‘Bartolí, mi amor…’

Eran cartas apasionadas. “Estoy enamorada de ti”, le escribe Frida Kahlo al español Josep Bartolí. “Te amo, mi niño, mi Bartolí, mi árbol de la esperanza, mi cielo de México, mi vida”.

Para el artista, ella es su Mara –madre, en catalán. Entre las 25 cartas que se subastarán hoy en Nueva York escritas por la pintora, apareció una nota de Bartolí. No se sabe si es la copia de una carta que envió a Kahlo, o un borrador que no llegó a mandar.

“Dentro de mi maleta viajarán todas tus cosas”, le dice Bartolí a la que llama la mujer más maravillosa del mundo. “Te llevo en retratos, en cintas, en pinturas y colorines, en ropas recortadas y (…) en el sabor que tus últimos besos dejaron en mi boca”.

Hasta su muerte en 1995, el artista conservó en un baúl en Barcelona las cartas de Kahlo. Atadas con una cinta rosada. “Como si fuera un romántico del siglo 19”, dice su sobrino, el fotógrafo Georges Bartolí, “en total contradicción con su personalidad”.

En la familia se sabía del romance, pero era un tema sobre el que Bartolí, que se casó tres veces y no tuvo hijos, simplemente callaba.

“Era algo muy íntimo, muy secreto”, afirma Georges. “Un amor muy fuerte, pasional, del que nunca habló con nadie. Creo que hasta el final estuvo enamorado de Frida”.

Cuando el artista murió, sus cenizas viajaron desde Nueva York, donde residía, hasta la ciudad de Premiá de Mar, para ser esparcidas en el Mediterráneo. Ese mismo día, su viuda, Berenice Bromberg, tomo del baúl el centenar de cartas, calcula Georges, que su tío conservaba de Frida.

Es la viuda quien ha proporcionado, agrega, las 25 cartas que serán subastadas entre 80 mil y 120 mil dólares. La rareza del archivo, según el especialista de Doyle New York, Peter Costanzo, ha generado un gran entusiasmo en coleccionistas, estudiosos e instituciones.

“Son cartas inéditas, desconocidas hasta ahora”, precisa, “que proporcionan nueva información sobre la vida personal y profesional de Kahlo”.

Un autorretrato en miniatura de Frida con la dedicatoria: “Para Bartolí con amor, Mara”, proporcionado también por Bromberg, fue subastado en 2000 por 225 mil dólares.

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Bartolí, nacido en Barcelona en 1910, fue el cuarto de cinco hermanos. Su padre, Salvador, era profesor de música y compositor. Su madre falleció cuando tenía 12 años, y los hijos más pequeños quedaron bajo el cuidado de la única hermana, Rosa.

De esa época, dice Georges, lo que más recordaba era la miseria. “Pasaron hambre, y eso lo marcó”. Bartolí contaba que, con 15 años, mientras estudiaba en la escuela pública de artes y oficios de la Llotja, y después en la Academia Baixas, se empleó en preparar boxeadores, tras un intento de dedicarse al circo –como payaso– en presentaciones por pueblos de la periferia barcelonesa que solían terminar a pedradas.

En 1927 ingresó al servicio militar, siendo destinado a Montjuic. Se licenció dos años después con el grado de cabo primero de la sección de señales y transmisiones. Comenzó a trabajar con su hermano Joaquín, que era escenógrafo, pintando decorados para teatro, hasta que su padre le propuso ser dibujante político.

Se inició en La Veu de Catalunya, pero debido a su inexperiencia y al maltrato del director del diario, duró poco, cuenta en el libro Conversa amb Bartolí, que reúne las conversaciones que sostuvo en 1988 con Jaume Canyameres. Bartolí respondía al cliché de la época: “Todos los burgueses eran malos, y los obreros todos eran buenos. Y yo, eso, me lo creía”.

Publicó después sus caricaturas en medios como La Humanitat, L’Esquella de la Torratxa y La campana de Grácia, y editó la revista clandestina Iskra, de las Juventudes Comunistas.

Bartolí fue uno de los fundadores del Sindicato de Dibujantes Profesionales de la Unión General de Trabajadores (UGT), y su dirigente en 1936, al inicio de la Guerra Civil.

Marchó voluntario al frente, y fue herido en dos ocasiones. “La guerra lo impactó”, asegura su sobrino. “Durante ese tiempo dibujó poco. Destinado a Aragón, estuvo en la batalla de Belchite. Pasó tres años peleando en el mismo lugar, día y noche”.

Un error común, afirma, es identificar a Bartolí como anarquista. Era comunista, aclara, pero no estalinista. “Empezó la guerra civil en las filas del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), y hasta el final fue comisario político en el Quinto Regimiento de Líster, del Partido Comunista. Ya en México, rompió con los comunistas españoles”.

Perdida la guerra, el 14 de febrero de 1939 cruza la frontera francesa con las tropas republicanas. Es enviado al campo de concentración de la Menera, luego a Ribesaltes, Sant Cebriá y Agde.

