Juan Gelman: ‘¿Y vos, quién sos?’

La “Señora” lo visita cuando quiere. Juan Gelman lo sabe bien, después de cinco décadas de estar ahí, atento para abrirle la puerta.

“La poesía no es una cuestión de voluntad. Llega y, si uno está alerta, la recibe. Viene sucia de besos y arena, como decía Lorca, después de haberse acostado con no sé cuánta gente en todo el mundo, cosa que a mí me alegra, porque además viene con experiencia”.

Gelman recibe hoy en Alcalá de Henares el Premio Cervantes, derrotada la gripe que lo atormenta este lunes caluroso de principios de abril.

El poeta argentino amaneció torero, capotea risueño las preguntas, siempre caballero, entregado a esa “alegría muy lujosa” que significa saberse merecedor del Nobel de la lengua castellana.

“Pero los premios no escriben por uno”, advierte. “La labor del poeta sigue ahí”.

Y si no le creen, ábranle el cajón. La Señora lo mimó después del Cervantes, y al tiempo que Era publica su nuevo poemario, Mundar, ya guarda varios inéditos.

Es raro ver a Gelman esta mañana sin un cigarro en la mano. Desde los 12 años –el 3 de mayo cumplirá 78– conoce el sabor de la nicotina. La reciente prohibición de fumar en lugares públicos no le preocupa demasiado porque suele hacerlo en casa.

Y, ¿por qué fuma?

Mire, uno empieza a fumar con los del barrio. Cuando los más grandes fuman y dicen que quien no fuma es un maricón.

¿Y sus pulmones?

Más o menos.

“Nací con 5.5 kilos de peso”. ¿Desde entonces ya era un fenómeno?

¿Un fenómeno? Parece que mi mamá no me quería dejar, o yo a ella, no sé. En los hospitales argentinos había en 1930 lo que se llamaba la “cama dura”, donde mi mamá estuvo 36 horas antes de dar a luz… por eso soy un tardado.

A los 11 años escribió su primer poema. En los dos primeros versos aparecen las palabras amor, sueño y destino, ¿cuál considera más poderosa?

Amor.

¿Hay alguna palabra que ya no le diga nada?

No, todas siguen significando, pero hay una palabra que odio en la poesía: “exacto”. Cuando estoy leyendo y aparece, me provoca un estremecimiento.

* * *

El poeta confiesa pisar a veces la cocina, cuando se anima por ejemplo a preparar una polenta a los cuatro quesos que, a juzgar por sus ojos entrecerrados, le queda exquisita.

¿Tolera el chile?

Claro que sí, hasta el punto de que el chile ya no me tolera a mí.

Hijo de inmigrantes ucranianos, su padre fue un ferroviario y carpintero socialrevolucionario que sufrió la derrota en la revolución rusa de 1905. El poeta creció en Villa Crespo, un barrio que, cuando estalló la Guerra Civil española, se organizó para ayudar a los republicanos.

“Fue una escuela de sentimientos, de saber qué es la injusticia, la dictadura, en los tiempos en que asomaban Hitler, Mussolini, el señor Stalin”.

Ahí nació también la lucha por un mundo más justo. A los 15 años, el poeta ya era miembro de la Juventud Comunista, una militancia que lo llevó dos veces a la cárcel. En el pabellón de castigo, era 1963, convivían presos de distintos partidos. Sin paseo y sin visitas, conversaban cuando se podía.

“Uno se encontraba a veces gente sorprendente. Un día estaba en la cola de la revisión y delante mío había un muchacho que usaba un lengue (pañuelo anudado al cuello). Nos pusimos a conversar; él me hablaba de la importancia de la voz, y yo le dije: ‘¿El señor es cantor?’, y me contestó: ‘No, estafador’. Así que claro, hablar bien era importante”, cuenta entre risas.

Después vendría su militancia en Montoneros, los sucesivos exilios y la ruptura con el movimiento en 1979.

¿De qué corriente política se siente hoy más cercano?

Francamente, de ninguna. No quiero parecer soberbio, pero por un lado, uno reflexiona sobre los errores y las responsabilidades propias, y por el otro, yo no veo izquierdas reales en América Latina. Están abatidas, confusas.

