Jesús Ochoa: “Me encanta estar en el filo del ridículo”

“A veces me siento como un costal que echan en medio del escenario”. Un bulto que se vuelve personaje, dice Jesús Ochoa, bajo la mirada de los otros.

“Tú no lo moldeas solo; es lo bonito de esto, que nos manoseamos todos”.

Al referirse a su profesión, el actor reniega de conceptos como responsabilidad y excelencia, prefiere hablar de capacidad de juego y satisfacción personal.

“Un maestro, Antonio González Caballero, me aconsejó una vez hacer el primer papel que me ofrecieran. De pronto llegas a tener tres guiones a punto de filmarse; somos un grupo tan pequeño que no puedes decirle no a alguien, así que haces el primer proyecto que se concrete”.

Algo debe tener un papel para que lo acepte.

Basta con que no sea tonto, no puedes pedir mucho más. Si pudiera, haría comedia toda la vida, me gusta ver a la gente reírse.

¿Disfruta también reírse de usted?

Es la base para hacer comedia.

¿Nunca se toma en serio?

Nunca, no quiero. Es lo que me permite mantenerme fresco. Quien dice “ya la hice”, ya se chingó. Yo sólo estoy consciente de que sudo.

¿Y eso qué indica?

Que estás poniendo lo mejor de ti.

¿Cómo interioriza un personaje?

Me echo un clavado.

¿Literal?

Literal, y con los ojos cerrados. Confío mucho en el instinto, ni siquiera apelo a la razón. Leo el papel, algún pelillo del chingo que tengo se me eriza, y digo le entro. Luego pregunto quiénes trabajan. Si hay alguna fórmula, es ésa.

Una vez que se echa el clavado, ¿cómo es el proceso de imaginar al personaje?

No me lo imagino. Soy un actor de instinto, de reflejos; me gusta jugar, no explicarme cada paso.

Esa idea de dotar al personaje de pasado, ¿no funciona con usted?

Sí funciona, ya que un personaje es un compendio de fondo y forma, pero ese proceso es sencillísimo porque, ¿qué sentimiento no conoces? Es cuestión de seleccionar qué le queda al personaje, aunque reconozco que como actor tiendo a pasarme.

¿Se excede en intensidad?

No, a veces en ideas, pero se trata de irte midiendo. Lo importante es no tener miedo; uno no se lanza al vacío sino al escenario, que es un colchón maravilloso.

***

Su primer amor, dice Ochoa, fue el béisbol. Quiso jugar en el equipo de su pueblo, Ures, a una hora de Hermosillo, pero su mala visión y su escasa condición física le hicieron desistir de la idea. Así que optó por el basquetbol, mientras que uno de sus hermanos menores lograba hacer realidad su sueño de jugar en las grandes ligas, en Chicago, antes de morir en un accidente automovilístico a los 20 años.

“Siempre me ha gustado el deporte porque me permite sudar, librarme de algo, no sé de qué. Como el teatro, el juego te permite trasladarte a otro mundo, crear una fantasía, me compensa la necesidad de estar siempre en otros lados”.

¿Busca evadirse?

¿De qué? O quizá sí, el mundo no ha sido diseñado para ser feliz; si uno viviera conscientemente la realidad, todos seríamos Marcos.

A los 15 años llegó a Hermosillo, donde se graduó en la Normal. Un día, cuenta, se le ocurrió seguir a “dos chavas bonitas”, sólo para verlas, por vencer su timidez, y acabó en una lectura teatral, invitado por el director. “Debió llamarle la atención mi pinta payasesca, era muy gordo y usaba siempre overol”.

Después conocería al que ha sido su “único gurú”, el director sonorense Sergio Galindo, quien lo convenció de que debía venir al Distrito Federal a estudiar actuación. En el 79, con 20 años, se inscribió en el Instituto de Arte Escénico, que dirigía Miguel Córcega, y dio inicio una de sus épocas más felices, junto a amigos “para toda la vida” como Emilio Guerrero y el fallecido Luis de Icaza.

Después de ser dirigido en 1982 por José Ramón Enríquez en Ciudad sin sueño, fue invitado a actuar con Héctor Lechuga y Chucho Salinas en La decena trágica, pero un día que quiso “seguirles la onda” en los ensayos, improvisando, terminó fuera de la obra. “Me dijeron que les estaba haciendo sombra. Ahí aprendí la necesidad de saber ubicarte en una cancha”.

Decepcionado, volvió a Hermosillo, donde permaneció hasta 1991. “Era muy joven, no tomaba como definitivo nada en la vida, como ahora”.

¿Le angustia ponerse metas?

Mi mujer incluso me ha metido a psicoanálisis por eso; lo que pasa, creo, es que me gusta dejarme sorprender por mi carrera.

¿No le agrada sentirse condicionado?

Quizá sea eso. Prefiero la libertad creativa; en mi carrera busco hacer bien las cosas o por lo menos echarle ganas. No ofrezco nada más, tampoco creo en el mensaje…

¿Cuántos años lleva de carrera profesional?

