La encarnación moderna del caníbal

Armin Meiwes ocultaba a los ojos de su madre los pedazos de cuerpos de muñecas que disfrutaba coleccionar. Tocarlos era un placer solitario que crecía al observar las fotos de víctimas de asesinatos que archivaba en su computadora.

El ex sargento del Ejército alemán de 41 años, un apacible técnico en informática para sus vecinos de Rotemburgo, mantuvo sus fantasías violentas en el terreno de lo virtual hasta que descubrió en internet el medio para realizar su máxima perversión.

En marzo de 2001, publicó un anuncio que decía: “Busco un hombre de 18 a 30 años, bien formado, para sacrificarlo”. El ingeniero berlinés Bernd Juergen Brandes, de 42 años, sobrepasaba la edad, pero su condición sadomasoquista lo convertía en el candidato perfecto para el ritual caníbal.

Fue Brandes quien propuso a Meiwes que le cortara el pene, para satisfacer antes de morir el sueño de saborear sus propios genitales. Veinte tabletas de somníferos y media botella de aguardiente lo inmunizaron contra el dolor; después, ambos compartieron el órgano, que fue aderezado con pimienta, sal y ajo.

El llamado “caníbal de Rotemburgo” filmó con una cámara de video la escena. Tras degollar a Brandes, procedió a descuartizarlo. Calculan que, antes de buscar una nueva víctima, consumió 20 kilos de su carne, cuyo sabor comparó con el del cerdo frente al tribunal de la Audiencia Provincial de Kassel, que lo juzga en estos días.

Los mitos no desaparecen, advierte el antropólogo y sociólogo político Roger Bartra al reflexionar sobre este caso; sobreviven y coexisten con la sociedad moderna y posmoderna encarnados en seres reales.

El pacto caníbal que tuvo lugar en Rotemburgo, altamente ritualizado, buscaba responder preguntas sobre la identidad, según el estudioso del mito del hombre salvaje europeo.

“Me parece que el informático y el ingeniero realizaron un acto religioso, y que en su mente había ciertas preocupaciones sobre el destino del alma, la individualidad y la importancia del cuerpo. Recordemos que los romanos creían que las sectas cristianas eran caníbales y que, en celebraciones como la eucaristía, devoraban la carne de un niño, su dios, y bebían de su sangre”, afirma el autor de El salvaje artificial y El salvaje en el espejo.

A los teólogos medievales les preocupó el canibalismo, indica Bartra, porque ignoraban el destino que, llegado el juicio final, tendrían los cuerpos de quienes habían sido devorados.

“El caníbal alemán parece tener una preocupación similar. Y sobre todo la víctima devorada, que quería saber qué pasaba al ser integrado, por la vía digestiva, a otro cuerpo. Lo más estremecedor del caso es que el ágape comenzó cuando ambos comieron una parte del cuerpo de la víctima, al parecer el pene. Hay una doble antropofagia: una autofagia seguida de un sacrificio, el asesinato de la víctima que pasa después a ser ingerida por Meiwes”.

Un caso de antropofagia como el del “caníbal de Rotemburgo” –al que un perito alemán dictaminó en pleno uso de sus facultades mentales– sólo puede explicarse a través de la psicosis, que impide distinguir entre la fantasía y la realidad, asegura el psiquiatra forense y criminólogo Fernando López Munguía.

“Meiwes debió padecer algún tipo de trastorno esquizofrénico o trastorno grave de la personalidad, como el esquizoide o esquizotípico, que se manifiesta con homicidios de refinada crueldad. En el caso de la esquizofrenia, los actos que se cometen son absurdos, psicológicamente incomprensibles. Una tercera posibilidad es un trastorno delirante paranoide; aquí el criminal suele ser astuto, solitario, desafiante, alguien que se ufana de su delito, que considera ineludible y con frecuencia heroico y necesario”.

Brandes, la víctima, debió padecer otro tipo de patología, indica López Munguía.

