Vicente Leñero:
‘Siempre he sido muy obsesivo’

“Debería dejar de fumar”, dice Vicente Leñero, sentado muy cerquita de la cajetilla de cigarros. Lo ha logrado por periodos, durante tres, siete años, pero luego vuelve a caer. En su actitud hay algo de rebeldía. “Lo incita a uno la persecución a los fumadores, que es brutal. Y todo lo que sea represión me molesta mucho”.

Leñero cumple mañana 80 años. La pérdida de dos amigos, el escritor José María Pérez Gay y el actor Enrique Lizalde, le pegó duro estos días, pero la muerte no es un tema que ocupe su pensamiento.

“No le tengo mucho miedo a la muerte. Además, como soy creyente, pienso que es una puerta de entrada a otro modo de realidad. A lo que tengo miedo es al dolor, al sufrimiento”.

En su estudio conserva la vieja Remington donde tecleó en 1958 La polvareda, el cuento que dio título a su primer libro. Asesinato es considerada su obra maestra, pero Leñero prefiere La vida que se va, la más sencilla de sus novelas. “Así es como hubiera querido escribir”, afirma, “la mitad de las cosas que he hecho”.

Trabajó en Asesinato, una novela sin ficción sobre el doble crimen del político Gilberto Flores Muñoz y su esposa Asunción Izquierdo, de octubre de 1982 a agosto de 1984. Ahora piensa en sus más de 450 páginas y cree que podría haberla reducido.

“Yo creo que es la novela más larga que he escrito. Si la hubiera comprimido un poco y hubiera ido al grano… Investigué mucho y lo puse todo. Uno resume, pero aquí está todo”, dice. Se arrepiente también de no haber contado el golpe a Excélsior como un relato periodístico. “De pronto, Los periodistas era demasiado literario, cambiaba el punto de vista, en fin, di mil maromas con esa novela”.

Su mente de ingeniero se empeñó en dotar de complejidad estructural a su obra literaria, y su fe católica lo ha hecho no juzgar a sus personajes. De ahí su “vieja manía” de no resolver las historias, desde Los albañiles hasta Asesinato. “No sabemos nunca realmente la verdad”.

Recuerda cómo Random House le hizo “tiritas” de papel su libro Periodismo de emergencia, que ahora rescatará Conaculta en su colección de Periodismo Cultural, y lamenta la rapidez con que los títulos se esfuman de las mesas de novedades. Quizá, dice, El evangelio de Lucas Gavilán haya sido su libro más vendido.

“Pero es un drama. Cuando quiero regalar un libro mío, voy a comprarlo y no lo encuentro. Se mueren los libros, desaparecen”.

Dice que es despistado. Y como prueba ahí están cuatro pares de lentes para vista cansada. “Los pierdo a cada rato”. Tiene también algo de supersticioso: desde que en su juventud un amigo le advirtió que no escribiera de espaldas a una puerta, pone cuidado en no hacerlo.

Ya se ha acostumbrado a su vieja máquina de escribir Brothers, donde trabaja en cuentos que mezclan la realidad y la ficción –publicados en Gente así y Más gente así— y en su columna “Lo que sea de cada quien” para la Revista de la Universidad de México, después de cerrar los capítulos del teatro, la novela y el cine. “Escribo casi siempre el martes, todo el día. Pero lo hago muy lentamente, poquito. Ya no me da el gas para escribir como antes”.

“Siempre he sido muy obsesivo”, reconoce. Escribe a mano, corrige, luego lo pasa a máquina, y después de que su hija Eugenia transcribe el texto en la computadora, lo vuelve a corregir. “Siento que el cuento le permite a uno ser más estricto, buscar mejor la palabra precisa, el término exacto. La precisión me obsesiona”.

La mitad de la semana, de viernes a lunes, vive en su casa de Cuernavaca, donde se dedica a leer y ver series de televisión. Los jueves continúa con su taller de literatura, en el que mantiene una regla con sus alumnos: siempre es posible el regreso. “Ya no escribo guiones, pero sí asesoro. Siempre hay algún muchacho que viene para que le lea un guión”.

Cuenta que a unos pasos de su casa en San Pedro de los Pinos, en la Parroquia de San Vicente Ferrer, el primer matrimonio que se celebró fue el de sus padres, Vicente e Isabel. “Este era un pueblo”, dice. Su padre distribuyó entre sus hijos casas o terrenos, uno junto al otro. Leñero reside en la vivienda que era de su abuela, rodeado de tres de sus hermanos. “Mi esposa (Estela) decía ‘voy a llegar al imperio de los Leñero’, pero ahora adora San Pedro de los Pinos”.