Cae enfermo y es internado en el antiguo hospital militar de Perpignan, del que escapa a París con la ayuda de un capitán del ejército francés, René Sidovra, que vende unos dibujos suyos para proporcionarle dinero.

El avance de los nazis lo obliga a trasladarse a Marsella, donde es detenido y encerrado en el campo de castigo de Bram. Huye a Vichy, es capturado por la Gestapo y enviado en un tren con destino a Dachau, del que logra escapar. De nuevo en Marsella, se embarca en un mercante rumbo a Túnez. Marcha a Casablanca y desde esa ciudad toma el Nyassa, que lo lleva a Veracruz.

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En 1943, Josep Bartolí llega a México. Aquí monta, al año siguiente, su primera exposición en el exilio, con dibujos hechos en el Istmo de Tehuantepec que muestran lo que será una constante en su obra: la crítica social.

Forma parte del Movimiento Socialista por los Estados Unidos de Europa, que pugnaba por crear una nación europea que pudiera convertirse en una potencia capaz de hacer frente a los Estados Unidos y la URSS.

Publica en México Campos de concentración 1939-194…, con dibujos de las escenas que vivió tras la guerra civil, plasmados en los trozos de papel que podía conseguir. En el prólogo de Conversa amb Bartolí, su amiga, la escritora Anna Murià, cuenta que llegó a terminar una serie de 250 dibujos de gran formato en los que denunciaba la violencia, la crueldad y el desprecio al ser humano. Una gran parte de ese acervo es publicada en París en el libro Calibán, en 1972.

Bartolí trabaja también en el cine mexicano, como diseñador de vestuario. Comienza a viajar a Estados Unidos, donde es contratado como dibujante en la revista Holliday, y hace decorados para películas históricas de Hollywood. En 1947 se instala en Nueva York.

Cuenta Murià que el mural The Black Man in America, una denuncia contra el racismo en Estados Unidos, se queda en proyecto. Finalmente se edita, en 1973, un libro de arte con una colección de estos dibujos. Bartolí, “feminista activo”, pinta también una serie de cuadros con grupos de mujeres donde expone el machismo.

Siempre hubo una correspondencia entre la obra del artista y sus preocupaciones éticas, asegura su sobrino Georges. Una forma de vida, agrega, que lo influyó y que determinó el rumbo de su fotografía, marcada por el compromiso social.

Jaume Canyameres, mecenas y promotor cultural, organizó la primera exposición de Bartolí en Cataluña tras el exilio. Se montó en 1984, en la ciudad de Terrassa. La expresividad y la crítica que desprende su arte, dice, es lo que más valora.

“La obra de Bartolí es un reflejo de su personalidad”, explica. “Era un hombre introvertido y liberal a la vez. Llevaba una vida personal muy reservada y, también, muy independiente. Lo podría definir como ‘el hombre y su maleta’. Viajaba constantemente, y lo hizo hasta sus últimos años, a pesar de las dificultades de visión que tenía”.

El escritor y académico Salvador Comelles, quien colaboró con Canyameres en el libro Conversa amb Bartolí, considera que su obra es resultado de su postura ética ante la vida: su crítica del poder, de la corrupción, de la degradación moral…

Durante la década de 1950 incursionó en el expresionismo abstracto, formando parte del movimiento 10th Street junto a artistas como Willem de Kooning, Jackson Pollock y Mark Rothko.

Bartolí rara vez vendió alguna de sus pinturas, cuenta Georges. Según Canyameres, el MoMA tiene algunos de sus dibujos, lo mismo que museos en Albuquerque y Tel Aviv.

“Una vez, en Nueva York”, recuerda el fotógrafo, “se vendió una pintura en una exposición y cuando mi tío supo que Salvador Dalí la había comprado, sacó una navaja y destrozó su propia obra, para que no se la llevara ‘el hijo de puta franquista’ de Dalí. Fue así hasta el final, provocador y mal hablado”.

El sobrino del artista afirma que su viuda, Berenice Bromberg, conserva un acervo de alrededor de 200 obras que abarcan la trayectoria de Bartolí, y que desea depositar en el Museo de Arte de Cataluña.

Un primer obstáculo es que, debido a que la obra de Bartolí se encuentra dispersa, ignoran cuál es su valor. “No hay quien pueda ponerle precio”, dice Georges. Aunque es reconocido como un artista mayor de su época, la crisis económica en España ha disminuido los recursos de los museos para este tipo de proyectos. “Y no pueden invertir dinero en un acervo que nadie conoce”.

Para Georges resulta una ironía que tan pocas personas sepan de la pintura de Bartolí, y tantos vayan a tener acceso, con la subasta, a sus posesiones más íntimas.

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Bartolí era un hombre cordial. Alguien con quien te sentías a gusto, dice Canyameres. “Era una persona de una gran vitalidad, que aplicaba la inquietud, la curiosidad y la pasión a su vida y a su obra”, agrega Comelles.

