400 años de legado: El fin de un sueño americano

Miguel de Cervantes solicitó en 1582 al Consejo de Indias un puesto vacante en América. En 1590 insistió en su petición, adjuntando una lista de cargos que ofrecía desempeñar: gobernador del Soconusco, que entonces pertenecía a Guatemala y hoy es una región de Chiapas, contador en el Nuevo Reino de Granada o en Cartagena de Indias, o corregidor en La Paz. Ninguno le fue concedido.

“Sin duda, los puestos a los que aspiraba estaban por encima de sus posibilidades y fueron adjudicados a personas mejor colocadas en la corte”, considera el filólogo español José Manuel Lucía Megías, presidente de honor de la Asociación de Cervantistas.

El sueño americano de Cervantes, de quien se recuerda mañana su 400 aniversario luctuoso, termina cuando el Consejo de Indias le responde: “Busque por acá en qué se le haga merced”. El estudioso español Francisco Rico lo resume en una frase: “Como en todas partes y en todos los tiempos, ‘el que tiene padrinos se bautiza’”. Cervantes no los tuvo.

¿Le faltó gozar de mayor influencia en la corte, capacidad de gestión política o sumar méritos? “Posiblemente fueron esos tres motivos”, apunta el cervantista francés Jean Canavaggio. “De modo que el Consejo de Indias le consideró más capacitado para desempeñar el cargo de comisario de abastecimientos de la Armada”.

Para el escritor Ignacio Padilla, resulta claro que, de haber viajado a América, no hubiera escrito el Quijote: “Es un libro tan lleno de rabia, donde cuenta su propio desencanto ante la vida, que si Cervantes hubiera tenido éxito le habría faltado el rencor necesario para escribirlo”.

Rico no está tan seguro: “Quizá todo dependiera del tiempo libre que le dejara el cargo”. Seguramente, habría escrito en América grandes obras, plantea Lucía Megías. “Pero nunca hubieran tenido la repercusión que alcanzaron por haberlas escrito en España y ser difundidas en Europa”.

Son muchos los enigmas, sostiene Canavaggio, que Cervantes ofrece al investigador: “Su formación académica, las circunstancias de su partida a Italia, las consecuencias de sus intentos frustrados de evasión durante su cautiverio en Argel, las condiciones en que se le ocurrió imaginar las aventuras de Don Quijote”.

En La juventud de Cervantes (EDAF, 2015), Lucía Megías recorre sus primeros 33 años de vida, en los que nada hacía pensar en su genio creativo. La escritura era para el joven Cervantes, afirma, un medio para conseguir una posición o cierto prestigio, o mostrar un ingenio que le permitiera acceder a un puesto de letrado o soldado.

Era un hombre corriente del Siglo de Oro, dice el filólogo. Por eso, del clásico sólo se conservan documentos administrativos (de bautismo, defunción o compraventa de casas) y relacionados con su trabajo como recaudador de impuestos y sus obras.

Lucía Megías se propuso romper en su biografía con los mitos que existen sobre Cervantes. Uno sería que tuvo una existencia con más penas que alegrías. Otro es su heroísmo en la batalla de Lepanto de 1571. Cervantes nunca aclaró que había participado como “soldado bisoño”, con apenas seis meses de servicio.

Nada en sus páginas revela una vida trágica, coincide Rico. “Al contrario. Prevalece la ironía, el buen humor, sin amargura, y no se vislumbran más que ciertos atisbos de melancolía por lo que pudo ser”.

Reforma, 22 de abril de 2016