Aeroplanos: La vida al vuelo

Ignacio López Tarso: Cuestión de orden

Ignacio López Tarso saluda a su llegada al Teatro San Jerónimo. Sube en silencio la empinada escalera en dirección a su camerino, un rectángulo de luz. Es un espacio casi desnudo: de un lado, el vestuario; del otro, un largo espejo.

Son 45 minutos de una entrevista que termina instantes antes de que se escuche el anuncio de la primera llamada. Al actor le bastan unos minutos para meterse en la piel del personaje. En este caso, Francisco, Paco, el protagonista de Aeroplanos.

“De un solo repaso, veo el personaje completo y aseguro lo inicial”, explica López Tarso. Le hace preguntas: ¿por qué estás en mi casa?, ¿cuándo llegaste?… Tener esa claridad es la base de su confianza en escena.

“Generalmente, nunca tropiezo, no tengo fallas ni olvidos. Salgo muy confiado porque he repasado el personaje de principio a fin. Un momento de concentración, y es suficiente”.

A sus 90 años, conserva intacta la capacidad para memorizar sus papeles. Aprueba el apuntador en la televisión, aclara, pero no en el teatro. Lo único que se permite usar es el micrófono.

López Tarso se hizo actor por un accidente. Por eso, dice que sí cree en el destino. A los 19 años, de bracero en California, cayó de un árbol y se fracturó la columna vertebral. Antes de que lo operaran, pasó un año inmovilizado sobre una cama de madera.

“Mi gran pasión entonces fue la lectura. Y oír música, ópera”. Se emocionó con la poesía de Xavier Villaurrutia y, ya recuperado, quiso conocerlo. Lo buscó en la Academia de Arte Dramático del INBA, y decidió quedarse a estudiar actuación. Debutó en 1951 en Bellas Artes.

Alumno de figuras como Salvador Novo y Seki Sano, afirma que han sido Roberto Gavaldón en el cine, e Ignacio Retes, Alejandro Jodorowsky y Salvador Garcini en el teatro, quienes más lo han influido.

Una cualidad que admira en los actores es la sinceridad. “Yo creo que en el escenario todo lo que hay es falso, menos lo que dice el actor”, precisa. “Si no cree en su interpretación, el público lo nota, y entonces se derrumba todo. Cuando es mentira lo que dice el actor, al espectador la obra ya no le interesa, por eso la sinceridad en el escenario es indispensable, pero la mayoría actúa al ahí se va”.

¿Es una condición al aceptar una obra que tenga usted buenos compañeros?

Sí, pero no siempre se puede porque no tengo la autoridad suficiente. A veces acepto una obra y, en los primeros ensayos, me doy cuenta de que la mirada del actor no tiene la verdad que yo espero en escena.

¿Y sigue adelante?

Sí, es muy difícil decir: yo no trabajo ya con este señor, o esta señorita (sonríe).

¿Por qué razones podría rechazar un papel?

Por la calidad del escritor, por ejemplo. Hay autores que no te convencen desde la primera lectura.

¿Y si su pensamiento no concuerda con el del personaje?

Sí, en eso soy muy exigente. Puede haber un homosexual que sea un gran personaje en una obra, los hay, pero yo no me sentiría nunca a gusto interpretándolo. He actuado personajes que no van con mi físico, como Neruda (en El cartero), eso se puede suplir, lo que no se puede es el carácter íntimo, la manera de ser del personaje.

* * *

No es raro que a López Tarso le ofrezcan comedias, como Aeroplanos, pero lo que suele escoger son los clásicos, desde los griegos hasta el Siglo de Oro español y el inmortal Shakespeare.

En la obra de Carlos Gorostiza, estrenada en junio de 2014, participan también Manuel El Loco Valdés y Sergio Corona, que se alternan en el papel de Cristóbal, el gran amigo de Paco.

Aunque es el mismo personaje, dice López Tarso, cada actor le da matices distintos. En el escenario, su nieto baterista se llama Eduardo, mientras que en la vida real es el orgulloso abuelo de Antonio Sánchez. “Es una casualidad”, ríe.

Dos palabras que han definido su vida profesional son disciplina y orden, que aprendió en el Seminario de Temascalcingo, donde estudió la preparatoria, y en el año de servicio militar que cumplió en Querétaro, Mocambo y Monterrey.

