José Saramago:
‘Me pregunto qué soy’

“¿Qué soy yo?”, es una pregunta que a José Saramago le produce vértigo. El Nobel portugués cree, a los 80 años, que le será ya imposible contestarla. “Hasta ahora ha sido para mí una página en blanco donde no puedo escribir; no sé qué soy. Un ser humano, sí, pero eso, ¿qué significa?”.

De visita en México para presentar su nuevo libro, El hombre duplicado (Alfaguara), mañana a las 19:30 horas en el Anfiteatro Simón Bolívar del Antiguo Colegio de San Ildefonso (Justo Sierra 16), recuerda en entrevista que la escritura de esta novela no le provocó tensión, como fue el caso de Ensayo sobre la ceguera, sino temor e insomnio, al grado de tener que cambiar su rutina de creación de la tarde a la mañana.

“El mundo que aparecía era horrible, aunque no más que la realidad. Cuando un lector alguna vez me dijo que no había podido terminar de leer la novela porque le parecía terrible, le pregunté: ‘¿soporta ver el mundo y no tolera unas cuantas páginas que son su pálida imagen?’. Pero bueno, eso demuestra que la literatura puede ser importante”.

En El hombre duplicado, el horror toma la forma de un hombre, el profesor Tertuliano Máximo Afonso, que descubre por casualidad la existencia de un doble idéntico en su propia ciudad, el actor Antonio Claro.

La identidad queda malparada. Los protagonistas se revelan frágiles.

Todos somos muy frágiles. En El hombre duplicado, el otro usurpa nuestro espacio, quién sabe qué pasará ahora cuando se empiecen a clonar seres humanos. Quizá una nueva raza porque se clonarán los rubios, los guapos, los inteligentes…

A usted también le tocará.

No sé, porque clonar será una cuestión de tener o no dinero. Debemos estar tranquilos porque no se clonarán pobres, sólo ricos.

Saramago, quien anunció ayer que su próxima novela, de la que todavía no ha escrito una sola palabra, se llamará Ensayo sobre la lucidez, dijo en relación con las situaciones límite que enfrentan los personajes de sus obras que, en su caso, este momento decisivo se produjo cuando a los 53 años perdió su trabajo como director adjunto del periódico Diario de noticias y se planteó dedicarse a la escritura.

“Fue el momento en que mi vida se decidió. Durante cinco años viví de traducciones, pero poco a poco fui llegando…”.

¿Es un hombre paciente?

Sí, y sobre todo sin ambiciones. He hecho en cada momento lo que debía hacer. Recuerdo que tenía 18 años cuando me dije: “lo que tenga que ser mío llegará a mis manos”. Esa ha sido mi vida; si lo veo en retrospectiva, concluyo que ese chico tenía razón.

¿Fue fatigoso vivir así, sin forzar al destino?

No, hubo momentos malos, momentos buenos, y otros ni malos ni buenos, que son casi todos. Para mí, escribir es un trabajo, tengo la misma relación con la página en blanco que un campesino con su pedazo de tierra. Escribo para un lector que soy yo mismo, simplemente intento poner en el papel lo que soy, lo que siento y sueño.

¿Durante sus 20 años de silencio narrativo se dedicó a pensar el mundo?

No, trabajaba. Tampoco me preparaba para escribir. Había concluido que no tenía nada para decir que valiera la pena.

¿Y cuando volvió a escribir, sabía ya qué valía la pena?

Entre la persona que era a los 44 años, cuando volví a escribir, y la persona que soy ahora, hay un mundo de distancia. Lo que vale la pena no es lo mismo. Ahora pongo mayor atención, empeño y conciencia en lo que escribo. He descubierto que son muchas cosas las que pasan a través de mí, cuestiones personales y situaciones sociales que de alguna forma muestro.

¿Iría al encuentro de su doble cargando una pistola o una cámara fotográfica?

Trataría de olvidarlo, sería lo más prudente.

