El mito de la ‘femme fatale’

Los trajes que Lana Turner lució en El cartero siempre llama dos veces fueron creados por Irene, una diseñadora que se cortó las venas en un hotel de Los Ángeles en 1962, un año después de la muerte del actor a quien amaba, Gary Cooper. Su depresión era tan profunda, y tan urgente su deseo de morir, que antes de desangrarse decidió tirarse del piso número 14.

El director de la cinta, Tay Garnett, había pedido a Irene que Cora, la protagonista interpretada por Turner, vistiera de blanco para dotarla de una inocencia ficticia. Mujer adúltera, la heroína de la novela de James Cain incita a su amante al asesinato de su esposo.

La diseñadora dotó al personaje de una elegancia que trascendió la perfidia; miles de mujeres copiaron su atuendo de short, top y turbante blancos. “El fondo del alma humana con sus pasiones siempre me lo imaginé rojo”, aseguraba Ingmar Bergman, pero en la versión de 1946 de El cartero siempre llama dos veces la perversidad adquiere un tono níveo.

Turner es una de las femme fatales que poblaron el cine negro, surgido al término de la Segunda Guerra Mundial, con guiones que plantean una visión de la sociedad estadounidense marcada por la corrupción urbana, la mentira y la violencia.

Una corriente de inquietud se extiende bajo el aparente optimismo de la posguerra; amenazas imprecisas ocupan el lugar de un enemigo hasta entonces visible, en una época donde priva el descontento, señala Martin Rubin en Thrillers.

Estas coordenadas hacen que el cine negro destaque más que cualquier otro género por su estilo visual, que abreva del expresionismo alemán. La ruptura de la realidad para crear un mundo deformado, junto con el uso de claroscuros, sombras alargadas que simbolizan el mal y composiciones desequilibradas que remiten al caos y la desmoralización provocados por la guerra, generan una atmósfera sombría, un “estado de ánimo”, escribe Rubin, en el que predominan sentimientos como el cinismo, la melancolía y el deseo.

En este ambiente adquieren sus tentadoras formas las heroínas de Raymond Chandler y Dashiell Hammett, escritores surgidos de la popular revista Black-Mask, en la que fundaron un género bautizado por la crítica como hard-boiled (duro de pelar), donde la acción reemplaza al enigma.

Nena, golfa, muñeca, zorra, son algunos de los nombres que reciben estas mujeres, dispuestas a someterse por la ambición o el deseo sexual a hombres de los que mimetizan la exigencia pasional, el materialismo y la egolatría, expone Marta Belluscio en Las fatales. ¡Bang! ¡Bang!.

La dama negra, interpretada por actrices como Lauren Bacall (Tener y no tener), Rita Hayworth (Gilda) y Barbara Stanwyck (Perdición), seduce con “acercamientos osados, conversaciones cínicas, canciones o danzas desvergonzadas”. Estas mujeres que se perfuman en la antesala del pecado y esgrimen el lápiz labial como un símbolo fálico, miran con ojos que, según Hammett, “arden con una intensidad más elocuente que las lágrimas que nunca brotaban de ellos”.

Asociado en un principio con el thriller, nombre aplicado indistintamente a las películas de espías, policiacas y de terror, el cine negro es acuñado como término en Francia en 1946, donde Gallimard empieza a publicar un año antes su série noire de novela policiaca.

En contrapartida a la mujer fatal, surge el héroe detective, para quien las mujeres son “objetos sexuales o cadáveres”, escribe Belluscio. “Si te ahorcan te recordaré siempre (…) Pasaré alguna mala noche. Sufriré. Pero al final pasará”, le dice Sam Spade (Humphrey Bogart) a Brigit (Mary Astor) antes de entregarla a la policía en El halcón maltés, cinta filmada por John Huston en 1945 que es considerada la precursora del género negro.

El personaje de Hammett inaugura una galería de detectives de ética dudosa, individuos marginales al servicio del mejor postor, seres moralmente ambiguos que intervienen en los hechos y ejercen su sexualidad, al tiempo que se muestran vulnerables en el aspecto emocional –nunca verbalizan el amor– y físico, ya que suelen recibir palizas.

Pero según Rubin, el más estimado de estos detectives es “el cínico pero elegante” Philip Marlowe, interpretado nuevamente por Bogart en El sueño eterno de Howard Hawks, película filmada en 1946 sobre la novela homónima de Chandler.

En Backstory 2, Leigh Brackett, coguionista de la cinta, toma las palabras de Chandler para definir a Marlowe: “Por estas malas calles tiene que andar un hombre que no sea malo”.

Género nocturno, en el cine negro no se puede confiar en nadie. Y aún menos en las femme fatales, pues como advierte Elsa, Rita Hayworth en La dama de Shanghai: “El mal está en mí”.

Reforma, 23 de julio de 2004