El principado de las maravillas

ASTURIAS.- El recorrido por los pueblos que bordean el Cantábrico –ese mar gris, frío, presencia constante en una región que es preferible recorrer en automóvil, pues las distancias son cortas y muchos los deseos de detenerse– comienza en Cudillero.

Se sabe poco de su origen, pudieron haberlo fundado vikingos o normandos. Pueblo pintoresco, sus casas de colores ascienden por la montaña, una arquitectura única que lo ha convertido en uno de los sitios más bonitos de España.

Desde la Atalaya se ve la Playa de los Curas, escondida de las miradas. A un lado está el Faro, construido en 1858, donde las lámparas de aceite sustituyeron a las hogueras que prendían las mujeres de los pescadores para alumbrarles el camino de vuelta a casa.

Frente a las terrazas de los restaurantes se encuentra una pescadería de tradición, La Ribera, con una variedad de 30 pescados y mariscos para elegir: mejillón, almejas, centollo, cabracho. Un dato para neófitos: el pescado aguanta cinco días refrigerado, dice el dueño, como la carne.

Cazadores de ballenas

Otra villa que mira al Cantábrico es Luarca. Aquí se encuentra un cementerio marino, blanco, fundado antes de 1695, que parece mecerse al compás de las olas.

Los habitantes de Luarca fueron cazadores de ballenas, antes de que se extinguieran del Cantábrico en el siglo 18. Junto al antiguo fortín de vigilancia se conserva aún la Mesa del Gremio de Navegantes y Marineros, donde votaban lanzando una piedra si debían salir a la mar en días de tempestad.

A la villa, de 5 mil 300 habitantes, la cruza el Río Negro, llamado así por el color que le da la pizarra del fondo. De su pasado, quedan las barcas ancladas en el muelle, el envolvente aroma del mar y el antiguo Barrio de la Pescadería, en el que abundan, como en todo Asturias, las sidrerías.

Caminos de añoranza

En Llanes, la de las 30 playas, el visitante puede escoger desde donde decir adiós a Asturias, que con sus 160 días de lluvia deja siempre abierta una puerta a la nostalgia.

Puede despedirse cruzando la Puerta de San Nicolás, o bien entrar en la Basílica de Santa María y admirar la belleza de su retablo plateresco del siglo 16.

Pero quizá lo mejor sea volver al mar, de nuevo el bravo Cantábrico, para admirar los Cubos de la memoria, decenas de bloques de hormigón dispuestos en el puerto, en los que Agustín Ibarrola ha pintado, desde 2001, la historia de Asturias: las pinturas rupestres, el camino de Santiago, la caza ballenera.

Una historia en la que tampoco faltan los emigrantes, representados por una palmera, ésas que escoltan aún hoy las casas de indianos.

Pueblos junto al Cantábrico

ASTURIAS.- En el santuario de Covadonga hay una estatua del rey Pelayo, y sobre su cabeza luce la Cruz de la Victoria, símbolo de Asturias; a un lado está la basílica inaugurada en 1901, pobre, casi desnuda de imágenes.

El santuario se encuentra al pie de los Picos de Europa, una cordillera caliza separada 20 kilómetros del Cantábrico. Área protegida, puede verse pastar a las vacas de camino a la zona de los lagos.

Es ahí cuando llega lo mejor del recorrido: a un lado de la carretera surgen los lagos Enol y Ercina, bajo picos nevados. En ese momento sólo se puede respirar profundo y callar ante tanta belleza.

La difícil orografía de Asturias, que hoy cautiva a los turistas, jóvenes ingleses, franceses y alemanes que acuden atraídos por sus rutas verdes, mantuvo aislada a la región durante siglos. En 2001 se construyó un funicular para llegar al pueblo de Bulnes, hasta entonces el único incomunicado de España. En ese pueblo de 20 habitantes enclavado en lo alto de los Picos de Europa, apenas unas cuantas casas y un hotel, las agujas de la historia marcan otro tiempo: en una región donde aún no llega la ola de inmigrantes que invade el resto del país, una dominicana atiende desde hace tres años el mostrador del bar.

Plena en atractivos

Oviedo es la capital del Principado de Asturias. Su Catedral, que empezó a construirse en el siglo IX, alberga un retablo hispano flamenco considerado el tercero más importante de España, después de los de Toledo y Sevilla, y tiene la peculiaridad de mostrar a un San Jerónimo con lentes.

En la Catedral está también el panteón más antiguo del país, donde descansan seis de los 12 reyes asturianos, y su Cámara Santa guarda el Santo Sudario, el paño que cubrió el rostro de Jesús, con una antigüedad de 20 siglos y reconocido por El Vaticano.