Ni uno.

¿Va a decir que es aficionado?

Ni siquiera me considero actor. Soy un hacedor, un pinche loco que anda por ahí como tantos otros.

¿No le gusta definirse como actor?

¿Qué tal si luego soy otra cosa?

¿Y mientras tanto?

Ando actuando.

¿Cómo sabe cuando hace un buen papel?

Porque siento que la obra fluye sin problemas. Es como cuando resuelves un problema de lógica; luego ya nada te desconcentra. Pero para lograrlo hay que estar bien con el de enfrente, no depende sólo de ti; en la escuela me enseñaron que, antes que hablar, hace falta saber oír.

Ochoa es conocido en Hermosillo como el “Chovi”, un apodo que le heredó Sergio Galindo. En su pueblo, aún le llaman “Cachú”, un nombre que le dio su padre, ya fallecido, un día que lo vio haciéndole de catcher y le recordó a un jugador de los Naranjeros.

“Si me dicen Chucho, sé que es alguien de aquí; si en la calle me gritan ‘Chovi’, es de Hermosillo, y si me llaman ‘Cachú’, digo cómo, hay alguien de Ures. A mí sólo me dicen Jesús cuando estornudo”.

Tercero de siete hermanos, dice que el choque cultural con los capitalinos aún persiste. “Contesto el teléfono y sólo porque digo ‘¡bueno!’, me preguntan si estoy enojado; es como si yo llamara a alguien lambiscón porque me dice ‘óyeme, por favorcito, pásame la cucharita para ponerle azuquítar a mi cafecito’. ¿Para qué tanta vuelta? Basta con que dijera ‘pásame la cuchara’”.

¿Qué le dice su familia de su trabajo?

Están orgullosos, como yo lo estuve de mi hermano cuando se fue a las grandes ligas, sin envidia ni conflicto, son pura entrega. A mi mamá sólo le preocupa que no enseñe las nalgas en las películas, siempre me lo dice.

***

Siendo el más feo de los hombres de la familia, según dice, recuerda que cuando le comunicó a su madre que quería ser actor, ella lo vio con cara de preocupación y le preguntó: “Mi hijito, pero, ¿te das cuenta de que no eres guapo?”.

“No me lo decía por joder, sino para protegerme. Su referente era Clark Gable, siempre decía que era muy guapo”.

¿Ha tenido que luchar contra la idea de que es feo?

Siempre, toda la vida.

Pero usted conoce la importancia de la seducción.

Fue algo que descubrí en el escenario, ha sido la única manera en que me he aprovechado de mi profesión: actuar me permitió ligar con mujeres bonitas.

¿A poco antes nada?

No, hasta que me empezó a ir bien en la actuación.

¿Ni una novia tuvo?

Sí tuve, pero era el más llorón, el más indeciso. Lo que pasa es que cuando llegué de Hermosillo en 1991, como que hacía falta un tipo de mexicano distinto y mi trabajo (en la obra Entre Villa y una mujer desnuda, de Sabina Berman, donde interpretaba a Pancho Villa) me dio mucha popularidad, era maravilloso porque llegaba a las fiestas con una mujer y salía con dos.

¿Y ésa con quien llegaba le dejaba agregar otra?

¿Por qué no? No estábamos casados ni éramos novios formales. Yo me sentía en las nubes.

¿Se empezó a sentir guapo?

No, afortunado.

¿Más seguro de sí mismo?

No le creo a la seguridad. Mi única certeza es que cuando me sienta seguro en la vida, ya perdí.

¿Prefiere la zozobra?

Me encanta estar siempre en el filo del ridículo, en esa cuerdita se debe trabajar, no hay que tenerle tanto respeto a la profesión.

¿Haber nacido un 24 de diciembre le hace sentirse divino?

Sí, pocos nacemos en esa fecha. Pero a la vez me provoca coraje, porque se les olvida la fiesta y luego me quieren juntar los regalos. Mi mujer me dice que lo celebremos otro día, pero ni madres, cómo.

Ochoa vive con su esposa, la actriz Eugenia Leñero, en San Pedro de los Pinos, cerca de la casa de su suegro, el escritor y periodista Vicente Leñero. En distintos momentos de su vida, la pareja ha trabajado junta en cine (La ley de Herodes de Luis Estrada), teatro (La rodaja de José Ramón Enríquez) y televisión (la telenovela El amor de mi vida, producida por Argos).

“El amor te atropella”, reflexiona tras cinco años de matrimonio, “también la vocación, pero sobre todo el amor”.

¿Así pasó con su esposa?

Totalmente. Me atropelló, me aplanó, me puso de cabeza.

¿Fue una historia larga?

Larguísima, un día la haré película.

¿Por qué duró tanto?

Porque la conocí un mes antes de que se casara.

¿Y desde que la vio se enamoró?

Sí, desde que la vi por primera vez. Fue un choque tremendo; afortunadamente, no falté al respeto a nadie y pude esperar.

