Echan al vuelo la “voz de Dios”

Las campaneras de la Catedral Metropolitana suelen regresar a su casa cargadas de “tesoritos”, minúsculas raspaduras de metal que dejan caer las campanas mientras son “sangradas” con el badajo.

Cada fin de semana, alrededor de 40 campaneros, la mitad mujeres, se distribuyen en las dos torres de Catedral. Unas son estudiantes, otras empleadas domésticas o comerciantes; acuden solas o en familia desde Ecatepec, Neza o Azcapotzalco y, sin saberlo, rompen mitos.

A San Carlos Borromeo (1538-1584) se le atribuye haber dictado las reglas sobre el toque de campanas. Antes de fallecer a los 46 años devorado por una fe que ejercía sin descanso, el santo milanés estableció que “la voz de Dios” podía echarla al vuelo desde el obispo hasta el laico más comprometido. Según Rafael Parra, campanero mayor y diácono de Catedral, no especificó géneros.

Pero por una vieja creencia de que las campanas se quiebran cuando las hace repicar una mujer, los curas de la mayoría de las iglesias del País, salvo en ciudades como Oaxaca y Cholula, les prohíben el paso al campanario.

Antes de que Parra llegara a la Catedral, en 1995, el anterior campanero, Leopoldo Flores, salía a la reja los domingos para invitar a los fieles al toque de campanas. Fue cuando ni los espontáneos acudían que se hizo una convocatoria en las parroquias; las mujeres se apuntaron y, con el permiso de los sacerdotes, se quedaron. Hasta ahora, de las 34 campanas de Catedral, diez están rajadas, pero ninguna por mano de mujer.

Este domingo han llegado ocho campaneras.Estefanía Guadalupe Viveros, de 15 años, es la más joven. Viene vestida con la playera que identifica a la pequeña cofradía.

El año pasado pisó por primera vez la Catedral invitada por Natividad Tarango, una de las pioneras, con una década de campanera, y encontró “una nueva familia”.

“Antes era bien neurasténica”, dice Estefanía, “pero ahora vengo y me desahogo con la campana. Le hablo bonito para que se deje tocar”.
Cuando les piden permiso, las campanas suenan más lindo. Doña Nati recurre además a los ángeles para poder aguantar el toque.

Parra va más allá al afirmar que las campanas se contagian del ánimo del campanero. El timbre es el mismo; lo que cambia es el alma de quien la toca.

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José Damián Ortiz de Castro construyó las torres de Catedral entre 1787 y 1791, pensando en que cada una albergara 45 campanas, lo que nunca sucedió. La torre vieja, la oriente, tiene 23, y la poniente 11.

Quien toca a Santa María de la Asunción, la “Doña”, fundida en 1578 por los hermanos Simón y Juan Buenaventura, es responsable de comunicar al resto las indicaciones de Parra, que se coloca sobre la bóveda principal para cuidar el buen tono de los repiques.

Cuando alguien se excede de fervor o rompe el ritmo, ahí está el ex soldador marcándolo con un gesto. Si algo temen es a su fino oído.

“Nos apena porque luego, enfrente de todos, dice quién tocó mal”, cuenta Mario Pérez, quien sacrifica desde hace cuatro años el sueño del domingo para acudir al toque con su esposa María Dolores Álvarez.

La risueña Lolita atribuye a una “diocidencia” estar ahí: un Jueves Santo invitaron a Mario a tocar y desde entonces ya no faltaron.

Quien desee ser campanero debe entregar una carta de recomendación del sacerdote de su parroquia. Luego Parra les enseñará a tocar.

Lolita es, junto con Nati, de las pocas que se atreven con la “Doña”, ya que por su tamaño, 7 toneladas, suele estar reservada a los hombres.

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Cuando termina el toque, los campaneros se concentran junto a la pequeña “oficina” de Parra, ubicada en la torre poniente. Sobre sus cabezas se balancea una piñata de Spiderman que pronto quitarán para adornar el lugar con el morado y el blanco de la Semana Santa. Juntos rezan el Ángelus y se desean con un beso las buenas tardes.

El interior de la campana simboliza la bóveda del cielo, el badajo es el mundo y, cuando entran en contacto, surge la “voz de Dios”.

Ortiz de Castro remató sus torres con forma de campana para demostrar que nadie llega a lo alto sin esfuerzo: tras un primer tramo de 64 altos peldaños, que remite a las penalidades de la existencia, viene el descanso y, después, otros 34 peldaños de una escalera oscura que evoca el tránsito entre tinieblas.

Quien toque la campana mayor, Santa María de Guadalupe, de 13 toneladas, fundida en Tacubaya en 1791, deberá subir otra escalera más de gastados peldaños de madera. Y entonces sí, podrá rozar el cielo.

Antes de dar el toque, los campaneros rezan su oración. Piden que el sonido de las campanas haga crecer la devoción y mueva a levantar la mirada hacia la “Cruz salvadora”.

Pero casi nadie voltea, lamenta David Nápoles, de 21 años, estudiante del IPN, quien no pierde la esperanza y, cada semana, terminado el toque se asoma en busca de miradas.

Tiempo perdido

Hubo un tiempo en que las campanas marcaban la vida de la ciudad. Cuando “La Doña” repicaba 60 veces, era el “toque de vacante” informando que un obispo había muerto.

En el siglo 16, San José o “La Ronca” tañía en las noches para avisar del toque de queda, y por la mañana tres repiques de la campana mayor llamaban a la oración del Ángelus. Ya en el siglo 17, las campanas doblaban cada día a las 8 de la noche para recordar a los difuntos.

Había un toque de plegaria para rogar a Dios su ayuda cuando ocurría una catástrofe, el toque de fuego avisaba de un incendio, y el repique general estaba destinado a los grandes acontecimientos.

Los campaneros no han dejado testimonio y muchos toques han desaparecido, pero la tradición permanece.
“¿Quieres que nos linchen?”, afirma Rafael Parra que exclamó hace años el ex sacristán mayor de la Catedral, Luis Ávila Blancas, cuando le propusieron electrificar el toque de campanas.

Reforma, 2 de marzo de 2008