Teresa Margolles:
‘Prefiero a los vivos’

Un grito desesperado. Así define Teresa Margolles su obra, que busca combatir con arte la impunidad de una muerte violenta. Sus materiales de trabajo son cadáveres de la morgue, fluidos, grasa, el agua que se utiliza para lavar los cuerpos.

“Mis trabajos son estéticos, pero eso no es lo que busco. Lo que intento retratar es la realidad, pero las imágenes terminan siendo tan bellas que existe el peligro de que se te olvide qué estás viendo, y yo no quiero que eso pase”.

A manera de explicación, menciona una mesa con dos bancas que acaba de crear para un parque de Porto Alegre, Brasil, fabricada con una mezcla de cemento y 200 litros de agua cargada con los fluidos corporales de personas asesinadas.

“Si no pulo la mesa, la gente se quedará sólo con el horror que encierra, por eso debe resultar bella, para que te puedas sentar sobre ti, sobre tus muertos, y reflexionar. Esa pieza es como una tumba, no la puedes dejar áspera, quizá luego la grafiteen, pero en todo caso seguirá viva”.

En sus inicios, dice, le resultaba “más accesible y más legal” trabajar con cadáveres de animales, pero recibía de las personas los mismos insultos que después le dirigieron cuando trabajó con humanos.

“Por la calle puedes ver cómo golpean a las personas o atropellan a los animales, pero cuando le dices a alguien que trabajas con muertos te llaman carnicera. Existe una doble moral; hay que respetar a los vivos”.

Un respeto que Margolles, con sus “socios” de la morgue, extiende a los muertos.

“Es un trabajo de amigos. Los médicos aprenden anatomía de artistas como Vesalio y Leonardo da Vinci. Cuando estamos juntos les recuerdo que estamos creando una obra, por lo menos en parte, ya que también ha intervenido el asesino. Son gente muy católica, el Día de Muertos le dedican ofrendas a esos cuerpos desconocidos; a mí nunca me permitirían hacer con los muertos algo que consideraran indigno”.

Son ya 12 años los que lleva la artista visitando morgues de México y de otros países. “Visito muchas, distintas. Siempre hay que vencer la reticencia de las autoridades, es un proceso muy lento, pero se trata de que confíen en los artistas, porque yo no voy a ser la única que encuentre en los muertos su lenguaje”.

Un trabajo así debe haberla modificado por dentro.

Sé que no lo hago por gusto.

¿Qué contesta cuando la llaman necrofílica?

Es una palabra con muchos significados.

En un sentido peyorativo.

¿Si me excito viendo cadáveres? No, prefiero a los vivos.

* * *

Nacida en Culiacán, Sinaloa, en 1963, Margolles se niega a hablar de su infancia. A los 18 años llegó al Distrito Federal para estudiar Ciencias de la Comunicación en la UNAM, con el propósito de convertirse en fotógrafa; posteriormente cursó un diplomado de técnico forense en el Servicio Médico Forense.

Para sobrevivir, vendió durante un tiempo libros viejos afuera de la Facultad de Filosofía y Letras, lo que le permitió ser autodidacta de carreras como la filosofía.

“Haberme autoexiliado de Culiacán me dio distancia e hizo que mi reflexión, mi obra, tuviera que ver también con esa ciudad, que es muy violenta. A diario nos enteramos ahí de que el vecino o un pariente fue asesinado, y eso te va entumiendo; si le preguntas a alguien de allá, te dirá que viven tranquilos, que mi trabajo se relaciona con los chilangos, porque no pueden reconocer que existe la violencia. Pero yo pienso que sólo a partir del reconocimiento se pueden tomar medidas, tanto familiares como políticas”.

Su obra, afirma, es un reproche a la violencia, una forma de fijar la mirada en la muerte, en el dolor que ha visto repetirse en cada morgue que ha visitado, sin importar el país.

“Mi propósito siempre ha sido el mismo: encontrar en la morgue algo que todavía no he hallado, pero que está ahí y sigo buscando”.

¿Algo?

Lo que he hecho es recordar a la gente, a mí misma, lo que es el dolor, que existe gente olvidada, y eso lo he ido aprendiendo por la insistencia de estar ahí, trabajando dentro con los muertos y viendo fuera a sus deudos. Me ubico en esa pequeña línea que divide a la sala del anfiteatro, y esa pared hace toda la diferencia.

¿Habla con los deudos?

Todo el tiempo. Algunos trabajos los he definido a raíz de estar afuera. Y como me visto de negro, comparto el luto, porque muchos no saben que soy artista.

¿No suele decirlo?

A algunas personas les digo para poder trabajar, les llevo mi dossier, les aseguro que, como ellos, no quiero que esa muerte quede impune. Lo que haga no les devolverá a la persona, pero por lo menos podrán compartir la rabia y la impotencia.