Además, afirma el académico, era un gran contador de anécdotas, que combinaban, como su arte, la expresividad y la caricatura con la sutileza.

De sus relaciones amorosas no hablaba, sostiene Canyameres, aunque ahora le resulta evidente que Frida marcó su vida. Durante las conversaciones que sostuvieron, cuenta Comelles, cuando le preguntaron sobre Kahlo, sin saber entonces de su relación amorosa, contestó que Diego Rivera “no lo tragaba”.

“Al preguntarle por qué, dijo: ‘Manías… y también a causa de su mujer, Frida. Conocí a Frida en Nueva York. Estaba en un hospital donde también se alojaban brigadas internacionales americanas, gente de la ‘Abraham Lincoln’. Yo era de la brigada internacional y fui allí’”.

Bartolí omitió decir que fue la hermana de Frida quien le presentó a la pintora. “Yo quiero mucho a Cristina”, le escribe a su Mara, “pero la quiero más ahora porque gracias a ella te conocí a ti”.

A finales de mayo de 1946, Frida había viajado a Nueva York para ser operada de la columna vertebral por Philip Wilson. Permaneció hospitalizada más de dos meses y durante ese tiempo conoció a Bartolí.

En octubre de ese año, Frida escribe a su amiga Ella Wolfe avisándole que enviará a su casa las cartas dirigidas a “B…”. Le pide mantener el secreto e identificarlo en sus misivas como Sonja.

“A ti sí puedo decirte que lo quiero de verdad y que es la única razón que me hace sentir de nuevo con ganas de vivir”, afirma la pintora.

Las 25 cartas que se subastarán abarcan desde agosto de 1946 a noviembre de 1949. Suman cerca de un centenar de hojas escritas. Hayden Herrera, biógrafa de Kahlo, destaca en un ensayo escrito para Doyle New York la “desenfrenada sensualidad” de la pintora, su lenguaje directo y personal.

Las cartas sugieren, agrega Herrera, que Frida, a pesar de su fuerte vínculo con Diego Rivera, pudo haberlo dejado para irse con Bartolí, junto a quien decía vivir una clase de amor que no había experimentado antes.

“Eres tan fino y tan bueno que no mereces que te hiera la vida”, escribe la pintora, quien recuerda el 29 de agosto como la primera tarde que estuvieron solos. “Si te cuido, nunca será exigiéndote nada, sino dejándote vivir libre, porque en todas tus acciones estará mi aprobación completa”.

Martha Zamora, también biógrafa de Kahlo, asegura que a Frida le gustaba crear con sus amantes el artificio de que vivían un gran amor. Era una gran psicóloga, con el talento necesario para escribir a cada uno lo que necesitaba, agrega, y al mismo tiempo enamorarlo con sus palabras.

A diferencia de Herrera, considera que Bartolí nunca amenazó la relación de Kahlo con Rivera. “Fue uno más entre muchos”. Una lista de amantes que incluye a Leon Trotsky, Nickolas Muray, Ignacio Aguirre e Isamu Noguchi.

“Frida daba libertad a sus compañeros temporales porque sabía que no dejaría a Diego”, apunta Zamora. “No una, sino múltiples declaraciones de Kahlo lo apoyan. Cuando su amiga Aurora Reyes le sugirió abandonarlo ante sus quejas por el amasiato que sostenía con Emma Hurtado, Frida le respondió: ‘No, yo no lo voy a dejar nunca, porque si no me veo reflejada en sus ojos al morir, esto haría que mi vida no hubiera significado nada’”.

En la nota del artista hallada junto a una carta de la pintora fechada el 5 de noviembre de 1946, Bartolí alude veladamente a un embarazo: “Te diré sinceramente que si en nuestras cosas todo marchase más o menos normalmente y si no representara para ti un peligro te diría déjalo que venga. Pero ahora no sería bueno decirte esto”.

Frida se practicó varios abortos, asegura Zamora, que siempre atribuyó a motivos de salud. “Isolda Kahlo llegó a declarar que le hacían los abortos en la sala de su casa”, recuerda. “Lo que sucede con Frida es que hemos pulido tanto su figura que ya es marmórea, no tiene defectos”.

El Museo Frida Kahlo sería el mejor destino que podrían tener las cartas, aseguran tanto Georges como Zamora, pero ante la falta de recursos, su pérdida tampoco resulta significativa, señala la biógrafa, que no considera esta correspondencia ni indispensable ni fundamental en la historia de la pintora.

“Si hay alguien dispuesto a desprenderse de 100 mil dólares para comprar las cartas, seguro que las va a conservar muy bien”, afirma. “Hay que dejar que circulen”.

Peter Costanzo, especialista de Doyle New York, considera un gran misterio lo ocurrido con las cartas que Bartolí envió a Frida. Pudieron ser destruidas por la pintora, o por alguien más después de su muerte, señala.

“Pienso que Frida destruyó mucha de su correspondencia amorosa”, coincide Zamora. “Fueron sus amantes quienes conservaron sus cartas, no ella”.

Reforma, edición digital, 14 de abril de 2015