Rafael Ramírez Heredia-Concepción Tavera:
‘Era como Superman’

Cuando ya no podía más, cuando le urgía leerse en voz alta, Rafael Ramírez Heredia llamaba a su esposa, Conchis, quien subía de prisa al estudio armada con un cigarrillo para escucharlo.

“Había partes que lo emocionaban: ‘¡Chingue a su madre, qué bien me quedó!’, y se le salían las lágrimas. ‘No sé qué hacer con esta puta sensibilidad, Conchis’, me decía. Todos los libros, desde la primera letra hasta el final, me los leía”, recuerda Concepción Tavera.

En cada nuevo título le escribía una dedicatoria amorosa. Más de 40 libros que permanecen alineados en su recámara; a un lado, el sillón rojo que el escritor rechazaba porque su alma gitana le advertía que sentarse ahí era tentar a la muerte. Un domingo se dejó llevar y a los dos días falleció, el 24 de octubre de 2006.

Conchis tenía 22 años cuando lo conoció. Se lo presentó un pretendiente que no imaginaba lo que vendría. Rafael la llamó un 9 de mayo; ella tenía una comida, pero él insistió en pasar a recogerla, muy lejos, por la salida a Toluca.

“Aún no había terminado ese día y mi amor por Rafael era… no, no, no, yo me moría. Nunca más quise saber nada de ningún hombre. Nunca más, y a la fecha no quiero. ¡La suerte que tuve de haberme casado con alguien que amaba tanto!”.

Era bigotudo, conversador, parrandero y gozoso. Y lo único que le importaba, decía, era escribir.

Un día, estaban en un rancho en Metepec y era la hora del regreso. Hija de republicanos españoles, niña de familia, Conchis tenía que volver temprano a casa. Debían ser cerca de las 8 cuando alguien preguntó: ¿por qué no se casan? Era un 24 de noviembre de 1968.

“Nos casamos en Calimaya. Cuando volvimos al rancho, Rafael le habló a su hermano Jorge. ‘Ya me casé’, le dijo. ‘Vente a echar unos chupes’. Yo llamé a mi mamá y le dije: ‘No te preocupes. No voy a llegar porque ya me casé’”.

Con cinco pesos en el bolsillo no había hotel a donde ir. Así que recurrieron a los padres de Rafael. Unos días después rentaron un departamento en la calle José María Rico; tenían una cama, unas cobijas, muchos libros y una televisión chiquita.

* * *

A Rafael no le podía pasar nada. “Era como Superman”, ríe Conchis. Nunca temió que un toro lo corneara durante sus años de novillero, tampoco la asustaban sus incursiones en Tepito o entre los maras, esa curiosidad temeraria que lo llevaba a buscar personajes en antros y burdeles.

Podía estar muchos días ausente, en los talleres que daba por todo México o en sus expediciones literarias, pero nunca se iba. Siempre estaba ahí, a su estilo, protegiéndola a ella y a sus dos hijas, Claudia y Marisa.

Rafael disfrutaba llegar y encontrarlas sentadas, dispuestas a escuchar el relato de su último viaje, juntas en su casa de Coyoacán, esa que construyeron con préstamos del ISSSTE y de la UNAM, ganando lo justo para cubrir las deudas. Al sueldo de Rafael se agregaba el de Conchis, que trabajó 14 años en el MUCA.

“Era celosísimo con su familia. Abría la puerta y chiflaba por toda la casa preguntando: ‘¿La señora ya está?’. Siempre fui hogareña, y eso le gustaba”.

Entre el llanto y la carcajada, llena de la vida que Rafael le enseñó a disfrutar, Conchis afirma que su energía, su generosidad, su inteligencia, eran enormes. Pero también lo acometían depresiones brutales.

No todo era fácil, y menos en caso de emergencia. Si le pasaba algo a sus hijas, se caían o enfermaban, se ponía tan nervioso que sólo atinaba a gritar, a llorar. Corría de un lado a otro sin saber qué hacer.

Rafael presumía además de mujeriego y no renunciaba a ejercer de seductor. “Sí fui celosa y tuve pleitos con Rafael, sería una mentira decir que no, pero siempre lo sentí muy cerca, muy mío. Como cualquier mujer, le llegué a pedir que nos divorciáramos, pero él contestaba que ni loco. Siempre lo apoyaba y lo trataba de ayudar, por eso cuando me enojaba lo hacía pinole”.

* * *

Su hermano Jorge, oncólogo, le advertía a Rafael que no tomara tanto el sol. “Se lo repetía: ‘¿pero es que no entiendes?’. Y él le decía: ‘El sol te da vida, te da energía’… ¡La madre!”.

Vivió un año dos meses con el cáncer de piel. La enfermedad lo volvió a ratos amargo, otras veces tierno; a veces se aislaba. Durante mucho tiempo tuvo la esperanza de curarse. Nunca dejó de ir a su taller de los martes en la Casa de la Cultura Reyes Heroles; sus alumnos siempre estaban ahí, esperándole.

“Me da rabia que haya muerto tan joven”, susurra Conchis. Se fue con 64 años sin sentir que su obra era reconocida, meses después de la publicación de su última novela, La esquina de los ojos tristes, la segunda de la trilogía que no completó sobre el “México bronco”, iniciada con La mara.

“Para mí, es su mejor obra. Se me hace tan dura, tan tierna y tan poética. Es otro Rafael, otra escritura, creo que esa novela aún no se valora”.

El estudio sigue como lo dejó. Uno de sus incondicionales, el escritor chileno Poli Delano, lo visitó hace unos meses para hablarle, como si siguiera ahí sentado, junto a la biblioteca o el busto de su admirado Lázaro Cárdenas, fiel a sus viejas compañeras: las tres máquinas de escribir y la primera computadora que utilizó, jubiladas dignamente sobre una tabla de madera.


Viene ‘De llegar Daniela’

En su novela póstuma, De llegar Daniela, una historia que transcurre en París y tiene como tema el terrorismo, Rafael Ramírez Heredia exploró nuevos rumbos en su narrativa.

Juan Sahagún, alumno durante más de una década en su taller de la Casa de la Cultura Reyes Heroles, recuerda que hizo varios tratamientos.

“Con La mara descubrió cosas como escritor. Se había propuesto experimentar estructuralmente y en términos de ritmo; buscaba innovar”.

La viuda del escritor, Concepción Tavera, nieta de uno de los fundadores del PSOE, nació en el pueblo segoviano de La Granja de San Ildefonso. Llegó a México con su familia en 1945, cuando tenía 4 años.

La historia de su madre y sus tres hermanas, a quienes la Guerra Civil española obligó a dar un rumbo distinto a sus vidas, fue otro de los proyectos literarios que Ramírez Heredia no pudo concretar.

Así lo dijo

“El legado que me dejó fue: ‘Vive como te dé tu chingada gana’, porque él lo hizo, vivió como quiso”.

Concepción Tavera

Viuda de Rafael Ramírez Heredia

Reforma, 12 de abril de 2008