Taiwán: La tierra del sincretismo

TAIPEI, Taiwán.- Di-Zan-Nan es uno de los budas venerados en el Templo de Kai-Yuan, en Tainan, la antigua capital de la isla de Taiwán. A este ser sagrado, que reina sobre el infierno, se le encomiendan los familiares fallecidos; en tiempos remotos prometió velar por la humanidad, ser el último en salvarse.

En otro recinto, Mi-Le Fo, el buda de la felicidad, ríe de alegría; su gran barriga, símbolo de abundancia, da origen a la creencia occidental de que tocarla es de buena suerte. “Do you know?”, ríe también el guía ante lo que considera una ocurrencia: ningún chino acariciaría el cuerpo del buda en busca de favores.

Taiwán, la antigua Formosa portuguesa, se encuentra a medio camino entre Japón y Filipinas, en el Pacífico Oeste. Cerca de 160 kilómetros separan a China continental de la isla, una distancia que se multiplica en lo político y lo económico, como demuestra el ingreso per cápita, que varía de una nación a otra de 800 a casi 13 mil dólares.

En el siglo XVII, portugueses y españoles compartieron el territorio de Taiwán, un periodo que recuerdan fuertes como los de Santo Domingo y San Salvador. Al sur, en Provintia, un monumento muestra a los soldados portugueses en el momento de rendirse ante Koxinga, el héroe nacional de origen japonés que hoy es recordado con el emblema de nueve dragones reservado a los emperadores. Antes de fallecer a los 39 años, Koxinga puso literalmente de rodillas a los portugueses; cuentan que la escultura tuvo que hacerse dos veces, ya que tras sucesivas quejas los diplomáticos lusitanos consiguieron que el artista incorporara del suelo a sus antepasados a fin de que fueran inmortalizados en una posición más digna.

Después de obtener su independencia en 1912, Taiwán atravesó en el siglo XX su periodo más oscuro con la dictadura del General Chiang Kai-Shek (1887-1975), quien sobrevive en espacios majestuosos como el Memorial que lleva su nombre –localizado en una céntrica avenida de Taipei–, el recuerdo de los viejos y el temor de los más jóvenes, que asocian su gobierno con una época de hambre y falta de libertades que detuvo el avance democrático: en 1996 tuvieron lugar las primeras elecciones ciudadanas para la Presidencia del país y, en el 2000, llegó al poder por primera vez un candidato de la oposición, Chen Shui-bian, del Partido Democrático Progresista, que comparte el liderazgo político con el que antaño era el partido único, el Kuomingtang comunista.

La relación con China, que considera a Taiwán una “provincia rebelde”, exige la mayor diplomacia. De 1683 a 1895 –año en que fue ocupada por Japón–, la isla formó parte del imperio chino. Hoy, aunque la mayoría de los taiwaneses asegura estar a favor de la reunificación cuando China adopte la democracia como régimen político, reprocha a la antigua metrópoli su afán de superioridad, que no corresponde con la realidad económica: 40 mil compañías privadas taiwanesas dedicadas a áreas como la electrónica y los instrumentos de precisión se han establecido en el continente, lo que significa, según Jorge Lin, editor en jefe de la Agencia Central de Noticias de la isla, una inversión de cerca de 50 mil millones de dólares. El intercambio turístico refleja también el nivel de ingresos: en el 2000, China recibió a más de 3 millones de turistas taiwaneses, mientras que los turistas chinos en la isla fueron poco más de 116 mil.

El trabajo de la Agencia Central de Noticias suele causar fricciones entre la República de China –nombre oficial de Taiwán: no Popular, no comunista– y China continental. Las restricciones que enfrentan los corresponsales de la agencia en Beijing y Shanghai muestran la naturaleza de sus relaciones: con visas limitadas a 29 días, los periodistas taiwaneses no tienen acceso a internet y están obligados a residir en hoteles, una situación que no se repite con profesionales de otros países. En la isla, los periodistas chinos tienen mayor libertad, aunque por “razones políticas”, dice Lin, sus visas también están limitadas a 29 días. El periodista explica que los mayores conflictos con el Gobierno chino surgen de noticias relacionadas con disidentes o movimientos prohibidos como el religioso Falun Gong.