¿La gente suele aceptarla?

He aprendido a plantearlo con delicadeza, sin lastimar, con más claridad, porque antes era muy brusca.

¿Habla con las personas para poder conocer a los muertos?

No me importa ni siquiera el nombre, porque trabajo con cuerpos sin identidad. Me interesa saber, una vez muerto, qué está dejando; es un proceso muy visceral, difícil de teorizar.

¿Qué le pregunta a las personas?

Empezamos por el llanto de la ausencia, es el primer contacto; suelen estar asustados, como deslumbrados por un flash, sin saber qué hacer.

¿Les brinda consuelo?

Me siento ahí, les pregunto por quién vienen y me contestan que no tienen dinero o no saben cómo recuperar el cuerpo. Lo único que se puede hacer es decirles que no se preocupen, preguntarles qué necesitan. Cuando traigo la bata cambia la actitud, se quejan conmigo y puedo oírlos. Visito distintas morgues, pero lo importante es ir ganando legitimidad como artista; cuando me pongo una bata, automáticamente mi trabajo es serio, pero si no la llevo soy artista, una loca, una morbosa. Pero el morbo funciona como un motor para investigar.

¿Reconoce en usted ese morbo?

En el interés y la necesidad por investigar más. Yo sé que en los próximos años mi trabajo va a seguir esa línea y lo que haga dependerá de mi capacidad de observación, de sensibilidad. Se trata de que no me ciegue ante lo que está sucediendo.

¿Qué dice su familia de su trabajo?

Mi mamá sabe por qué lo hago.

¿Lo entiende?

No lo entiende, sabe por qué lo hago. Le digo que es para que no vuelva a pasar jamás nada.

* * *

Margolles fotografió sus primeros muertos tras el temblor de 1985. Como no tenía la fuerza para excavar, decidió ayudar tomando imágenes de personas no identificadas, para que una vez cremadas o enterradas existiera la posibilidad de que fueran reconocidas por sus familiares.

En 1990 se convirtió en una de las fundadoras del colectivo artístico SEMEFO, que aludía en su título al Servicio Médico Forense. Tras ocho años de trabajo, los integrantes se separaron debido a que sus necesidades expresivas cambiaron, explica.

“No hicimos un manifiesto, sabíamos que nos unía un tipo de música, de lecturas, de alucines y de sueños”.

La estética de la muerte que comenzó a explorar como parte de SEMEFO, un arte que según los críticos no estuvo exento de efectismo, se ha ido depurando con el paso del tiempo, afirma Margolles.

“Le he quitado el exceso de imágenes del principio a medida que he tenido más confianza en mis ideas. Se ha vuelto un trabajo más limpio, de lectura más fácil”.

En Cali, Colombia, la artista creó en 1999 el performance Andén, que considera dio un giro a su trabajo al dotarlo de una mayor conciencia política.

“En el Parque de las Banderas, levantamos 36 metros de banqueta con el permiso de las autoridades, a las que convencimos de que la obra no tenía que ver ni con guerrillas ni con paramilitares ni con la delincuencia, sino con el resultado de todo eso. Primero fui a los barrios conflictivos, donde pedí a los vecinos que me ayudaran a hacer la pieza llevando un objeto de alguien que había muerto en forma violenta; fue una especie de operación a corazón abierto en la que veía cómo, al desprenderse de las cosas (discos, balas, fotografías, ropa), la gente recuperaba la memoria de la persona a la que pertenecieron. Después volvimos a colocar la banqueta y cubrimos todo con cemento; fue entonces cuando la gente empezó a llorar y entendí que por primera vez mi trabajo había generado un dolor colectivo”.

Antes de esa obra, ¿mantenía el dolor a distancia?

No, siempre me he solidarizado con el dolor ajeno, pero por ejemplo, si trabajaba con camisas de personas asesinadas, simplemente las exponía, no se completaba el proceso con los deudos. Pero en Cali fui consciente del dolor, lo viví.

¿Pone límites al trabajo en su vida diaria?

No sé si lo pueda hacer, pero he aprendido que lo único que tenemos es la vida, lo mucho o poco que hagamos tiene que ser aquí.

¿Se ha vuelto más gozosa?

Totalmente, quiero todo porque sé que, en cualquier momento, la vida se acaba.

¿Ha tomado también más conciencia de la fragilidad?

Sí, por eso creo que debería ser obligatorio para todos visitar la morgue, así te darías cuenta de lo frágil que eres y quizá te cuidarías más.

¿Tienen las morgues de los países algo en común?