¿Cuánto tiempo esperó?

Tres años.

¿Y siempre con la misma idea?

Siempre, ¿qué podía hacer? No era muy guapo, así que, ¿en qué podía confiar? Cuando se divorció, quiso estar un tiempo sola y yo salí huyendo del país porque aquí, ya separada, no podía estar lejos de ella, la atosigaba.

¿Adónde se fue?

A Nueva York. ¡Qué tonto, eh? Ese año (1996) me gané el Ariel y el Heraldo por la película Entre Villa y una mujer desnuda y pedí una beca en Sonora para que me mandaran donde fuera. Así que me fui a estudiar (filmografía en la New York Film Academy).

¿Y vivía obsesionado?

Totalmente, no pensaba en otra cosa.

¿Nunca se dijo…?

¿Ahí estuvo? No, nunca me dejó el amor. Estaba de volverme loco.

¿Cómo la conquistó?

Por necio, tozudo, terco.

¿Estando siempre ahí, cerca?

Sí, primero fui su compañero de dominó. Luego hice de todo hasta que cayó y nos casamos.

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A los actores que han nacido en grandes ciudades, Ochoa les recomienda pasar una temporada en un pueblo como el suyo para que experimenten la diferencia entre perderse en la multitud y ser totalmente visibles. “El pueblo te da una personalidad, te proporciona otra visión de ti”.

¿Cómo le gusta que lo vean?

Sencillo, me molesta que los chavos me llamen “maestro”. Aquí en México te nombran primer actor sólo por la edad. Hay que ser menos solemnes para poder asumir los riesgos sin temor a que te digan: “mira, la cagó el primer actor”.

¿Alguno de sus papeles no le ha gustado?

Por lo regular todos me gustan, debe ser por mi capacidad de juego, de ficción. A la menor provocación ya estoy en otro pinche lado, jugando, para eso no requiero de un gran estadio, con dos piedras armo una portería.

¿Tiene mucha imaginación?

Yo lo llamo capacidad de juego. En inglés, actuar es “to play” (que significa también jugar). No quiero ver este oficio de otra manera y, aunque no me gusta hablar de resultados, me ha ido bien.

Los resultados le permiten medirse, ¿por qué no le gustan?

Porque un pinche resultado te obliga a otro y, de seguir en esa dinámica, nunca estás satisfecho ni tranquilo, cada vez te exiges más. Pienso que uno tiene derecho a tantita felicidad, y tu carrera es el único espacio donde puedes no rendir cuentas, tu vocación es lo único tuyo. Luego te pides resultados y empiezas con el temor a encasillarte, como cuando me preguntan por qué hago tantos judiciales, villanos o norteños, ¿por qué no?

Algunos actores se cansan de hacer el mismo tipo de personaje.

Es su bronca. ¿A poco Fox ya se cansó de ser Presidente?

Cuando piensa en el actor que le gustaría ser, Ochoa lo tiene claro: Marcelo Mastroianni. “Me ha sacado mis peores envidias, y además era guapo. Cuanto más viejo, era mejor, y siempre mantuvo la sencillez, el desprecio hacia Hollywood, la humildad”.

Uno de sus ídolos, ha declarado, es Mickey Rourke, con quien filma bajo la dirección de Tony Scott la película Hombre en llamas, cinta que sigue a títulos como El segundo aire de Fernando Sariñana y Asesino en serio de Antonio Urrutia.

“No me gustan los actores a los que todo les sale bien, me gusta más quien es capaz de caer, de resbalarse, actores como Marlon Brando o Mickey Rourke. Me encanta que se permitan mostrar un lado débil, decadente. Otros como Tom Hanks, que siempre están bien, se vuelven predecibles. Me caga el actor al que se le entiende todo, que no le deja nada al público”.

¿Hollywood ha sido alguna vez un sueño para usted?

Ni Hollywood, ni México, ni Sonora han sido un sueño. Lo único que sé es que nunca voy a tocar puertas, no me gusta.

¿Y si un día se queda sin trabajo?

Yo levanto el proyecto, siempre lo he hecho.

¿Se le da la autogestión?

Así trabajé en Sonora. Cuando te invitaban a formar parte de un proyecto, sabías que tenías que hacer de todo, desde conseguir el vestuario hasta vender boletos. Es absurdo que queramos copiar al cine gringo cuando no tenemos dinero, debemos entender el hecho cinematográfico como algo más completo. Trabajar más con mafias de amigos.

¿Todo actor es un mentiroso?

Claro, el chiste es contar la mentira lo mejor que se pueda.

¿Ha tenido que luchar contra la tentación de trasladar la mentira a su vida cotidiana?

Es algo que puedo separar, pero sé que miento en los dos lados. No poseo la verdad; a veces la vida te obliga a mentir, o bien lo haces por conveniencia. Entre menos cabrón seas, mejor, pero siempre mientes.

¿Usted se considera mucho o poco cabrón?

Soy más bien “cabronzón”.

Reforma, 21 de junio de 2003