Rastrea, engaña y lo atrapa

Lo rastreó durante una semana, día y noche. Movido por la rabia, dice. Sentía tanta que no pensó en el miedo. El 30 de julio, el argentino Fernando Gabriel Vega navegaba por el chat de gay.com cuando lo vio: “lalotlane”.

Apenas el miércoles anterior, un delincuente, amparado en ese mismo nick, había contactado a su amigo, Zenaido Torres, y después de quedar en su departamento para conocerse, lo había drogado y desvalijado.

Para Agustín Javier Vidal Dionicio, de 35 años, alias “lalotlane”, el golpe había salido redondo. A Zenaido lo dejó fuera de combate, durmiéndolo con una bebida, en apenas dos sorbos: “Recuerdo que destapó la botella, me la dio, tomé, y ahí quedé, no supe nada”. Luego, tranquilo, metió en una mochila cuanto encontró: una computadora, una cámara fotográfica, dos celulares –todo por un monto de 20 mil pesos–, y cuatro tarjetas de crédito, de las que gastó al día siguiente 45 mil pesos, con los que hizo el súper y visitó El Palacio de Hierro y la tienda Cristal Joyas Arboledas.

La jefa de Zenaido avisó a Fernando que su amigo estaba inconsciente en el hospital. Alertada por los irregulares gastos en la tarjeta corporativa de su empleado y su falta al trabajo, mandó un mensajero a su casa, que encontró a Zenaido intoxicado, hablando incoherencias.

“Me dio tanta angustia verlo así, que desde el día siguiente me puse a monitorear el chat, esperando que el tipo se conectara. Mi amigo había actuado de buena fe, y ese abuso me molestaba”, cuenta Fernando.

Fernando, un bonaerense de 31 años de risa fuerte y contagiosa, admite haber sentido una atracción infantil por Supermán y un anhelo efímero por poseer la capa transformadora de la Mujer Maravilla. Datos insuficientes para adivinar su secreta condición de héroe.

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Convenció en minutos a “lalotlane” para que lo visitara. En el ambiente gay, las citas sexuales por chat son una práctica común. Javier Spinozza, representante del sitio Manhunt en México, el más exitoso entre la comunidad homosexual, con 3 millones de usuarios, lo define así: “Más que un acostón y si te veo no me acuerdo, los gays usan el chat para tener un free, lo que llaman sex friends“.

Pese a que los retratos de los cibernautas suelen ser engañosos, mostrándolos más apuestos que en la realidad, para la mayoría el estímulo visual es necesario. “Aquí en México no somos un país de raza aria; hay mucho mutante, amiga”, justifica festivo Spinozza. “Entonces, si no te mandan una foto, ¡qué miedo!”.

Cuenta que Manhunt funciona como los horarios estelares de tele: la hora pico es la del ocio. Por 60 pesos al mes, o 500 al año, te conviertes en usuario. Su mayor mercado está entre los universitarios de 25 a 35 años.

El empresario de 24 años pide no satanizar el chat. “Es cierto que en la red no faltan los delincuentes, los fraudulentos, los drogadictos, los pedófilos, pero es porque la sociedad virtual es un reflejo de la sociedad real. Ni modo, amiga. Si la sociedad real apesta, también la virtual”.

Dionicio, poco agraciado, evitaba subir su imagen al chat. Fernando, siempre bromista, dice que al reconocer su nick no lo dudó: “Decidí poner mi belleza al servicio de la justicia”. Lo tentó con varias de sus fotos y, cuando el delincuente le advirtió que él para nada era guapo, el argentino le describió a su hombre ideal, que “curiosamente” –gracias a la asesoría de Zenaido– tenía sus rasgos.

Por eso, cuando Fernando le pidió que pasaran al messenger y prendiera la cámara, accedió confiado. “¿Qué buscas?”, le preguntó Dionicio. “¿Será? Je, je”, respondió el argentino mientras le tomaba fotos para mostrárselo a Zenaido.

Acordaron verse, alrededor de las 21:30 horas, en el departamento de Fernando, en la Zona Rosa. Disponía de 40 minutos para idear cómo atraparlo. “Tenía que ser en caliente. Una vez que lo había encontrado, no lo iba a dejar escapar”.