Siempre que existen dudas sobre las razones de la muerte, los cuerpos son enviados a la morgue, por eso se vuelven un termómetro de la sociedad. La cantidad de cadáveres que llega, la forma en que mueren, si son mujeres o niños, te indican el nivel de violencia que existe en la ciudad. En Europa, las morgues cierran el fin de semana, pero aquí no paran, todo el tiempo llegan muertos. En México, muchas personas dicen que no reconocen a sus familiares porque no tienen dinero para enterrarlos, pero en Brasil no permiten que vayan a parar a las fosas comunes, son solidarios hasta en la muerte.

¿Son continuas sus visitas a la morgue?

Sí, forman parte de mi cotidianidad. Estar ahí es lo que me permite ver. No creo que sea una obsesión, porque si lo fuera no reflexionaría, aquí se trata simplemente de estar. Por ejemplo, en Crematorio (pieza que se expone actualmente en la Galería Enrique Guerrero) supe que no quería trabajar con cenizas, sino con el sonido que producen.

¿Ha tenido que dejar cosas por este trabajo?

Muchas, me he llegado a topar con gente que me ha dicho “¡qué asco!, ni te me acerques porque apestas”, también he perdido amistades.

¿Hay que ser obstinada para insistir?

Sólo sé que a mí no se me olvida, no quiero que se me olvide por qué estoy aquí, y la única forma de recordármelo es ir a la morgue.

¿Lo asume como una especie de misión?

No sé, soy atea.

* * *

Son varias las etapas que ha atravesado el trabajo de Margolles. Empezó buscando el impacto inmediato, la dureza de las imágenes, después descubrió la belleza que guardan los cuerpos y optó por lo estético.

“Pero un día sales a tomar un café, ves a la gente, la realidad, y descubres cuánto vive un cadáver. La descomposición del cuerpo depende de dónde y cómo muere. Siempre contamos el número de muertos, hablamos de masacres, pero uno solo importa porque deja a una familia desolada”.

Tras mostrar sus creaciones en países como España, Austria, Italia y Estados Unidos, Margolles reconoce que su obra enfrenta la dificultad de no ser comercial, de ahí que únicamente haya sido adquirida por museos. “No es fácil que alguien quiera tener una de mis piezas en su casa”.

¿Qué debió vencer para trabajar con cadáveres?

El mito. La gente piensa que soy una supermujer por hacer este trabajo, pero no, soy igual que todo el mundo. Cuando estás con un cadáver te das cuenta de que no pasa nada, es puro mito. Quizá lo más difícil sea vencer los olores.

¿Más que la presencia de la muerte?

Es impactante, pero finalmente tú también eres un cuerpo y, si llegas a una mesa de disección, te verás así, como un cuerpo desnudo abierto.

¿Trabaja con apuntes?

Sí, escribo, pero siempre ando cargando la cámara fotográfica y la de video. Con el tiempo he aprendido a descubrir qué medio utilizar, es como si brillara lo que debo usar.

¿Ha sufrido algún tipo de agresión por su trabajo?

Sí, cachetadas, todo eso. Cuando expuse en Querétaro Autorretratos en la morgue (1998), en los comentarios me llegaron a llamar buitre. Pienso que hago un trabajo difícil, pero el tiempo funciona a mi favor; si antes era apestosa y ahora soy garrapuchenta, es señal de que las cosas van cambiando.

¿Qué le preocupa más como artista?

Ser clara, que mi obra se parezca a lo que pienso y lo que pienso a lo que veo. No desviarme ni equivocarme. Antes sabía qué decir pero no cómo decirlo, por eso ahora decido el medio de expresión. Me han llamado escultora, videoasta, pero más bien soy una artista contemporánea que utiliza los medios a su alcance.

¿Su obra suele acercarse a lo que piensa?

A veces. Siempre pienso que algo falló, me queda un pico de insatisfacción.

¿Se ha planteado hasta qué punto su arte cae en la provocación?

Yo no hago las obras para que me censuren, eso ya me pasó con SEMEFO; nos dijeron todas las ofensas que se le pueden decir a un artista y a un ser humano, pero no estoy aquí para complacer. Aunque me encabrone, eso no hará que me detenga o que cambie, ni modo.

¿No disfruta su trabajo?

No brinco por hacerlo, pero es lo que tengo que decir y ahí está. Si se trata de que me guste, prefiero tomarme una cerveza.

¿Qué piensa de que a los menores se les prohíba ver su obra?

Nada, tampoco me da coraje. Esto es lento, un maratón, la carrera es larga.

¿Ha pensado en qué hará con su cuerpo al morir?

No sé qué harán conmigo, dependerá de las condiciones en que muera. Si muero asesinada y me llevan a la morgue, quizá tenga la fortuna de que un artista me utilice, si no, caeré en el olvido. Yo preferiría terminar en un crematorio público, que mis cenizas se revolvieran con las de otros porque, una vez muerto, tu cuerpo ya no te pertenece.

Reforma, 10 de octubre de 2003