando a mi vida, a mi proporción”.

Collage

Con Tríptico del desierto, Javier Sicilia obtuvo en 2009 el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes. Ahora circula reeditado por Era, con una fotografía que el director de la editorial, Marcelo Uribe, apenas vio, tuvo la iluminación de poner en la portada: Tlapoyahua, de Gerardo Suter.

En el poemario, Sicilia dialoga con Celan, Rilke, Dante, Gorostiza. Es un collage formado por tres paneles independientes –“Las cuentas en los dedos”, “La noche de lo Abierto”, “La estría en el yermo”– que comparten un centro: la metáfora de Dios como desierto y presencia al mismo tiempo.

Así lo dijo

“Así como no puedo matar al poeta, no puedo matar al cristiano. Es mi vida, así soy. (…) El problema es que se piensa en cristianismo y se pone la anteojera ideológica: ‘¡Ah, Iglesia! ¡Ah, padre Maciel!, ¡Ah, ojetez!’”.

Javier Sicilia
Poeta

Reforma, 29 de septiembre de 2011