“Yo digo que al país le falta orden en todo, y eso supone cumplir también con las leyes y los reglamentos. Pero los mexicanos somos muy desordenados, y eso se nota en la sociedad”, señala quien fue diputado federal por el PRI en 1988. “Uno va tropezando con gente que no sabe hacer su trabajo, o que lo hace al aventón, por cobrar. Entonces, la vida en general se va haciendo así, al aventón, a medias, al ahí se va… y no, hay que hacer las cosas bien”.

Cuenta que, desde que fue elegido secretario general de la ANDA en 1985, ya eran un grave problema las jubilaciones, debido a que se entregan durante décadas a actores retirados que ya no cotizan, y también los seguros médicos, que nunca alcanzan.

“La mayoría de los actores viejos ya no trabaja”, señala. “Yo he tenido la fortuna de que, generalmente, antes de terminar un compromiso, ya tengo dos o tres posibilidades, pero a veces te quedas en el aire y te ves obligado a hacer lo que no quisieras. Necesitas trabajar, no sólo por razones económicas, sino porque para un actor no estar en el escenario o ante una cámara es fatal. Estás ocho días de vacaciones, si acaso, y luego te aburres terriblemente”.

En cinco pinceladas

Su mayor temor. “Temores, miedos, no tengo”.
El principal rasgo de su carácter. “La puntualidad”.
Su principal defecto. “La ira”.
Su idea de la felicidad. “Una vida feliz es la de una persona que todos los días tiene pequeños placeres que lo satisfacen. Con sus amigos, su familia, consigo mismo, pequeños momentos muy gratos que hacen la felicidad”.
Un sueño recurrente. “Sueño, pero generalmente lo olvido”.

‘El Loco’ Valdés: La vida en rosa

Hubo una época en que Manuel El Loco Valdés imaginó un futuro sin escenarios. “Era muy jovenzuelo, y quería ser topógrafo. Pensaba en estudiar, pero tenía que trabajar”.

Nació en Ciudad Juárez el 17 de enero de 1931. Su padre era agente aduanal, destinado en Piedras Negras. De nueve hermanos –ocho hombres–, Manuel fue el menor.

“¿Quién es el más chiquito de la tropita Valdés?, preguntaba. Y le decía: Yo, mamá”, afirma con voz infantil. “Mis padres alcanzaron a atender a mis hermanos mayores. Éramos Rafael, Germán, Guadalupe, Pedro, Armando, Ramón, Cristóbal, Antonio y yo; a los tres últimos nos crió mi abuelita”.

Su primer papel fue como extra, a los 14 años, en El hijo desobediente, primer largometraje de su hermano, Germán Valdés Tin Tan.

“¿Qué no ve usted que yo pensaba mucho en no imitar a mi hermano Germán? Traté de ser más o menos original, y lo logré, por eso destaqué”.

Primero fue El Pelón Valdés, pero desde hace más de seis décadas se transformó en El Loco. “Surgió por lo que llamo el entusiasmo de la necesidad”. En Variedades del mediodía subía, bajaba, se columpiaba, hacía una bola de caras raras, como ahora que le apunta la cámara. Después de dos semanas, el productor Luis de Llano Palmer lo llamó a su oficina y le preguntó: “¿Está usted loco, Valdés?”.

“Le dije sí, así me voy a llamar: Loco Valdés”, recuerda. “Y ha sido lo máximo”.

Aquí, en el bar del Sanborns de Echegaray, se mueve inquieto. Pide que sea una entrevista rápida; ya lo esperan en la barra sus amigos, con los que se toma la copa antes de la comida. Rara vez falta a la cita. El comediante contesta, urge, gesticula; a ratos es Valdés, a ratos El Loco.

Al presidente Gustavo Díaz Ordaz le gustaba invitar a Los Pinos al grupo de cómicos de la televisión: Héctor Lechuga, Chucho Salinas, Mauricio Garcés y Valdés, que se reconoce como uno de sus consentidos. Después, con Luis Echeverría como mandatario, sucedió el famoso episodio de Bomberito Juárez.

“Era el Año de Juárez, por eso me llamaron de Gobernación. No me suspendieron ni nada. Que por favor no estuviera yo hablando del héroe. ¿Cómo voy a chotear a don Benito Juárez? Se me ocurrió de repente, porque yo soy alguien que improvisa: ‘¿cuál es el primer Presidente bombero? Bomberito Juárez’”, cuenta sobre aquella visita, que terminó con una recitación patriótica de su parte: “Y pinches aplausos que me dieron todos los güeyes que estaban ahí”.

Cuando se le pregunta sobre su vida, sus momentos difíciles, se hace el loco. “Todo ha sido maravilloso para mí. Soy muy feliz, muy optimista”.

¿Hay algo que no le guste de su profesión?