Si un elemento define a la sociedad taiwanesa es el sincretismo. En el área de 36 mil metros cuadrados de la isla existen 6 mil templos de religión taoísta/budista, santuarios que el desarrollo ha distribuido caprichosamente: aparecen tanto encajonados entre altos edificios como aislados en esquinas transitadas.

Los ciudadanos de Taiwán, 22.3 millones en junio de 2001, reflejan en su forma de vestir el proceso globalizador: la ropa tradicional ha sido desplazada por la moda occidental, aunque las últimas tendencias son más visibles en los aparadores de las tiendas que en las calles.

Amantes de las orquídeas y de la flor del ciruelo, uno de los símbolos nacionales, del agua y de la lectura, de las hamburguesas y del café que importan de países como Sri Lanka, los taiwaneses conservan su talante supersticioso al considerar de buena suerte el color rojo, los adornos de bambú, el sonido del agua y las piezas de jade.

La puerta principal del templo budista de Kai-Yuan está reservada para el dios. Guardianes armados resguardan la entrada, pintados sobre las tablas o construidos en madera y barro. Cualquier persona, hombre o mujer, puede convertirse en buda, alcanzar la santidad; cada uno escoge su destino, simbolizado en las puertas del templo: por la izquierda del dios se entra a la vida, por la derecha a la muerte.

De la tradición al “Made in Taiwan”

TAIPEI, Taiwán.- Cuenta una leyenda de Taiwán que Nien era un monstruo sanguinario que salía a matar la víspera de Año Nuevo, hasta que los pobladores de la isla lograron ahuyentarlo simulando fuego con papel rojo y antorchas colocadas en la puerta de sus casas. Otra versión afirma que un dios quiso incendiar una ciudad para castigar la escasa moral de sus habitantes, pero éstos lograron engañarlo al poner en las calles linternas rojas que semejaban lenguas de lumbre.

A estas dos historias se remonta el origen del Festival de Linternas, con el que se celebra en Taiwán cada año nuevo lunar. En el 2002, según el zodiaco chino, reina el caballo, considerado un signo más venturoso que el precedente, la serpiente.

Desde hace dos años, el Festival Nacional de Linternas tiene lugar en Kaohsiung, al sur del país, ciudad que posee el edificio más alto de la isla, con 85 pisos, y uno de los mayores récords de ventanas y balcones enrejados para hacer desistir a los intrusos.

Hasta el 2000, el festival se realizaba en la capital, Taipei, pero las autoridades decidieron cambiar su sede para compensar a los industriosos habitantes de Kaohsiung, el puerto más importante del país. Cientos de personas se congregan la noche del quinceavo día después del Año Nuevo para revivir la antigua creencia según la cual los espíritus celestiales pueden ser vistos volar alrededor de la luna llena, iluminados por linternas de todas las formas y colores, procedentes de las distintas provincias del país.

Pero lo que genera más conmoción es el espectáculo de luz y sonido; mientras en Kaohsiung un enorme caballo ocupa el centro del río, encabritado bajo los haces luminosos, en Taipei una manada da la bienvenida a los visitantes del Chiang Kai-Shek Memorial Hall, que tras cruzar el majestuoso arco de estilo Ming descubren un hermoso ejemplar con las patas alzadas hacia la luna, construido sobre una gran plataforma e impasible bajo el rojo, el amarillo y el azul que lo iluminan alternativamente.

A unas calles de distancia, también en la capital, los fieles se inclinan tres veces ante los dioses del Templo de Lungshan en señal de gratitud. Taoístas y budistas comparten este recinto sagrado; quienes se lo pueden permitir ofrecen a deidades como el Emperador de Jade –el dios máximo– bebidas y alimentos. Los chinos se aseguran de que nadie quede sin hacer una ofrenda a su dios; para los más pobres siempre hay disponibles sin costo varas de incienso y libros sagrados.

Imagen equivocada

Orgullosos del “milagro económico” que define su historia reciente, los taiwaneses combinan la investigación tecnológica de punta con fórmulas conservadoras como establecer el origen de una mujer de acuerdo al lugar de nacimiento del padre, no de la madre.