“Es claro que pedir ser devorado tiene una clara implicación sexual. Debió darse una situación sadomasoquista donde el victimario es un sádico y la víctima tiene una gran necesidad de dolor, de sufrimiento. Los masoquistas con personalidad psicótica buscan crearse un gran dolor para integrar su personalidad, para evitar así caer en la locura total”.

Ante la duda sobre sus padecimientos, agrega, se debería disponer de una historia clínica médico-psiquiátrica, tanto de la víctima como del asesino, que revise aspectos como sus valores éticos, su psicosexualidad y sus creencias religiosas.

“Cabe preguntarse aquí cuánto tiene de perversión sexual el acto de comerse a otro humano iniciando por su órgano genital. Pudo ser para tener otro pene, o bien uno que sí funcionara, o para tenerlo simbólicamente dentro para siempre”.

El homicidio, según el especialista, parece obedecer a demandas psicológicas encaminadas a un intento de adquirir una identidad real, sobre todo sexual.

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“El impulso posmoderno que nos empuja hacia el futuro activa al mismo tiempo nuestras tendencias más atávicas”, sostiene el español Román Gubern, “del mismo modo que la globalización estimula las reacciones de afirmación localista”.

La tecnología ha demostrado además que puede ser una eficaz aliada de la barbarie, advierte el especialista en comunicación audiovisual. En este caso, internet permitió a Meiwes alimentar sus fantasías en foros caníbales como Gourmet, pero también hizo posible su detención: un estudiante de Innsbruck lo denunció tras descubrir un anuncio en busca de nuevas víctimas.

“Shakespeare escribió que estamos hechos del mismo tejido que los sueños, e internet le ha dado con creces la razón”, dice Gubern.

Jorge Enrique Linares Salgado, experto en ética y filosofía de la tecnología por la UNAM, señala la necesidad de legislar los usos de internet, no sus contenidos, para que los proveedores de información dejen el anonimato, condición que considera debe ser preservada para el receptor por tratarse de una característica esencial del medio.

“El Estado tiene que intervenir para detectar los usos criminales de la red, pero no puede prohibir la expresión de ideas, incluso violentas e intolerantes (mientras no se violen los derechos de otros), ni de parafilias sexuales que a la mayoría le resulten perversas (en tanto no intervengan menores de edad o se ejerza coacción). El problema con el ‘caníbal de Rotemburgo’ es que cae tanto en el ámbito patológico como criminal”, afirma.

Para Linares Salgado, el uso de internet en este caso no difiere del habitual:

permite una comunicación a distancia a la vez que refuerza el aislamiento.

“Es probable que el perfil de Meiwes sea el del típico solitario que sólo se comunica por internet, pero su patología no es efecto del medio, sino de impulsos naturales. Lo que falta investigar es si las tecnologías de la comunicación se relacionan con la paradójica desconexión emocional y ética entre las personas”.

Gubern, autor de más de 30 libros entre los que figuran El eros electrónico y Máscaras de la ficción, reconoce que internet facilita la realización de parafilias como las citas con intenciones sádicas.

“Freud escribió que allí donde hay una prohibición es porque existe un deseo. Y la lucha legal contra el deseo acaba siempre en fracaso, como sabemos desde Sade, quien por cierto se olvidó de practicar el canibalismo”.

Arrestado un año después de los hechos, Meiwes se declara hoy arrepentido y planea publicar un libro de memorias para evitar que alguno de los miembros de la red de caníbales alemana, que cifra en 800 personas, cometa el mismo acto.

“La paradoja judicial del canibalismo”, según Gubern, “es que desaparece el cuerpo del delito. Y, según el derecho romano, sin cuerpo no hay delito”.

De Brandes, la Policía recuperó el cráneo y algunos huesos enterrados en el jardín de la mansión que Meiwes compartió con su madre hasta su muerte en 1999. Lo que deben definir los jueces, debido a que la legislación alemana no contempla el canibalismo, son los cargos, pues mientras la defensa alega que el homicidio fue con el consentimiento de la víctima, una especie de eutanasia para la que solicitan una sentencia de seis meses a cinco años de prisión, la fiscalía aduce que fue un asesinato por motivos sexuales, lo que significa una condena a 15 años de cárcel.

