Joan Margarit:
‘Una lengua pobre siempre peligra’

Su vida ha sido siempre la poesía, dice Joan Margarit. Al otro lado de la línea telefónica, ríe mientras toca el cuaderno que nunca olvida llevar por si lo asalta la inspiración: “Lo tengo aquí, sobre mi corazón”.

El poeta catalán recibirá el 10 de noviembre en Aguascalientes, junto con José Emilio Pacheco, el Premio de Poesía del Mundo Latino Víctor Sandoval. Sus primeros “pachecos”, cuenta, los leyó en los años 60, cuando los compraba en la trastienda de algunas librerías del franquismo.

Se declara agradecido por el galardón. “¿Sabe lo que significa que un país como México premie sin ningún prejuicio a un poeta que escribe en catalán, y en cambio sepa que no puedo aspirar al Premio Cervantes que concede el Estado español porque no escribo en la lengua adecuada?”.

La Constitución española reconoce cuatro lenguas, afirma, pero el Cervantes únicamente premia a una. Sus primeros poemas fueron en castellano, pero sólo halló su voz cuando escribió en catalán. Margarit traduce su obra al español, en versos que surgen “ligeramente distintos”.

“No creo que se pueda escribir poesía si no es en la lengua materna”, afirma, “y cuando esa lengua está en peligro, es muy angustiante. Una lengua pobre, porque la habla poca gente, siempre peligra, sobre todo si no tiene una nación detrás”.

La poesía siempre habla de lo mismo –el amor, la muerte–, pero dice cosas distintas, señala. “Jamás un buen poema ha repetido nada”.

¿El gran tema de su poesía es el amor?

Es que todo está mezclado. ¿Cómo vas a hablar del amor sin hablar de la ausencia, o de la ausencia sin hablar de la muerte, o de la muerte sin hablar del deseo?

Hay que pensarlo bien, dice, antes de hacerse poeta.

El arte hace desgraciada a mucha gente. Mire, la poesía no es una profesión, no tienes la garantía de que en unos años lo harás mejor. Esa tranquilidad nunca se la dará la poesía. Nunca sabrá si valía la pena o no, morirá con la duda.

Uno busca en el poema su propia vida, no la del poeta, precisa Margarit. “Hay que darle a quien lee su vida, y para eso sólo tienes la tuya”, explica. “Aquí no hay pudor, porque si hay que enseñar el trasero, todos tenemos el mismo, es ridículamente igual, no me preocupa mucho”.

Un poema es una partitura, dice, donde el compositor es el poeta y el lector el intérprete, que la ejecutará con un instrumento hecho de sus fracasos, esperanzas, odios o anhelos.

“Por eso la poesía tiene menos lectores, porque no es ir a escuchar un concierto como en la prosa, es ir a interpretarlo”.

Cualquiera que pueda leer un periódico, puede leer un poema, pero exige esfuerzo, señala.

“Un poema da más que un periódico, y si no estás dispuesto a hacer el esfuerzo, déjalo correr. En la vida nunca se regala nada, desconfíe de todo lo que le llega sin esfuerzo porque se va a marchar con la misma velocidad”.

El gran poema siempre está al borde del precipicio, dice Margarit. “Te has de acercar al máximo, pero no caer. Eso implica conocerse uno mismo y arriesgarse”.

¿Cómo trabaja sus poemas?

Como puedo, usando todas mis herramientas: las manos y la boca. La exactitud y la concisión son dos valores a los cuales estoy muy entregado. La poesía en el fondo es buscar la verdad, ¿usted se imagina una verdad que sea vaga o que la puedas ornamentar?

Recomienda a los poetas jóvenes leer a los clásicos.

Han de leerlo todo, pero les aconsejaría cuatro cosas: la primera es que no olviden que venimos del simio, y que su aprendizaje siempre es copiando. Las otras tres son que nunca escriba en vano, que nunca escriba suntuoso, y por último, que nunca pretenda ser original.

Dicen que es usted un gran lector de poesía, ¿disfruta dar recitales?

Yo estoy jubilado, pero hay una cosa que todavía sigue vigente para mí, que es “”amaros los unos a los otros”. Si escribo un poema, lo acerco y lo leo a un público, creo que hago algo bastante parecido a eso.

¿Cómo ha alimentado la poesía su labor de arquitecto?

Si una visita de obra necesitaba una hora, yo tomaba tres. Una antes y otra después las empleaba en el bar más cercano para escribir poesía.

¿En qué consistió su trabajo en la Sagrada Familia?

En sostenerla. Gaudí dibuja la Sagrada Familia, dibuja unos pilares y unas bóvedas, pero no hace unos planos para que se pueda levantar. Mi despacho convirtió esos dibujos en planos de obras. La Sagrada Familia se sostiene con nuestros cálculos. Si alguna vez oye que se ha caído, estaré en la cárcel.

¿Ni trabajar en la Sagrada Familia lo movió a creer en Dios?

¿Usted sabe lo que es poder construir una catedral, al margen de Dios? Es un lujo brutal que pocos arquitectos han tenido. Nunca he creído (en Dios), aunque de niños teníamos que besar la mano a los curas, pero agradecías no tener que besarles el culo.

Se considera privilegiado, ¿por qué?

He podido hacer lo que quería, he conocido una persona como mi hija (Joana, fallecida a los 31 años) que me ha enseñado qué es el amor, en el sentido más poderoso y más puro, ¿qué más quiero?, ¿ser eterno?, ¡por Dios!

¿Qué disfruta más en la vida?

Lo que más me gusta es estar solo. Mi mujer (la historiadora de la educación Mariona Ribalta) me dice: “nunca te dejaré poner la cama en tu despacho, porque ya no saldrías”.

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Nombre: Joan Margarit

Lugar y fecha de nacimiento: Sanaüja, Lleida, 1938

Trayectoria: Poeta y arquitecto, traductor de autores como Thomas Hardy. Comenzó a publicar en castellano en 1963, y después de una década de silencio, apareció Crónica. En 1980 inicia su obra poética en catalán. Es autor de libros como Els primers freds –antología que reúne 20 años de su poesía–, de Joana –un poemario sobre los últimos ocho meses de vida de su hija–, y del ensayo Nuevas cartas a un joven poeta. Con Casa de Misericordia obtuvo en 2008 el Premio Nacional de Poesía, su equivalente en Cataluña y el Premio de la Crítica. Ese mismo año mereció el Rosalía de Castro por su obra completa.

Reforma, 2 de noviembre de 2013