¿Se han derechizado?

Es lo que decía Nicanor Parra: “La izquierda y la derecha unidas, jamás serán vencidas”.

* * *

En el Diario del Che, el nombre de “Juan Gelman” figuraba en la lista de argentinos que el guerrillero quería contactar para su campaña en Bolivia, que resultaría desastrosa, mortal.

¿Se hubiera ido con el Che?

Por supuesto.

Pensé que diría que no.

Mire, estamos hablando del 67; en Argentina habíamos tenido, desde el año 30, seis o siete dictaduras. Algunos amigos míos nunca habían votado, por no hablar de la pobreza, de las condiciones en que vive todavía la mayoría de la gente. El Che había triunfado en Cuba y su propósito era ir a la Argentina desde Bolivia. Yo no puedo cambiar en 2008 los sentimientos que tuve en 1967, las ideas, los deseos, los propósitos.

¿Era el Che para usted un referente?

Sí, no sólo por su persona, sino por lo que representaba: una revolución triunfante en América Latina. Pero es un error, yo no soy el del Diario. Era un muchacho joven que se apellidaba Hellman, ésa fue la confusión. Lo sé por el sobreviviente (de la campaña) Ciro Bustos, que era su amigo.

Después de entrevistar a figuras como François Mitterrand, ¿existe algo que identifique a la clase política?

Sí, a los poetas siempre les hacen preguntas sobre política, pero a los políticos nunca les hacen preguntas sobre poesía. Esa es una identidad completa.

A ningún político llegó a admirarlo, dice Gelman, pero el presidente francés le parecía un hombre interesante, lo mismo que un dirigente alemán, socialdemócrata, de cuyo nombre no logra acordarse…

“¿Usted nunca pasó por el campo y escuchó un gallo que cantaba kikiri… kiiii? Bueno, se olvidó de cómo terminaba el canto, yo estoy más o menos así”.

¿Cómo era de joven? Debió tener muchos amigos.

Y amigas. Por las dudas, claro.

¿Y qué más?

Fui lo que se llamaba un milonguero. Nosotros le llamamos milonga no sólo al tipo de música, sino también al lugar donde se baila. Y a los que íbamos allí nos decían milongueros, bailábamos tango y bolero, y todas esas cosas que dan alegría a la vida.

¿Sigue bailando tango?

No, ya no estoy en edad de merecer.

¿Alguno de sus nietos ha dado muestra de querer seguir sus pasos?

Mi nieta Andrea, que está en París y escribe muy bien; tiene 15 años. Mi nieto Jorge, que vive en la Argentina, también; tiene 24.

¿Le gustaría?

Yo creo que no se puede ser poeta por decreto. Depende de lo que escriban. Si es bueno, me va a gustar, y si no, no me va a gustar nada.

¿Qué cree de Juan Gelman?

No me ponga a opinar sobre mí mismo.

¿Se cae bien?

¿Yo a mí mismo? Mire, a veces me levanto, me lavo la cara y le pregunto al espejo: “¿y vos quién sos?”.

Cerrar el círculo

En 1976, la dictadura militar argentina secuestró y asesinó al hijo de Juan Gelman, Marcelo, y envió a su nuera, María Claudia García Iruretagoyena, a Uruguay, donde fue asesinada después de dar a luz a María Macarena, la nieta que el poeta halló en 2000, después de 23 años de búsqueda.

El pasado febrero, con 31 años y sus apellidos recuperados, María Macarena solicitó a la justicia uruguaya la reapertura de la causa penal –archivada dos veces– para hallar los restos de su madre y castigar a los responsables de su muerte.

“Derrota/ Yo te voy a matar”. Ha sido un largo trecho. ¿Encontrar los restos de su nuera será la última victoria?

No se trata de victorias… Encontrar sus restos para que descansen al lado de mi hijo –han pasado más tiempo separados que juntos– tranquiliza, apacigua hasta cierto punto, y luego permite cerrar el círculo.