No, todo está muy bien. Hasta a los nuevos comediantes los veo simpáticos.

Aunque no es partidario, confiesa, de las groserías que abundan en las rutinas. “Dicen las bubis, las chichis, y como la gente se ríe, pues eso le dan. En mis tiempos, la palabra más altisonante que decía era: ‘Ramona tiene la nalga pelona’. Inocente palomita…”.

* * *

En Aeroplanos, Valdés interpreta a Cristóbal, un papel que alterna con Sergio Corona. El director Salvador Garcini le pidió que se centrara en el personaje y se olvidara del Loco.

“Yo no me concentro, entro a escena y órale”, cuenta, “me persigno, me encomiendo a Dios y me saco mis chapitas”.

Sobre el escenario, nada lo desconcentra, ni siquiera el mal humor de Ignacio López Tarso cuando interpreta a su gran amigo Paco. “Grita muy fuerte, así es el personaje, y yo lo tomo a risa. No me burlo, pero me espanto”. Las escenas, dice, son para que se luzca don Ignacio.

¿Asume que López Tarso es la estrella?

Claro.

Usted también es reconocido.

Sí, pero no me gusta comerme el pinole a puños, porque toso.

Cuenta que, si le ofrecen un buen sueldo, aunque no le guste el personaje, “me aviento al ruedo”. Ha actuado en cine y teatro, pero lo suyo lo suyo es la televisión. “Ahí me siento como un pececillo en el agua”, afirma. “Hice Variedades del mediodía, Variedades de medianoche, Operación Ja Ja, El show del Loco, La hora del Loco, Ensalada de locos”. Casi siempre sin un guionista, improvisando lo mismo sketches que anuncios.

“A Televisa le di (a ganar) mucho dinero. Teníamos cantidad de patrocinadores. Una vez perdimos uno porque dije: ‘el único ron que sabe a jabón’. Por hacerme el chistoso, se retiraron. Pero por los comerciales me pagaban puro oro molido”.

¿Y así como lo ganó se lo gastó?

No exactamente. Yo soy de las personas que nunca pongo nada a mi nombre. Con mi primera esposa, que en paz descanse, todos los bienes raíces estaban a su nombre, no había nada que alegar. También con mi señora (Arcelia Larrañaga), que está enfermita, la casa está a su nombre y también otra en Cuernavaca que compré. O sea que ahorita no tengo nada… sólo mi camioneta.

En cinco pinceladas

Su mayor temor. “No pagar a los bancos las muchas deudas que tengo”.
El principal rasgo de su carácter. “Ser optimista, verlo todo color de rosa. Hasta a las feas las veo bonitas”.
Su principal defecto. “Todos tenemos muchos. El único defecto es cuando uno trata mal a una mujer, ahí sí que es feo, pero yo, gracias a Dios, hasta la fecha a todas mis novias las he tenido así… (y alza las manos)”.
Su idea de la felicidad. “‘La felicidad (canta) es una forma de navegar, en esta viiiidaaaa, que es la maaaaar’. Gualberto Castro”.
Un sueño recurrente. “Siempre he soñado que vuelo. Cuando alguien me presiona en mis sueños, vuelo, me voy. Y aunque no puedo volar tan arriba, a veces sí llego hasta las nubes”.

Sergio Corona: Puro ritmo

Para Sergio Corona, la vida es cuestión de ritmo. Esa es su filosofía, también en el teatro, cuando interpreta a Cristóbal en Aeroplanos. “Lo aplico en todo lo que hago”.

Su otro mantra es la objetividad. “Me ha servido mucho para deshacerme del dolor, de la pena, no del recuerdo”, explica. “Porque cuando sucede una desgracia, ¿qué puede uno hacer?”.

Vivía en Pachuca, donde nació en 1928, cuando se enfermó de fiebre de Malta. “Decían que tenía tuberculosis, tifoidea… hasta que le atinaron y me alivié”. Como resultado, perdió dos grados escolares y terminó la primaria casi a los 15 años de edad.

En esa época empezó también su pasión por el ritmo. “Iba a los salones de baile, me paraba en la entrada de los músicos y les preguntaba si los ayudaba con su instrumento. Algunos aceptaban y pasaba sin pagar. Hice amistad con ellos y, casi al final del baile, me dejaban tocar las percusiones”.

Su padre, Miguel Corona, abogado y juez de distrito, había sido destinado al Distrito Federal, y al comediante lo habían inscrito en la secundaria nocturna. “Pasé el primer año, trabajaba yo en las mañanas, primero en un taller de platería, después en una talabartería, y luego como repartidor en la zapatería El Borceguí”.