“Me parece ilusorio legislar sobre el canibalismo”, dice Bartra, “ya que toda ley serviría para estimularlo. Otro asunto es el homicidio como fruto de un pacto, donde el asesinado (y después consumido) acepta ser la víctima. Este aspecto es similar a los problemas legales y morales que surgen cuando una secta religiosa fanática promueve el suicidio colectivo de sus miembros”.

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Restos hallados en la Sierra de Atapuerca, en la provincia española de Burgos, permiten afirmar que el Homo antecessor, el primer homínido que habitó Europa hace casi 800 mil años, era caníbal. Los mitos y la historia consignan numerosas manifestaciones de un tabú que sólo admite ser violado por razones de supervivencia: en épocas de hambruna, durante una guerra, o cuando se produce un accidente como el que mantuvo en 1972 durante más de dos meses en los Andes a los integrantes de un equipo de rugby uruguayo, tras estrellarse el avión donde viajaban.

Está documentado que razas indígenas y grandes pueblos de América, África y Oceanía, como los iroqueses, los tupinambas, los yanomami y los aztecas, practicaron también distintas formas de canibalismo: devoraban a sus familiares para adquirir su fuerza vital o asegurar su descanso, y a los enemigos para incorporar su valor o destruir su espíritu privándolo de su alojamiento corporal.

“El canibalismo está presente en los dos extremos de la vida”, señala Gubern. “En el plano sobrenatural, la esencia del cristianismo reside en la ingestión del cuerpo de Cristo por sus fieles, y en el plano biológico, en el apareamiento sexual de la mantis religiosa y de la araña de cruz pirenaica, cuando la hembra devora al macho con el que copula y engendra nueva vida”.

A pesar del rechazo que suscita la antropofagia, periódicamente surgen noticias como la que circuló el pasado mayo, donde se afirmaba que en la República Democrática del Congo, miembros de la mayoritaria etnia lendu practicaron el canibalismo con los hema, el grupo minoritario y más poderoso, de quienes devoraban el corazón, el hígado y los pulmones para apoderarse de su fuerza.

“Lo más interesante es cómo la sociedad moderna necesita de ejemplos extremos para poder considerarse civilizada. Si no hubiera caníbales que nos horrorizaran, sería más difícil legitimar nuestra condición de seres racionales. Pero recordemos que, según afirman, el muy civilizado Ricardo Corazón de León se comió, ante los horrorizados embajadores de Saladino, la cabeza hervida de un sarraceno aderezada con azafrán”, apunta Bartra.

Comerse a otra persona por placer, aun con su consentimiento, equivale a instrumentalizar o cosificar su cuerpo, lo que invalida cualquier justificación ética, indica Linares Salgado.

“Quien se come a una persona no respeta su dignidad, pues destruye al individuo. Si pudiera comprobarse que la víctima consintió el acto de manera consciente, el caso se complicaría, ya que, desde el punto de vista kantiano, ambos habrían violado el principio de respeto a la dignidad humana, al atentar la víctima contra la dignidad de su propia persona”.

Para la psiquiatría, todo aquello que pueda dañar a la sociedad es un tabú, dice López Munguía. Por esta razón, Freud pone en su lista de deseos prohibidos el canibalismo, el incesto y el gusto por matar.

“Nuestra época necesita que se rompan tabúes”, señala Bartra. “Una cierta dosis de marginalidad hiperactiva es estimulada por el establishment para favorecer la cohesión de la sociedad. Creo que (en este caso) estamos ante un exceso de ‘normalidad’; cuando el establishment se excede en sus tendencias normalizadoras, comienzan a surgir fenómenos marginales anormales, estrafalarios y peligrosos”.

Reforma, 14 de diciembre de 2003