Otra razón para visitar la ciudad, una de las más limpias de España, son las 105 esculturas urbanas que se encuentran distribuidas en sus calles y plazas. Desde la Corrada del Obispo, zona de “marcha” de los ovetenses, se avanza por la parte antigua, saliendo al paso del visitante La lechera, de Linares, o El vendedor de pescado, de Llonguera.

Tras cruzar la Plaza del Fontán y su mercado porticado, se llega a la Plaza de la Escandalera, presidida por el Teatro Campoamor, construido en 1892 sobre el antiguo cementerio judío, y sede de la entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Frente a sus puertas puede verse La maternidad, de Fernando Botero, de 1996, y a un costado una de las esculturas más sugerentes, el monumental Culis monumentalibus, creado por Eduardo Úrculo en 2001.

Oviedo es una ciudad bañada permanentemente por el “orbayu”, la lluvia autóctona. Con 210 mil habitantes, ostenta la tasa de natalidad más baja de España: 0.87.

Con olor a tabaco

El paseo en Gijón comienza en el barrio antiguo, Cimadevilla, que albergaba a los pescadores. A lo lejos se ve la Playa de San Lorenzo, que bordea una parte de la ciudad, lo mismo que la Playa del Poniente.

Adentrándose en la ciudadela romano-medieval, bordeada por segmentos de la antigua muralla, bajo el viento fresco se puede ver el Palacio de los Valdés, con su capilla dedicada a la Virgen de Guadalupe, y la antigua Fábrica de Tabacos, que operó en el ex convento de las agustinas de 1843 a 2002.

Se calcula que, a principios del siglo XX, trabajaban ahí 2 mil mujeres; ellas fueron las primeras en pasear solas, sin marido, y también en fumar, ya que parte de su sueldo lo recibían en tabaco.

Una bebida muy popular

Celestino Cortina, enólogo de 28 años, tiene a su cargo en Nava la Sidra Cortina, fundada en 1952. En Asturias, cuenta, hay 500 variedades de manzana; los 2 millones de litros de sidra que su empresa embotella al año se producen con 3 mil toneladas del fruto, que le venden cerca de 500 cosecheros.

La mayoría de la producción se consume en la región: de 30 a 40 millones de litros al año. Con sus 6 grados de alcohol, es popular y se bebe más en verano que en invierno, más en Gijón que en Oviedo, y sobre todo los fines de semana. La sidra es la bebida tradicional de Asturias. Se desconoce su origen, pero según los registros, data por lo menos de la Edad Media y fue hecha para escanciarse, esto es, para que pegue contra el vaso lanzada desde lo alto, a todo lo que da la longitud del brazo. Se sirve poco, apenas el “culín” del vaso, y se toma antes de que quede “muerta”, sin gas, un ritual de consumo exclusivo de Asturias.

Para atraer más consumidores, los fabricantes elaboran lo que llaman sidra de nueva expresión; de sabor achampañado, se sirve en caída libre. Zapica es la marca de Tino, su mayor apuesta; espera que el precio no sea obstáculo: 6 euros contra los 2.20 que cuesta la tradicional.

Serranías y valles cubren los 10 mil 600 kilómetros cuadrados de Asturias, donde las principales ciudades se alternan con decenas de pueblos y parroquias en los que se concentra el 70 por ciento del poco más de un millón de habitantes que tiene el Principado.

Trato familiar

Para experimentar un trato familiar en un paisaje de ensueño, puedes hospedarte en una de las 45 Casonas Asturianas de la región. Aquí, dos ejemplos:

–La Casa Peleyón, cercana al pueblo de Figueras, es un pajar del siglo XVIII acondicionado como hotel. Su dueña, María Ángeles Pérez, inició la aventura al mismo tiempo que se convertía en madre de trillizos. No se arrepiente, ha hecho del espacio un lugar acogedor, con seis habitaciones en las que hay siempre una buena novela a la mano y un colchón mullido donde abandonarse al sueño.

–El Palacio del Libardón, también del siglo XVIII, ubicado en el pueblo del mismo nombre, ofrece unas vistas únicas sobre la Sierra del Sueve. Tiene 11 habitaciones, que suelen llenarse en verano. Sandra, la propietaria, se crió en México, donde su padre, el futbolista Jaime Cuesta, aún es recordado por los seguidores del Necaxa. Si eres de los que añoran el país, no dejes de visitarla: en su cocina nunca falta el chile ni en su barra un buen tequila.

Reforma, 25 de febrero de 2007