En su novela, ellos están abrumados por su identidad y ellas por el amor que les da identidad, ¿por qué puso al género femenino en desventaja?

Un crítico ha definido esta novela como antimachista porque expone un comportamiento típico masculino: la manipulación de la mujer, lo que permite identificarlo. Pero sucede que muchas veces la mujer no se da cuenta de que es manipulada.

¿Lo disfruta?

No creo. Tengo una tesis: los hombres para las mujeres son transparentes, y las mujeres para los hombres son opacas. Un hombre mira a una mujer y no la entiende.

¿Será que no se esmera?

No, la mujer le resulta opaca, más ahora que el rol masculino (de proveedor) se ha perdido y el hombre sufre de algo nuevo: el miedo a la mujer.

¿El amor es una marca de identidad?

Es una invención cultural. Hemos inventado muchas formas de amar, y quedan tantas todavía por imaginar…

¿Cuál prefiere usted?

La compañera de quien yo soy el compañero, en un plano de igualdad.

¿Ha sabido estar a la altura de su felicidad?

Por lo menos no he hecho nada en contra de la posibilidad de ser feliz.

Tras renunciar a la palabra Dios, ¿ha encontrado con qué sustituirla?

Es una palabra que no significa nada para mí, pero no se trata de poner otra en su lugar; en todo caso, podría ser ética, que es estupenda. El ser humano es tan extraordinario que ha sido capaz de inventar a Dios y el diablo, pero lo lleva todo en su cabeza porque fuera nada existe.

Interpela a la sociedad por Chiapas

José Saramago se considera con el derecho de preguntar a la sociedad mexicana por qué permite, transcurridos más de cinco siglos, que los indígenas sigan siendo víctimas de un genocidio lento. Tras denunciar la existencia de un muro de silencio informativo en Chiapas, el Nobel portugués dice ignorar si sus palabras se transformarán en una “bomba” mediática y cuestiona: “¿Cómo permite un Estado de derecho, México, la existencia de paramilitares como si fuera algo de lo que no se debe discutir?”.

El texto donde se deslindó del régimen cubano lleva por título “Hasta aquí he llegado”, ¿por qué no marcó ese límite hace uno o dos años dado que la represión ya existía?

Es una pregunta inútil, sin sentido. Uno actúa de acuerdo con sus leyes interiores.

¿Se arrepiente de haber avalado el régimen de Fidel Castro?

Las cosas no se plantean así. Infracciones a los derechos humanos seguramente también existen en México. La situación de los indígenas en México y en América Latina no es menos dramática que el caso cubano. No puede haber dos medidas.

“Cuba seguirá su camino, yo me quedo”. ¿Por qué no mencionar el nombre de Castro?

No se trata de “fulanizar” las cosas. No tengo que decir Castro sino Cuba, representada por un gobierno contra el que estoy en contra.

Al hablar sobre la situación en Chiapas, ¿considera también a los zapatistas que invaden comunidades o expulsan a quienes no piensan igual?

Dígame si alguna vez en México ha habido un debate serio… y ya no nos limitemos a los zapatistas, porque sería otra forma de “fulanizar” el problema. A los indígenas de América Latina se les niega su identidad para poder absorberlos. Tememos al fundamentalismo, pero mantenemos la convicción estúpida de que aquello que define nuestra identidad es lo mejor, por eso tratamos de imponerlo y así no terminaremos jamás. En el fondo, la cuestión con los indígenas es simplemente: “a ver si se acaban”.

¿Está convencido?

Absolutamente.

Un grupo de judíos mexicanos rayó sus obras en protesta por su comparación de Auschwitz con Palestina, ¿duele el repudio?