Coordenadas

Poeta y periodista, desde Violín y otras cuestiones (1956), Juan Gelman ha publicado más de 30 títulos.

  • Entre sus primeros libros destacan Gotán, Cólera buey y Los poemas de Sidney West, a los que siguieron otros como Carta a mi madre, Salarios del impío e Incompletamente. Ha publicado las antologías En abierta oscuridad, En el hoy y mañana y ayer y Pesar todo.

Marcas obsesivas:

  • La infancia, el amor, la revolución, la muerte, el otoño, la injusticia.

La poesía es:

  • “Un anhelo de descubrimiento, una interrogante sobre el mundo, sobre uno mismo, sobre el silencio de las palabras…”. Una obsesión que surge, en su caso, de la vivencia y el pensamiento, y se materializa en un lenguaje complejo, un intento por romper los límites de la lengua.

Reforma, 23 de abril de 2008

                         De vuelta a la obsesión

Impulsada por la opacidad del fin de siglo, vuelve a Juan Gelman una obsesión ausente durante años, que el poeta expresa con “la esperanza de que se vaya, de que se esté yendo…”.

La dictadura militar argentina refleja en Sombra de vuelta y de ida (Ditoria, 1997) la forma de un diálogo con los ausentes, incorpora su pérdida, la reitera para agotarla definitivamente.

Con una obra poética que incluye más de 20 títulos, permeada por un lenguaje complejo y una permanente búsqueda del milagro expresivo, desde los primeros Violín y otras cuestiones, Gotán y Los poemas de Sidney West, hasta Dibaxu, Salarios del impío y la antología En abierta oscuridad, Gelman (Buenos Aires, 1930) es considerado una de las figuras más importantes de la poesía latinoamericana.

En 1976, perdió a su hijo y a su nuera, desaparecidos por el régimen militar. Tras un largo exilio europeo, radica en México desde hace ocho años. Sombra de vuelta y de ida, poemario que forma parte de un ciclo, se presenta el sábado a las 18:00 horas en La Torre de Lulio (Zamora 93, Colonia Condesa).

¿Qué cambios advierte en su poesía al terminar este libro?

Nunca practiqué lo que se llama la poesía de ideas, siempre me pareció que las concepciones del mundo debían surgir de la palabra elegida, de los silencios que la rodean; en este caso, me parece que hay una actitud más reflexiva hacia la palabra, sin que cambien los elementos que siempre han estado, creo, en lo que escribo: la vivencia y el pensamiento, tal vez ahora equilibrados de otro modo.

Osvaldo Soriano narra que Juan Gelman escribió que conocerse es difícil, pero pensarse es horrible…

Creo que nos estamos pensando constantemente, el tema es desde qué lugar se piensa. Al hacerlo desde la poesía, la idea de la muerte es previa, la aceptas, convives con ella y, a pesar de eso, canta, calcina la palabra, mientras que la narrativa es un modo de reemplazar a la muerte… A veces me ocurre, aunque parezca un chiste, que escribo para enterarme de lo que me pasa.

¿Y siempre encuentra una respuesta?

No, eso me empuja a seguir escribiendo; también la sensación de la distancia entre lo que uno quisiera y lo que finalmente puede escribir. Siempre decepciona lo que se logra en comparación a lo que mueve la obsesión. A veces ocurre que corrijo los poemas impresos; en realidad, uno los abandona antes de concluirlos…

Esa decepción, ¿nace de una imposibilidad del lenguaje o una incapacidad del escritor?

Las dos cosas se relacionan. Hay escritores más o menos capaces en el manejo o en el choque con las imposibilidades del lenguaje, en el fondo es eso. Con el correr del tiempo, se advierte que la palabra navega entre dos silencios, el previo y el posterior. Por eso me parece que San Juan de la Cruz es el poeta más alto de la lengua castellana, porque, como afirma José Angel Valente, no sólo dice lo que dice, sino que dice lo que calla, y yo agrego que, de ese modo, calla lo que dice, otro imposible.

¿Cómo propicia el silencio en un mundo lleno de ruido?