La pareja reformó la casa para que el primer piso albergara tanto la biblioteca y el estudio de Leñero, como la consulta de Estela, que es sicoanalista. “Me he sostenido con el periodismo y con lo que gana mi mujer. En épocas críticas, ella sostenía la casa, cuando el golpe a Excélsior, en lo que levantábamos Proceso”.

Su padre era tan obsesivo como Leñero, pero en el ajedrez. “Era un jugadorazo”. De tanto verlo, también cobró afición al juego, hasta la fecha, en que “contrapuntea” el tiempo con un ajedrez electrónico que tarda diez minutos en pensar las jugadas.

“Tengo muchos amigos, pero no los frecuento”. El más cercano ha sido Julio Scherer, con quien comenzó a trabajar en 1971. “Nunca hemos tenido una diferencia”.

Pero mañana, la celebración será con su familia. Una “comilona” en un restaurante del Centro donde, ni modo, tendrá que guardar los cigarros.

Guarda Princeton su archivo

Parado junto a la pared de la biblioteca donde aparecen clasificadas las distintas ediciones de su obra, que ha abarcado todo tipo de géneros, Vicente Leñero cuenta que en 2012 vendió a la Universidad de Princeton ocho cajas con los mecanoescritos de sus novelas, cuentos, piezas teatrales y guiones de cine.

Una de las cláusulas del contrato, dice, le prohíbe revelar la cifra de la venta. En su escritorio, tiene la propuesta de portada de la reedición de su última novela, La vida que se va. Después de publicar los relatos de Gente así y Más gente así, si el cuerpo aguanta, bromea, lanzará Mucha más gente así.

Reforma, 8 de junio de 2013

Por el derecho a equivocarse

Al reunir las obras para la publicación del primer volumen de su Teatro completo, Vicente Leñero pensó en eliminar las piezas que sabía fallidas, como Compañero y Alicia, tal vez, pero no se dejó llevar por el impulso. Creyó más en el derecho que tiene todo escritor a equivocarse, a hacer las cosas mal.

“Igual que no existe el ser humano perfecto, tampoco la literatura, el teatro perfecto. Si uno no quiere exhibir sus errores, sus fallas, sus altibajos, no da la imagen de ser un escritor vivo, sino temeroso, alguien que no soy yo”.

Este lunes, Leñero cumple 75 años. Arriba a la cita con buena salud, la memoria fatigada y “sin mucha pasión” por la escritura, que ha transmutado en un creciente gozo por la lectura.

Hace tiempo que dejó de escribir teatro, y cerró en 1999, con La vida que se va, su obra novelística. Tampoco hace ya guiones de cine; lo suyo ahora es el cuento, narraciones en las que mezcla realidad y ficción, verdad y mentira. Metido en ese juego, de vez en vez le da por pensar qué habría sido de su vida si no hubiera escogido la literatura como destino.

“Me hubiera gustado ser beisbolista”, dice, “dedicarme a alguna actividad alejada del arte, como ajedrecista”.

Cumplir 75 años equivale para Leñero a culminar, empatado con la vida, su primer tiempo extra, como en el futbol.

“Me falta aún el segundo, de los 75 a los 80 años, y si no hay un gol de oro, vendrán luego los penaltis. Si uno vence, gana la vida eterna, y si pierde, la muerte eterna, el infierno”.

¿Cómo imagina la vida después de la vida?

No sé, me imagino la vida eterna como una posibilidad. Es como un anhelo, está lleno de interrogaciones, casi como una apuesta.

* * *

Leñero, el segundo varón de seis hermanos, es quien lleva el nombre de su padre. En Flashbacks, recuerda cómo don Vicente, un gran lector, tomaba las novelas de Julio Verne antes de dárselas y doblaba la punta de las hojas donde venían las descripciones técnicas para que pudieran saltárselas si querían.

“Tenía temor de que eso evitara que siguiéramos leyendo”.

De niño, leer y escribir cuentos significaba para Leñero hacer lo que su padre admiraba. “Yo viví un poco la búsqueda del padre… Todo eso influye en cómo se despierta una vocación, pero podría haber sido otra”.

En 1959, se casó con Estela y se graduó como ingeniero en la UNAM. De vuelta del viaje de bodas, tristeaba en una compañía de instalaciones sanitarias cuando su esposa, que estudiaba psicología, lo animó a que lo dejara. “Ella fue fundamental. Mi padre siempre le decía: ‘Convence a Vicente de que no deje la ingeniería: las letras pueden dar brillo, pero no dan para comer’. Para Estela fue muy natural: ‘si no te gusta la ingeniería, renuncia’. Y me conectó con una amiga para hacer radionovelas”.

Fue un tiempo de “chambitas”, de dar clases y escribir guiones, cuando aún no imaginaba lo que vendría en Excélsior y Proceso. En esa época también estuvo expuesto, en el Centro Mexicano de Escritores, a dos fuerzas poderosas: Juan José Arreola y Juan Rulfo.