Primero le habló a Zenaido, que lo identificó por las fotos del messenger; después, pensó rápido. El plan era sencillo: mientras Dionicio subía por el elevador, su amigo debía bajar por las escaleras en busca de la Policía. Para asegurar el acceso, dejaría la puerta de entrada sin seguro.

“Cuando me avisaron que el tipo había llegado, me serví medio vaso de Coca de dieta; nunca tomo otra”, dice entre risas. “Vino cargando una bolsa de Oxxo con cuatro botellitas (de ‘Fixion Ice Blue’); se sentó, puso la bolsa en el piso, entre sus piernas, destapó una y me la ofreció. Para hacer tiempo le dije: ‘Mirá, ya me serví coca, me la termino y ahora tomo con vos’. Obviamente que nunca me la iba a acabar”.

Afuera, Zenaido corría en busca de la Policía. Paró a un agente que iba en una motocicleta y le dijo que a su amigo le estaban robando en su departamento.

“Yo tenía que estirar, y empecé a preguntarle vida y obra al tipo. A qué te dedicás, cuántos hermanos tenés, tu mamá, tu papá, el gato, el perro… Qué me importaba, pero tenía que hacer tiempo. Nunca sospechó, y es que yo me mostraba encantadísimo con su presencia; estuve de Oscar. Pero tenía la adrenalina tan a mil, te lo juro, que estaba seguro de poder arrancarle la cabeza de un manotazo, y tenía ganas. Lo que le hizo a mi amigo fue muy feo”.

Pero se contuvo.

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El oficial P. escuchó el aviso de emergencia cuando circulaba en su patrulla. Calcula haber llegado al lugar en apenas dos minutos. “Todavía ni frenaba la unidad cuando ya me había bajado, hasta yo me sorprendí”.

Vio cerca de 20 policías reunidos bajo la casa de Fernando, en un cuarto piso. Habían acudido sin luces ni sirenas para no alertar al presunto agresor. Subieron cinco en el elevador, apretados, conducidos por Zenaido. Sacaron sus pistolas, por temor a que Dionicio estuviera armado, y entraron de golpe, a la de tres.

“El sujeto se quedó impactado. ‘Yo no he hecho nada, yo no he hecho nada’, repetía”, dice el policía de la PGJDF, quien pide el anonimato.

Después de que Zenaido les mostró una copia de la denuncia que había presentado por el robo de Dionicio, se dirigieron todos a la Delegación Miguel Hidalgo, donde estaba radicada. Junto a la patrulla, el delincuente intentó deshacerse de un frasco de Rivotril que guardaba en el bolsillo, pateándolo bajo la cajuela. La sobredosis de este medicamento puede provocar desde mareo y somnolencia hasta un coma, efectos que se acentúan con el alcohol.

“Cuando alzamos el frasco, nos dijo primero: ‘Lo uso para los nervios’, y luego: ‘Eso no es mío’. Se empezó a contradecir”, recuerda el policía.

A las 4:20 horas del 31 de julio, el MP le tomó la declaración a Fernando en la delegación, que se sumó a la averiguación previa FMH/MH-1/T3/02324/08-07, correspondiente a la denuncia de Zenaido.

Al día siguiente, el argentino, quien reside en México desde hace cinco años y trabaja en el área de telemarketing, puso a circular una página con la imagen de Dionicio, describiendo cómo operaba, en un intento por sumar nuevas denuncias.

Recibieron 10 llamadas, pero sólo la mitad de los agredidos acudió al MP. “Entre los gays existe una resistencia a denunciar, por temor a ser humillados, a que la Policía no los tome en serio… Es algo que no se dice, pero es así”, sostiene Fernando.

En su austero consultorio del Centro de Capacitación y Apoyo Sexológico Humanista, con apenas un librero y dos sillas de plástico, Víctor Velasco lamenta la vulnerabilidad de la población gay. Sólo así se explica que, desde diciembre de 2006 –según el robo más antiguo de que tienen noticia–, Dionicio haya podido realizar sus asaltos sin temor a ser detenido, tan confiado como para no cambiar de nick en la red.