Cada obsesión crea su propio silencio. Supongo que el silencio interior se relaciona con la fuerza de la obsesión, más allá de las circunstancias exteriores. Pienso siempre en (Jizchak) Katzenelson, quien escribió poemas estremecedores en Auschwitz, los metió en botellas y los enterró, con la esperanza de que algún sobreviviente los pudiera recuperar, o en Borges, que cuando estaba ciego decía que escribía con rima para poder recordar; todo eso habla de la fuerza de una obsesión.

¿Cómo se formula en usted una obsesión?

Surge en y con la escritura. No me puedo sentar con una idea clara de lo que voy a escribir porque el poema va por donde él quiere, es la mejor situación. Lo ideal es que exista la menor interferencia posible entre uno y la pluma, para que así la pluma derive…

¿Cuál es la materia prima de su poesía?

La realidad. Nadie puede escribir separado, sin padecer o gozar, pero cómo se elaboran esos estímulos en la fábrica interna es otro tema que se relaciona con la infancia, las lecturas, la vida que se hace o se elige hacer, en la medida en que se puede escoger.

Javier Sicilia dice que los poetas develan un fragmento del misterio que envuelve al mundo, dan un atisbo de la inmensidad de Dios. ¿Es la poesía un anhelo de plenitud?

Seguramente. La poesía, sobre todo, interroga a ese misterio; es un anhelo de conocer más, saber, saberse más en relación con el mundo.

“La primavera vive sin pensar, pero yo no soy la primavera”. ¿Qué importancia tiene la memoria en su vida, en su obra?

Fundamental, porque en el caso de la Argentina, la pérdida de la memoria o el ocultamiento de lo que pasó bajo la dictadura militar, allana el camino para una repetición de lo que ocurrió; además, la memoria colectiva constituye la médula de la conciencia cívica de un pueblo.

“La realidad hace gemir al espíritu con jadeos de animal”. ¿Cómo vive Gelman, el poeta, este fin de siglo?

Es un fin de siglo, sobre todo, opaco, lo que se relaciona con la vuelta de mis obsesiones. Me preocupa la posibilidad de que se repita la catástrofe. George Steiner se pregunta por qué nuestra concepción democrática del mundo pone barreras tan frágiles al fascismo. Hoy las matanzas asumen la forma de un genocidio pacífico, por hambre. Una novelista francesa, Vivianne Forrester, dice que existe algo peor que la explotación, y es que millones de seres humanos ya no sirvan siquiera para eso. Me preocupa qué hay en nuestra filosofía, en nuestra práctica política, que permite o alberga todo esto.

¿Teme que vuelvan los regímenes autoritarios?

Evidentemente, porque si es verdad que la democracia liberal contiene en sus entrañas la posibilidad del fascismo, seguirá ahí asumiendo otras formas, porque las experiencias nunca se repiten del mismo modo. Es una cuestión en la que me parece necesario pensar.

Con la caída de las ideologías, ¿es más fácil caer en el autoritarismo?

Ese tema debe tomarse con pinzas. No sé por qué Fukuyama habló del fin de la historia, lo que han fracasado son los sistemas políticos.

¿Está aún por construirse un sistema político justo?

Creo que sí, y seguramente serán propuestas transformadoras, que poco o nada tengan que ver con las vigentes, pero no sé cuáles son…

¿Es la poesía un refugio contra una realidad que duele?

No lo sé. A lo mejor no hay refugios para el dolor… La poesía es otra cosa: un anhelo de descubrimiento, un interrogante sobre el mundo, sobre uno mismo, sobre el silencio de las palabras…

“¡Ah, vida, qué mañana/ cuando termines de escribir!”. ¿Cómo percibe la muerte?

Con desgano. Woody Allen dice algo así como que todos somos mortales, pero no quisiera estar presente en el instante de mi muerte…

El amor es un gran país, dijo alguna vez. ¿Qué otros países vale la pena habitar?

La infancia, como decía Apollinaire el país de la bondad, el de la solidaridad, esos.

“Escribo lo que no puedo escribir en mí”. ¿Cuántas líneas le han faltado?

Muchas más de las que he escrito, supongo que por eso uno insiste…

Reforma, 28 de abril de 2000