“Leer Pedro Páramo significó mi nacimiento a la literatura; en mis primeros cuentos tenía el rulfismo metido en la sangre. Quien me abrió los ojos fue Arreola; me enseñó el valor de las palabras, la originalidad. Luego tomé talleres con Rulfo, pero quien me entusiasmaba era Arreola”.

* * *

“Lo quiero, pero no lo extraño”, dice Leñero cuando se le pregunta sobre el teatro. Cuesta creerlo al leer en sus memorias, Vivir del teatro, la aventura que significó cada nueva puesta, un camino que inició hace 40 años, con el montaje de Pueblo rechazado en el Xola.

“No, no lo extraño. El teatro mexicano está gobernado todavía por los directores, a quienes no les interesan demasiado los autores nacionales. Prefieren montar obras clásicas porque lo único que importa, parecería ser, es el fenómeno escénico”.

Ninguna de sus más de 20 obras se quedó en el cajón. Sólo la última, La concubina de San Agustín, espera montaje. Pero Leñero no tiene prisa.

El dramaturgo reconoce tres amigos y cómplices fundamentales en su trayectoria: el actor Enrique Lizalde, con quien creó la compañía Teatro Documental; Ignacio Retes, quien aceptaba “casi a ciegas” montar sus obras, y Luis de Tavira, autor de espectaculares puestas en las que su obra se fortaleció.

Periodista modelo, escritor preocupado por experimentar nuevas estructuras en sus novelas y en su teatro, Leñero libró también, junto a de Tavira, fuertes batallas contra la censura cuando bajo el gobierno de Miguel de la Madrid se intentó cancelar los montajes de Martirio de Morelos(1983), una desmitificación de la figura histórica, y Nadie sabe nada (1988), porque se tocaba en escena el Himno Nacional. Antes ya había enfrentado, junto a Retes, el intento oficial de eliminar de Los albañiles (1969) lo “obsceno” de su lenguaje.

“Mis obras nunca nacieron de una provocación. Todo eso me tocó azarosamente, siempre me sorprendió. Uno se da cuenta ahora de hasta qué punto vivíamos en una sociedad impregnada de autoritarismo”.

* * *

Por su fe católica, el tema religioso está presente en la obra de Leñero. Aparece en Los albañiles, Redil de ovejas, El evangelio de Lucas Gavilán. Formado en el pensamiento rígido de Acción Católica, fiel a la Iglesia, fue adoptando con los años una posición cada vez más crítica.

“Una de mis preocupaciones ha sido el tema de la jerarquía eclesiástica, porque considero que ha difamado el pensamiento cristiano, lo ha pervertido. Por eso en mis novelas se nota cierto enojo contra esa jerarquía que ha deformado el cristianismo. Sólo hay que ver al Vaticano y a los católicos oficiales; uno se siente a veces malherido por las personas con quienes lo identifican, sobre todo con los panistas. Parecen acólitos de la Iglesia”.

Las respuestas a sus preguntas sobre Dios se las fue dando la vida, dice, pero en la narrativa y el teatro pudo volcar sus preocupaciones.

“El cristiano que no juzga a los demás, en quien la compasión o la identificación hacia el otro es más importante, empata muy bien con la literatura, porque el escritor que se dedica a juzgar, a deturpar y malherir a sus personajes, es un mal novelista”.

Rescatan su obra

Vicente Leñero asegura no haber leído uno solo de sus libros después de publicado. No se atreve. Ni siquiera ahora que Joaquín Mortiz ha reeditado sus novelas Redil de ovejas, El garabato, Estudio Q y El evangelio de Lucas Gavilán.

“Son novelas que me habían descatalogado y que me interesaban, no tanto porque fueran buenas, regulares o…, sino porque me gusta que exista el libro como una posibilidad”, señala el Premio Nacional de Ciencias y Artes.

A estas reediciones se suma la publicación de su Teatro completo por el FCE. Serán tres libros, el último dedicado a sus memorias Vivir del teatro, cuyo tercer volumen había dejado pendiente.

Alfaguara también le publicará próximamente un libro de cuentos: Gente así.

Así lo dijo

“Antes era más fácil montar teatro, se podía hacer con productores privados; ahora tiene que ser con instituciones públicas: la UNAM o Conaculta. No se puede hacer un teatro verdaderamente independiente”.

“Las entrevistas permiten que la gente conozca al escritor, pero no hacen necesariamente que lo lea. A mí me interesan los autores por lo que escriben, no por lo que dicen. Prefiero el desconocimiento del autor”.

Vicente Leñero
Escritor

Reforma, 6 de junio de 2008