¿Alguien extraña a James Bond?

Ian Fleming fue un escritor al servicio del Imperio británico que propagó en las novelas de James Bond su propio credo: “un anticomunismo feroz, un racismo desacomplejado y un machismo superlativo”.

Ya desde la década de 1950 planteó una realidad política cuyos ecos permanecen, al salpicar todo esto con una “cierta desconfianza hacia los aliados europeos y un pacto ‘magnético’ con los Estados Unidos”, señala el historiador español Joaquín Rodríguez Burgos.

Nacido hacia 1924 en una localidad escocesa –Fleming mantiene el misterio–, Bond es un hombre solitario, una máquina de matar, un macho ante quienes las mujeres caen rendidas a sabiendas de que no dará un paso más allá de la conquista sexual.

Bond mide 1.83 centímetros, usa una pistola Beretta automática, le gusta el martini seco –agitado, no revuelto– tanto como el champagne, prefiere vestirse de azul marino, combina sin rubor las anfetaminas con los ansiolíticos, y en sus peores momentos fuma hasta 70 cigarros al día, de preferencia la exclusiva mezcla que le prepara la casa Morland, aunque tampoco rechazaría un popular Lucky Strike.

Pero dejando a un lado sus coordenadas vitales, Bond ha sido también un instrumento ideológico de control, dice Rodríguez Burgos, un arma literaria que Fleming utilizó en beneficio de las clases dominantes.

¿Su principal objetivo? La defensa de los intereses del imperio capitalista occidental, representado por Inglaterra y Estados Unidos, afirma el autor de James Bond. Biografía no autorizada (Páginas de Espuma).

El también crítico de cine considera a Fleming un agudo conocedor de la política internacional y de los servicios secretos, a los que, como Bond, también sirvió. Pero advierte que su defensa de los intereses capitalistas, auxiliado por el superespía inglés, guardaba una profunda relación con sus propios temores.

“Fleming compartía los miedos de las clases dominantes británicas a perder los privilegios que habían ostentado durante siglos, ante la marea socialista y nacionalista iniciada durante la Primera Guerra Mundial, protagonizada por los trabajadores y algunas clases medias tanto de Europa como del resto del mundo”.

Excitar los sentidos

Pero, ¿existió realmente James Bond? Rodríguez Burgos lanza una hipótesis: quizá fue el hombre y el espía en quien jamás logró convertirse Fleming.

El escritor inglés nacido hace un siglo, quien inauguró con la publicación de Casino Royale, en 1953, su serie de 12 novelas protagonizadas por Bond, compartía con su personaje algo más que su obsesión por eliminar a los comunistas de SMERSH –siglas de un departamento de la KGB soviética– y de SPECTRA –organización surgida bajo la China de Mao.

Fleming quedó huérfano de padre días antes de cumplir 9 años, mientras que Bond perdió a sus progenitores a los 11. Ambos estudiaron en la elitista Eton, de la que fueron expulsados por un lío de faldas (no escocesas); los dos destacaron también, más que por sus estudios, por sus cualidades atléticas.

A los 31 años, el escritor comenzó a trabajar para la inteligencia naval, la RNVR (Royal Naval Volunteer Reserve), cuerpo al que Bond ingresó a los 17 años, tras mentir sobre su edad. Fleming llevó a cabo numerosas misiones de inteligencia a las órdenes del almirante John Godfrey, director del área, pero a diferencia de su criatura, sólo llegó a matar sobre el papel.

El biógrafo de Fleming, John Pearson, afirma que fue el 18 de marzo de 1952 cuando concluyó Casino Royale, seis días antes de contraer matrimonio con Ann Rothermere, a la que dejó embarazada cuando aún estaba casada con un lord. Casper, su único hijo, moriría en 1975 a causa de una sobredosis de drogas.

Tras el éxito inmediato de su primera novela, el escritor perfeccionó un estilo que, en sus propias palabras, buscaba “excitar los sentidos”. Ya en ese momento aclaró que sus libros iban dirigidos a lectores “heterosexuales de sangre caliente”.

Desde John F. Kennedy hasta Raymond Chandler alabaron su obra, y su popularidad se multiplicó cuando en 1962 se filmó la primera película de la saga, 007 contra el Dr. No.

Cuando más disfrutaba de su éxito, con 14 millones de ejemplares de sus novelas vendidos sólo en Estados Unidos, Fleming sufrió una crisis cardiaca, falleciendo en 1964, con 56 años de edad.

Pero, ¿qué sería del espía británico en 2008? “Pienso que Fleming identificaría como diana a todo gobierno o movimiento político, armado o no, que amenazara los cinco monopolios controlados por el imperio: la tecnología, los recursos naturales, los flujos financieros internacionales, la comunicación y las armas de destrucción masiva. Como candidatos idóneos están el gobierno de Venezuela, los grupos de resistencia islamista y las guerrillas americanas”.
Cabe entonces preguntar: ¿alguien extraña a Bond, James Bond?

Reforma, 28 de mayo de 2008