Vicente Quirarte:
La conquista del paraíso

La melancolía es una sombra en la familia de Vicente Quirarte. Una presencia que aún lo acecha. “Constantemente”, repite. “Desde mi adolescencia me di cuenta de que algo me estaba rondando, de que los ángeles también pueden ser oscuros”.

Su ingreso a El Colegio Nacional, el 3 de marzo a las 19:00 horas, es un tributo a su padre, el historiador Martín Quirarte, quien fue vencido por los fantasmas que el poeta aún combate. “Lo que más me protegió fue el amor. Creo, como dice Francisco Hernández, que no hay droga más poderosa”.

Quirarte (Ciudad de México, 1954) empezó a escribir poemas a los 17 años, enamorado. “Gané un concurso en la prepa y pensé que por ahí iba el camino”. Durante los primeros años en que estudió Letras, dudaba en ser arquitecto o pintor. Un tiempo complicado, dice, sumido en la depresión.

“Es una etapa que bendigo”, afirma. “Estuve mucho tiempo como zombie, en otro planeta. Ahora sé que gracias a esa temporada en el infierno se puede llegar a conquistar paraísos”.

Pero no siempre se regresa. No volvió su padre, ni su hermano mayor, Ignacio. Ambos se suicidaron. “Cuando uno siente que la vida ya no le pertenece, tiene que irse, y está en su derecho”.

Piensa que el escritor debe tener una fama clandestina, limitada a sus pocos lectores. No cree que la falta de tiempo impida crear una obra. “Cuando la fiebre está encima de uno, escribe a pesar de todo y contra todo. Es la única literatura que sirve”.

Tampoco cree que la serenidad sea buena consejera. “Un escritor tiene la obligación de estar en constante convulsión. Como decía Eugenio Florit: ‘Yo soy feliz escribiendo cosas tristes’. Hay que aspirar a ese tipo de serenidad, la que viene de enfrentarse cotidianamente con la desgracia”.

¿La eternidad literaria? No es algo que haya pensado. Aunque coincide con Cyril Connolly en que la obligación de un artista es escribir una obra maestra, ya sea un libro, una página o un verso.

“Yo creo que hay dos o tres cosas mías que a lo mejor quedan, como esta frase: ‘Vivir es escribir con todo el cuerpo’”, señala.

Autor de narrativa, teatro, ensayo histórico y crítica literaria, Quirarte considera que esa multiplicidad de géneros está regida por su quehacer poético. Son rayos que confluyen en un centro y se traducen en ser, cita a Eduardo Casar, “nuclearmente poeta”.

“La obligación, en todos los géneros, es tener el rigor, la concentración y el poder de la poesía”. Sus obsesiones literarias son las mismas desde su primer poema, “La calle”: la ciudad, la noche, la mujer.

¿Adicto al trabajo? No, ríe Quirarte. “Soy disciplinado, cada vez más”. A los enemigos de su escritura, la adversidad y la persistente melancolía, los combate creando: “El trabajo es lo único que los ahuyenta”.

Honrará a maestros

A su maestro, Rubén Bonifaz Nuño, siempre lo cita. Y Vicente Quirarte también le dedicará una de sus primeras actividades como miembro de El Colegio Nacional.

En agosto coordinará un coloquio que analizará su obra como traductor y poeta.

Antes, en junio, Quirarte ofrecerá tres conferencias sobre la literatura de José Emilio Pacheco. “Es una forma de reconocer que estoy llegando al lugar que (ellos) ocuparon, no a sustituirlos, eso nunca”.

Profesor de posgrado en la UNAM e investigador en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas, autor de Razones del samurai, Elogio de la calle y La invencible, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, adelanta que su lección inaugural del jueves se titulará El laurel invisible. Le responderá el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma.

En su discurso se referirá a aquellos autores cuya obra crece con el paso de los años, como Pacheco y Paz, y los que desde la juventud son inmortales, como Rulfo.

El 25 de abril, Quirarte se estrenará en El Colegio Nacional con una lectura dramatizada de su obra Melville en Mazatlán, interpretada por Arturo Ríos y Pedro de Tavira, y dirigida por Eduardo Ruiz Savignon.

Reforma, 27 de febrero de 2016