En segundo año de secundaria, cambió las aulas por los salones de baile. En el Esmirna dio sus primeros pasos de swing. Al cuarto mes de no pisar la escuela, su padre decidió mandarlo al rancho de su tío Luis, en Apan, Hidalgo, donde permaneció dos años y medio.

Había cumplido 18 años cuando se inscribió en las clases de baile que los hermanos Ricardo y José Silva impartían en el Palacio de Bellas Artes. A los tres meses lo contrataron como bailarín en un teatro de revista, el Río. “Ese fue mi despegue”.

Su primera incursión en la comedia fue en 1949, actuando al borracho de la canción El abandonado, que interpretaba Alejandro Montenegro en la revista musical La malinche desnuda. Corona formaba parte del Ballet Chapultepec, fundado por Gloria Mestre y los hermanos Silva.

“Salía vestido de charro, con mi botella de tequila, haciéndola de borracho, y el público lo celebraba”.

Luego, de gira en Guadalajara, experimentó en el Teatro Degollado el caso contrario. “Era un sketch de Palillo que se llamaba Así llegaron. Yo hacía su papel. Iba con mi jarro, cosas que encontré de utilería, y alguien de la galería gritó: ‘¿De dónde sacaron ese pinche cómico?’. Fue una experiencia importantísima; pensé: ‘Hay que mejorar’”.

Después de trabajar como bailarín casi un año en Cuba, regresó a principios de 1952, por la muerte de su padre. Un año después, formó pareja artística con Alfonso Arau. El dueto Corona y Arau se separó en 1959, en pleno éxito, debido al divorcio de Arau de su hermana Magdalena.

“Debuté solo, a los 15 días, y al principio me sentí muy mal, por la costumbre de tener el apoyo del compañero, pero a las dos semanas ya estaba confiado”.

De su profesión, muchas cosas no le gustan, confiesa. “No quiero quemar a nadie, pero hay materiales que no aportan nada: ni diversión, ni conocimiento, ni progreso, nada. A veces me preguntan: ¿qué te gusta más: la televisión, el teatro, el cine? Lo que acepto es lo que más me gusta. No importa el medio”.

* * *

Para Corona, compartir la escena con Ignacio López Tarso en Aeroplanos es motivo de alegría. “Alternar con él es un triunfo en mi carrera”. Ya habían trabajado juntos en otra comedia, La pareja inolvidable, en 2004. Interpretaban a dos viejos actores, mientras que en esta obra recuerdan sus tiempos de futbolistas, charlan sobre la soledad, la enfermedad, la muerte.

“Para mí implica un esfuerzo de concentración, porque Ignacio aumenta algunas palabras a sus parlamentos y uno tiene que estar atento para entrar”.

López Tarso memoriza, El Loco Valdés usa apuntador, ¿y usted?

Yo lo uso en la televisión, no en el teatro, porque siento que no llevo el ritmo necesario.

¿Hay algo que lo desconcentre en el escenario?

Al principio sí, cuando no tenía la obra bien memorizada. Pero Ignacio tiene la costumbre de corregirte en escena. De repente dice: ‘aquí tenías que decir esto’, como si fuera un ensayo.

También se dirigen al público.

Él, yo no. (Ignacio) no respeta la cuarta pared. Lo estoy acusando (ríe).

Conforme uno cumple años, ¿qué hace falta cuidar?

La familia (vuelve a reír). Algo importante, creo, es que no he abusado de nada. Trabajé mucho tiempo en cabaret, y si hubiera aceptado toda la bebida que me ofrecían, las oportunidades de probar droga, ya no estaría. Es muy importante la imagen familiar. Tengo 51 años de casado.

Cuando descansa, ¿qué le gusta hacer?

La verdad, no sé cuándo descanso. No es que esté ocupado todo el tiempo, pero no dejo de pensar. A mí me preguntan: ‘oiga, ¿por qué no se ha retirado?’, pero entonces, ¿qué hago? Yo no recomiendo para nada la jubilación.

En cinco pinceladas

Su mayor temor. “Hay varios, caray… Una guerra”.
El principal rasgo de su carácter. “La participación”.
Su principal defecto. “Creo que lo mismo”.
Su idea de la felicidad. La objetividad. Tranquiliza y soluciona cualquier problema”.
Un sueño recurrente. “Quiero dirigir una sinfónica, cualquiera. Pararme en un pódium con la batuta, y cuando menos dirigir La cucaracha“.

Reforma, 8 de noviembre de 2015