Todos alguna vez hemos sido repudiados y no pasa nada. Lo asombroso es que hayan usado esos libros para insultar. Cuando era el autor más leído de Israel y los judíos pensaban que había escrito Ensayo sobre la ceguera pensando en el Holocausto no me llamaban antisemita, pero después de lo que dije, sí. ¿Qué puedo hacer? Tengo que respetar mi conciencia. ¿Para qué sirvo callado? Hubiera preferido que los israelíes dijeran que alguna razón tenía, pero no, es una cuestión universal: si estamos de acuerdo, somos amigos, si no, enemigos.

¿Cuando Vargas Llosa llamó “cortesano de Castro” a García Márquez no tuvo la tentación de polemizar?

No he entrado nunca en una polémica.

¿Va por la libre?

Voy por la libre porque considero inútiles las polémicas . No he sabido nunca de una polémica que haya terminado diciendo uno de los polemistas que el otro tenía razón.

Reforma, 15 de mayo de 2003

‘Mi espíritu está bien de salud’

Es dudoso que exista en el Siglo 21 un renacimiento de las artes, afirma el Nobel portugués José Saramago. “Cada vez la ignorancia y la miseria es mayor, mucha gente sabe que nace para nada. Que eso se resuelva es para mí lo más importante, porque las artes y las letras van a seguir haciendo lo que puedan”.

La única historia que se puede escribir del siglo que termina es la que ocurrió, considera. ¿Y si pudiera suprimir algún pasaje? “Lo más obvio sería decir, por ejemplo, los campos de concentración, pero eso es únicamente un eslabón de toda una cadena de desastres”.

¿Cree en el fin de los tiempos, en el apocalipsis?

No necesitamos un apocalipsis, las estrellas se apagan y un día el sol se agotará. Cuando eso ocurra no quedará nada.

Nos iremos a otro planeta.

Mejor que no. Si vamos a hacer lo mismo que aquí no vale la pena.

“Y cuando muera el último hombre, Dios no resucitará”. ¿Todo habrá sido una gran mentira?

No quiero ser tan radical. No lo llamaría mentira, sino engaño.

De cerca, Saramago no transmite la calidez que irradia desde la tribuna. Es seco pero amable, poco dado a la sonrisa. Tras un día de emociones en la FIL-Guadalajara, concede 30 minutos de entrevista, tiempo en el que no deja de golpear inquieto la silla con el pie.

El autor de 77 años, creador de novelas como Todos los nombres, Ensayo sobre la ceguera y El evangelio según Jesucristo, asegura que el Nobel no le ha producido ninguna crisis creativa, “pero todo puede ocurrir”. Lo que sí ha hecho es quitarle espacio para la escritura debido a los numerosos compromisos, “pero los dos o tres libros que tenía en mente, continúan ahí”.

De La caverna, su próxima novela, asegura que no está basada en la República de Platón, ni siquiera inspirada.

“Sólo hay una referencia al mito, pero no existirá ninguna caverna. Sólo puedo decir que en ningún momento de la historia hemos vivido tanto en la caverna como hoy: confundimos las imágenes con la realidad, todo es imagen”.

¿Ha sentido ya esa revelación que lo lleva a la escritura?

Esa es una palabra muy fuerte, significaría que alguien me revela algo, y el único lugar donde ocurren intuiciones, iluminaciones, es en nuestra propia cabeza, pero fuera de eso, no podemos estar muy seguros de que aquello que vemos sea la realidad real.

¿Le molesta ser un producto de marketing?

Mis libros sirven para que los editores hagan su marketing, pero yo no soy un producto. Cuando escribía mis libros, el marketing no pensaba en mí.

¿Y las campañas de promoción?

Forma parte de mi trabajo literario. Dar una conferencia lo entiendo también como un deber de conciencia, comunicar a la gente lo que pienso, y cada uno lo acepta o no. No se trata de promoción; se trata de respeto, afecto, y si quiere, alguna admiración por mi obra. El marketing no tiene nada que ver conmigo; no es usted quien me promociona, sino yo quien la estoy promocionando.

Sabiendo que los ojos del mundo están sobre usted, ¿es difícil resistir la tentación de abusar de los reflectores?