“Persiste una homofobia social, interiorizada, tanto en gays como en heterosexuales. El gay piensa me lo merezco, no le muevo porque entonces sabrán, se burlarán, y corro además el riesgo de que me corran del trabajo”.

El sexólogo advierte que el término homofobia está en crisis, ya que la realidad que nombra es más compleja. “Yo defino a la homofobia como un mecanismo de control social que pretende obligarnos a mantener el status quo de que lo masculino domina a lo femenino, lo que impide el amor entre iguales y nos obliga a reproducir mecanismos de sometimiento del otro”.

Lo que se castiga, dice, no es el amor entre dos hombres, sino el “afeminamiento”, la renuncia a ejercer el dominio en una relación. “Por eso, en una pelea entre dos gays, uno insulta al otro gritándole: ‘¡loca, pasiva!’. Lo que está en el fondo es el asunto del poder”.

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En la Zona Rosa, recibieron de los policías un trato de primera, que no tuvieron en la Delegación. A alguna pregunta impertinente –“¿le pagaste, no?”– y a la apatía de rigor, se sumó el hecho de que el perito se hubiera presentado a tomar huellas en la casa de Zenaido con un semana de retraso y regañándolo: “Esto les pasa porque se arriesgan”. Pero lo peor fue que intentaran hacer desistir a los nuevos denunciantes haciéndolos esperar horas antes de declarar.

Frente al MP, Dionicio intentó negociar. Amenazó, pidió perdón, pero no se quebró. Hoy está preso en el Reclusorio Sur, después de que se le dictara el 7 de agosto auto de formal prisión por el ilícito de robo calificado, lo que podría traducirse en una pena de cinco años de prisión. Una segunda acusación de tentativa de homicidio fue rechazada por el Juzgado Sexagésimo Quinto Penal. Justo este martes, Fernando y Zenaido están citados a declarar.

Tras platicar con los otros agredidos, Fernando cuenta que el delincuente solía actuar solo, ligando en el chat y a veces en antros. Cuando iba a una casa, siempre dormía a su anfitrión en minutos; lo dejaba inconsciente, ignorando la gravedad del efecto de la droga. En un caso, desnudó a la persona sobre su cama; no existen denuncias de abuso sexual.

La Agencia de Seguridad Estatal del Edomex informó que en enero Dionicio había sido detenido en un centro comercial del Fraccionamiento Alamedas, cuando intentó pagar mercancía con una tarjeta de crédito con reporte de robo. El MP levantó el acta ATI/II/315/08, pero no tardó en ser puesto en libertad.

La temida venganza que impide a muchos ciudadanos denunciar no es algo que asuste a Fernando. “No tengo miedo, para nada, y si algún día viene sabe que va a perder, porque no me voy a controlar y ahora sí le voy a meter una trompada”.

Los policías de la Zona Rosa están pendientes de su seguridad, llamándolo seguido para preguntarle si todo va bien. “Es que me sienten parte de su equipo porque la hice de detective. ‘Es como si vos trabajaras para nosotros’, decían”.

El oficial P. confirma sus palabras: “’Te arriesgaste un buen’, le dije. Ningún ciudadano hace eso: investiga, planea… Le puso un cuatro”.

Los amigos de Fernando le compraron una capita y lo llaman de broma “Putocop”. Están todos fascinados por su acción, aún más por el hecho de que lo hiciera por un amigo.

“Me dicen: ¡qué noble!, y sí, viéndolo ahora, como que me caen los veintes y digo: sí, qué lindo, soy increíble. Pero también me da coraje pensar por qué yo pude hacerlo y la Policía no. ¿Por qué yo encontré al ladrón y ellos no?”.

Quizá su vocación frustrada, dice, sea la de detective, porque su tarea justiciera continúa: un compañero del trabajo le ha pedido ayuda porque están molestando a su esposa y a su hijo por teléfono. Ya tiene el celular y ha prometido investigar.

Reforma, 2 de septiembre de 2008