Evocan la intimidad de Agustí Bartra

“Yo te glorificaré más que nadie, yo, la mujer que te ha consagrado su vida”, escribe Anna Murià el 19 de septiembre de 1943, al iniciar su Crónica de la vida de Agustí Bartra.

Anna se enamoró del poeta desde que lo vio en un recital. “Una figura delgada, vestida de negro, con cabellos largos”. Pero para Agustí Bartra, primero estaba su obra. Y ella manifestó su “sumisión”.

Sam Abrams, autor del estudio introductorio del libro, no cree en esa inmolación, que califica de estrategia literaria. “Una mujer sometida no hubiera escrito la Crónica con tanta inteligencia, sensibilidad y astucia”, dice sobre la obra de la escritora y periodista.

Para Maiala Meza, nieta de la pareja y traductora de la primera edición en español del volumen publicado en catalán en 1967, la Crónica es ante todo “un acto de amor”. Su madre, la filósofa Eli Bartra, le da la razón.

Durante décadas, al tiempo que cuidaba a sus hijos, llenaba de flores la casa y trabajaba para contribuir a la economía familiar, Anna fue tecleando en su máquina de escribir un libro que es también un análisis literario de la obra de Bartra, una historia del exilio y una autobiografía.

“Es un libro riquísimo. Resaltaría, por ejemplo, la diversidad textual”, señala Abrams. “Otro aspecto insólito es el punto de vista. Anna juega a ser coprotagonista y testigo privilegiado”.

El académico destaca en su ensayo la técnica del collage. Anna inserta en el relato fragmentos de poemas y obras en prosa de Bartra, pasajes de cartas, notas. Esta Crónica es, según Abrams, la biografía más importante de toda la literatura catalana moderna.

La historia de Anna recorre los 43 años que pasó junto al poeta, desde su unión en octubre de 1939, en el castillo de Roissy-en-Brie, hasta la muerte de Bartra en Terrassa en 1982.

Anna le sobrevivió dos décadas. “Al principio pensábamos que no podría recuperarse”, recuerda Eli. “Tuvo una especie de catarsis que duró un año, externaba a gritos su dolor. Una parte de ella no se repuso nunca, no quería ser feliz y en Navidad comía acelgas para no festejar. Pero aunque no quería, disfrutó muchas cosas”.

Le ganaba la vida, como al poeta. Aun enfermo le leía, como siempre, sus versos en voz alta. Cuando ella, desesperada, pensaba en la manera de morirse juntos, él la detenía: “Yo quiero ver salir el sol cada día”.

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Ambos nacieron en Barcelona. Anna en 1904 y Bartra cuatro años después. Cataluña y las visiones del pasado –la lucha en el frente, la retirada a Francia “con sarna en la piel y un libro de Rilke en el bolsillo”, el campo de concentración, los amigos perdidos– centraron durante años la obra del poeta.

La Guerra Civil española los empujó a Francia, Cuba, República Dominicana, Estados Unidos. Llegaron a Veracruz en 1941 y regresaron a España en 1970. Durante ese largo exilio, Cataluña siguió presente en la lengua y las tradiciones. Pasó mucho tiempo antes de que México apareciera en la obra de Bartra con el poema Quetzalcóatl (1960).

“Su relación era muy armónica, no había peleas, a pesar de que mi papá era muy autoritario”, cuenta Eli. “Ella decía: ‘tu papá cree que manda, pero en realidad mando yo’”.

Bartra no publicaba una línea si antes no se la leía a Anna, si ella no la aprobaba. En la Crónica hay una idealización del poeta, reconoce la hija. “Pero es que también lo idealizaba en vida, era casi perfecto”.

Eli, destacada feminista, considera que su relación fue desigual. “Mi papá no hacía absolutamente nada. A ella le quedaba todo: los niños, el trabajo doméstico. Si él le hubiera entrado un poco más parejamente, mi madre habría estado un poco mejor, porque ella también trabajaba para sostener a la familia”.

Para Bartra, lo primero siempre fue su obra. “Luego venía todo lo demás. Los hijos también venían detrás, pero después se arrepintió. Seis meses antes de morir le escribió una carta a (mi hermano) Roger y otra a mí, donde decía: ‘Sólo lamento una cosa: no haber dedicado más tiempo a mis hijos’”.

Maiala, quien lleva el nombre de uno de sus poemas, lo recuerda como el abuelo que gritaba para que se callara y así tuviera la tranquilidad necesaria para escribir. Tenía ocho años cuando él murió.

“Quizá ella era más completa: era muy mamá, muy abuela, muy escritora, muy amiga, muy todo. Él era un poeta con mucha sensibilidad, pero el papá ejemplar, probablemente no lo fue”.

Amigo de la pareja y estudioso de su obra, para Abrams no cabe duda que la suya fue una historia de amor. “Eran amantes, amigos, confidentes, padres y colaboradores”. Y recuerda el título del último poema de Bartra: “Anna total”.

Vivían modestamente, dice Eli, austeros en la comida y el vestir, y siempre les alcanzaba. No tenían televisión ni automóvil, no los necesitaban. Sabían disfrutar de la vida.

El conocimiento del otro siempre es relativo. Por eso Anna revela más de ella que de Bartra en su Crónica, afirma Abrams. Aun así, la figura del poeta está trazada con pinceladas profundas: su fe en la amistad, los matices de su voz, su exigencia al escribir, su gusto por el color amarillo y los girasoles.

“Para Anna, la Crónica tenía una función claramente inductora para llevar a sus lectores a leer la obra de Bartra, allí descubrirían los sentimientos del poeta explicados en primera persona”.

Eli recuerda a su padre tal como lo describe Anna: sentado junto a una ventana luminosa, siempre trabajando en sus poemas. “Ese sedentarismo le costó la vida, con una taza de café tras otra, y un cigarrillo tras otro, durante 12, 14, 16 horas al día”.

Cuando Bartra murió, Anna prefirió quedarse en Terrassa. La siguiente década pasó los veranos con sus hijos en México. Agregó capítulos a la Crónica –como el conmovedor relato de la muerte del poeta–, y publicó títulos como Reflexiones de la vejez.

Vivió sola hasta los 94 años, cuatro antes de morir. “‘La soledad es un lujo’’ era su frase favorita”, recuerda Maiala. “Y pareja a esa decía”, agrega Eli, “‘la verdadera libertad sólo se tiene cuando estás solo’”.

Voluntad de modernidad

La obra de Agustí Bartra aspira a la totalidad del conocimiento de la condición humana, asegura el investigador Sam Abrams.

“Era un poeta muy entregado a su arte, libre, independiente, humanísimo, consciente, inteligente, culto, exigente y con una total voluntad de modernidad”.

Abrams considera que Bartra está lejos de ocupar el sitio que le corresponde en la literatura. “El público lector en catalán está recuperando su obra. En 2014 aparecerá una nueva edición de El árbol de fuego, y en 2015 se reeditará la versión catalana de Quetzalcóatl.

Eli Bartra no coincide con su percepción. La obra de su padre, dice, fue valorada en México cuando vivía y también lo ha sido póstumamente. “No tiene la fama de Neruda ni la tendrá nunca, pero yo creo que ahí va”.

“Nunca será un autor de masas porque su poesía es difícil, pero los grandes escritores nunca son de masas”, agrega la nieta del poeta, Maiala Meza.

Reforma, 16 de noviembre de 2013