Yo quiero dar toda la nota del mundo. Si considero algo digno de ser conocido porque tiene que ver con mi opinión sobre la vida o sobre lo que sea, estoy consciente de que mis palabras, aunque no den la vuelta al mundo, me harán tener un sentido más fuerte de mi responsabilidad, que no calla. No se trata de tener prudencia, estoy aquí para decir lo que pienso, las consecuencias ya las veremos.

En 1998, al visitar México, denunció la situación en Chiapas. Ahora ha afirmado que “la no guerra de Chiapas es una guerra”, ¿le entristece que la palabra del escritor tenga tan poca fuerza?

No podemos pensar que la palabra de un escritor, por respetado y conocido que sea, vaya a cambiar algo. A lo mejor el caso de Chiapas ya se habría resuelto de quererlo los mexicanos, y no estoy hablando del gobierno sino del pueblo, de los ciudadanos. Está en sus manos.

¿Se negaría a recibir un reconocimiento del Gobierno mexicano por razones ideológicas?

No quiero opinar sobre algo que no existe. Cuando pase ya veremos.

Durante años fue crítico con el proyecto de la Unión Europea; ahora que ya es un hecho, ¿piensa lo mismo?

Sigo siendo crítico. Tengo algunas dudas sobre qué se pretende, porque hasta ahora no se ha hecho nada relacionado con la educación, la sanidad o el medio ambiente, ni ha habido capacidad para resolver conflictos internos como Kosovo. La Europa de la que se habla todavía no existe; lo que se ha hecho es organizar la economía de una forma bastante drástica. Lo que más me indigna es que países como Portugal entraron a la comunidad europea sin una consulta popular, y esa decisión va a condicionar su futuro.

¿Cuba es un estado del espíritu?

Cuba no, ser comunista. Hay un momento en que los dirigentes se convierten en otras personas, aparentemente son los mismos pero han perdido el estado de su espíritu.

¿Cómo mantiene vivo su espíritu?

Mi espíritu me comunica todos los días que está bien de salud. ¿Cómo? Así: mi pensamiento se pregunta a sí mismo: ¿cómo vas?, y me contesta: muy bien, seguimos en lo nuestro.

¿Su identidad de comunista le hace temer por el avance de la derecha en Europa?

Lo peor de todo es que da igual que los partidos políticos sean socialdemócratas, socialistas o demócrata cristianos, porque todos trabajan en la Unión Europea, junto con los conservadores, los liberales, todos, por un mismo objetivo, lo que significa que no son nada de lo que están diciendo. Los rótulos de los partidos no tienen nada que ver con su realidad, y eso sucede en todo el mundo. Quienes tienen el corazón a la izquierda deben ser muy exigentes con ellos mismos para no dejarse engañar por una idea de armonía universal, cuando sabemos que no es verdad. Debemos tener cuidado porque el 30 de noviembre, en la reunión de la Organización Mundial de Comercio en Seattle, quizá surja un monstruo que nos devorará a todos.

¿Qué reflejo descubre de usted en sus libros?

El mismo que al escribirlos, estoy ahí y nada más. Creo que el lector atento podrá dibujar mi perfil psicológico e ideológico, mis sentimientos. No es nada difícil deducirlo.

¿Cómo le gustaría que fuera su imagen?

Sincera.

Cualquiera pensaría que después del Nobel ya no queda nada por desear. ¿Hay algo que ansíe?

No ansío nada, pero lo que tengo me gustaría mantenerlo.

¿Qué tiene?

Capacidad creativa, salud, bienestar suficiente, la relación con mi mujer, eso quiero conservarlo hasta el final y nada más.

¿Piensa en la muerte?

Pienso en ella, pero lo que me preocupa no es el hecho de morir, lo que me inquieta y entristece es el hecho de ya no estar vivo cuando muera. Hay una sutil diferencia.

Reforma, 30 de noviembre de 1999