Con 617 habitantes por kilómetro cuadrado, Taiwán es el segundo país más densamente poblado del mundo. Aunque las consecuencias económicas del terremoto de 1999 y la recesión mundial del 2001 aumentaron la tasa de desempleo de 2.99 a 5 por ciento, hay labores que los taiwaneses se niegan a realizar, como el trabajo doméstico, que destinan a sus vecinos filipinos, malasios y vietnamitas.

Los indígenas originarios de la isla, pertenecientes a tribus como la ami, la paiwan y la puyuma, suman menos de medio millón, ni siquiera el 2 por ciento de la población. Por su piel curtida, los campesinos son fácilmente reconocibles en las ciudades, donde es común que la gente se proteja del sol para marcar su origen urbano.

La escasez de tierras cultivables ha limitado, de acuerdo con cifras del 2000, los ingresos procedentes de la agricultura al 2.6 por ciento del PIB (con el arroz y la caña de azúcar como cultivos principales), mientras que el sector servicios genera el 65.57 por ciento del PIB (destacan las áreas de comercio y telecomunicaciones), y la industria permite obtener el 32.37 por ciento del PIB (un porcentaje del 26.33 corresponde a la manufactura de productos electrónicos y de tecnología de la información).

Según C.T. Su, vicedirector general de la Oficina de Turismo, adscrita a la Secretaría de Transporte y Comunicaciones, predomina una imagen equivocada de Taiwán en el mundo, al asociarlo sólo con la industria, ramo en el que ostenta el tercer lugar a nivel global en la producción de tecnología informática, sólo superado por Estados Unidos (su principal aliado frente a China continental y su mayor mercado de exportación) y Japón.

Esta visión parcial de la isla ha hecho que se pasen por alto sus riquezas naturales, una diversidad de paisajes, flora y fauna protegida –seis parques nacionales, 18 reservas naturales, 23 reservas forestales y 10 santuarios para la vida silvestre abarcan el 10 por ciento del área total de la isla–, que pretenden emplear como gancho para atraer el turismo.

“Taiwan, touch your heart” (“Taiwán, toca tu corazón”), es el eslogan dirigido a los potenciales visitantes, junto con un video que, por cuestiones de marketing, privilegia la promoción de rincones paradisiacos, ideales para el deporte, sobre la riqueza de su patrimonio histórico y cultural, un sector al que el gobierno destina el 1.6 por ciento de su presupuesto, equivalente a cerca de mil 500 millones de dólares.

Llegar a Taiwán desde México exige un día de viaje y una inversión mínima de cerca de mil 800 dólares (viaje redondo por Mexicana en clase turista), motivo suficiente para que su promoción como destino no sea una tarea fácil. Se calcula que el turismo genera el 3.4 por ciento del PIB; en el 2000, la isla recibió 2.62 millones de visitantes (34.9 por ciento de Japón, 13.7 por ciento de Hong Kong y 13.7 por ciento de EU), mientras que fueron 7.33 millones de taiwaneses los que viajaron al exterior (31.5 por ciento a Hong Kong, 14 por ciento a Macao y 11 por ciento a Japón).

El desconocimiento de su cultura tampoco favorece el desarrollo turístico. Con más de 7 mil editoriales y casi 7 millones de usuarios de internet, Taiwán posee un gran mercado de lectores que editoriales como Crown Publishing han sabido aprovechar, al lograr vender durante el 2001 más de 2 millones de ejemplares de la serie del aprendiz de mago Harry Potter. Hacen falta ediciones en español, reconocen los funcionarios, pero para generarlas se necesita un mercado y la voluntad de los empresarios y gobiernos.

La mayoría de los chinos ha adoptado los principios éticos de Confucio (551-479 a.C.), basados en conceptos como el jen, la “virtud de las virtudes”, un sentimiento de humanidad hacia los demás y respeto por uno mismo, y el li, que establece pautas adecuadas de comportamiento.

En Tainan, ocho leones reciben a los visitantes en el pórtico de la escuela dedicada al Primer Maestro, separados hoy por una amplia avenida. Para entrar al santuario fundado en 1665, donde se honra su recuerdo, hay que salvar la amplia base de la puerta; en su interior, ocho tablas de emperadores y jefes de Estado ofrecen al “mentor y modelo de 10 mil generaciones” sus respetos.

Reforma, 12 de mayo de 2002