Paz en su laberinto

Octavio Paz descansa en su laberinto, rodeado de honores y distinciones. Pero, ¿quién era el Nobel mexicano, más allá del mito?

A principios de diciembre, los diputados aprobaron declarar el 2014 como el Año de Octavio Paz. El discurso de los legisladores cuando instalaron el pasado octubre la comisión especial para conmemorar el centenario de su natalicio, y las ediciones que ha anunciado el FCE, inciden en su condición de gran escritor.

La fecha amerita mostrar a un Paz más humano, pero el investigador uruguayo Hugo J. Verani, quien este año publicará en dos volúmenes la tercera edición de su Bibliografía crítica de Octavio Paz, duda que suceda.

“Su personalidad era tan enorme que acabó convirtiéndose a sí mismo en una estatua, era inevitable”.

El poeta quería ser el centro de atención, en eso era incontrolable, afirma Verani, quien ya tiene agendadas en México dos conferencias magistrales y la participación en un simposio con motivo del centenario. “Sospecho que va a ser más de lo mismo”, reconoce sobre las celebraciones.

Desde hace más de 30 años, el cubano Enrico Mario Santí prepara una biografía intelectual del Nobel que asegura quedará concluida en 2014. Cuando se le pregunta si Paz ejercía como un cacique cultural, responde que era uno de muchos; ahí estaban Carlos Fuentes y el grupo Nexos, liderado por Héctor Aguilar Camín, caciques también, dice, e igual de poderosos.

“Paz no era el único cacique cultural ni el grupo Vuelta tenía tanto dinero ni tanto poder”, sostiene.

Santí recuerda cómo fueron excluidos del Coloquio de Invierno, organizado en 1992 por Nexos. Ese hecho provocó, según consigna Jaime Perales Contreras en Octavio Paz y su círculo intelectual, que Paz solicitara una audiencia con el Presidente Carlos Salinas por considerar que existía una conjura entre el gobierno y “sus ideólogos” para apoderarse de los centros culturales, una reunión que derivó en la salida de Víctor Flores Olea del Conaculta, patrocinador del coloquio.

“El gobierno muchas veces no apoyó a Vuelta”, sostiene Santí. “La atención que atrajo Octavio Paz hacia ese grupo magnífico aumentó la dimensión de lo que eso significaba. Pero por favor, Nexos era la revista favorita del Presidente Salinas”.

A estas alturas, Santí afirma que ya ha oído todo sobre el Nobel.

“Se dicen muchísimas cosas: que controlaba la carrera de las personas, que llamaba por teléfono para que alguien no fuera publicado. Yo creo que todo eso es una exageración, algo risible”.

¿No hacía eso?

No tenía el interés ni el tiempo para hacer esas cosas. Con los compromisos que tenía, ¿qué se iba a poner a ejercer ese tipo de censura? Eso son fantasías de poder.

Santí está convencido de que persiste una visión injusta de Paz. “Hizo muchas críticas al PRI, por ejemplo, que no suelen ser tomadas en cuenta. Uno de los mitos de Paz es que era un defensor del PRI, eso es completamente falso, ahí está El ogro filantrópico, o los textos que publicó en Plural y Vuelta, pero lo siguen negando, como si hubiese sido un propagandista del partido”.

El investigador tuvo con el poeta una relación de trabajo en la que hubo distanciamientos, reconoce, pero pesaron más las afinidades.

“Cuando era más grande, se irritó conmigo y con mucha gente. Por diferentes razones. Pero, ¿quién no se irrita por el estrés o por las infamias? Octavio Paz fue el único escritor en la historia de México, y yo diría de América Latina, que ha sido linchado en público”.

El 11 de octubre de 1984, cerca de 5 mil personas marcharon con pancartas a la Embajada de Estados Unidos en protesta por las palabras de Paz pronunciadas días antes donde advertía que el gobierno sandinista pretendía instaurar una “dictadura burocrático militar” en Nicaragua. Los manifestantes quemaron un monigote que representaba al poeta mientras gritaban: “Reagan, rapaz, tu amigo es Octavio Paz”.

“Esos fueron momentos terribles”, dice Santí. “Paz nos expresó su gran dolor, su desilusión, porque sin duda amaba a México y muchas veces ese amor no era correspondido”.

El principal rasgo de su obra literaria, considera, es la búsqueda de la reconciliación. Con los demás, con México, y también consigo mismo. Una reconciliación que podía lograrse a través del amor, la amistad, la democracia, y la poesía como eje rector.

“En esa búsqueda hubo muchos momentos de distanciamiento, necesario por razones que iban desde el desacuerdo político hasta el daño sicológico que podía causarle una persona”, afirma. “Por ejemplo, con Salvador Novo siempre tuvo relaciones cordiales, pero no eran amistosas ni mucho menos de afecto, a diferencia de su relación con Pellicer, Villaurrutia o incluso Jorge Cuesta”.

Santí confía en mostrar en su biografía a un Paz desconocido, surgido de las numerosas cartas que envió a sus amigos. Aunque se han publicado cerca de 700, calcula, un gran número permanece inédito. Se propone revelar un Paz de carne y hueso que reemplace a los mitos sobre el poeta.

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Las cartas de Octavio Paz que conserva la Universidad de Princeton son la fuente principal de la biografía de Jaime Perales Contreras, a la que dedicó más de 20 años de investigación, pero también consultó colecciones en Colorado, Washington, Los Ángeles y Austin, además de una extensa bibliografía.

Supersticioso, prefirió no anunciar su libro, y cuando en 2013 quiso publicarlo, el peso de la sombra de Paz hizo que tres editoriales lo rechazaran. De nada sirvieron las palabras elogiosas del Nobel peruano Mario Vargas Llosa sobre su trabajo.

El FCE, recuerda el investigador, le dio una respuesta diplomática. “Me mandaron una carta donde decían que no encontraban lugar para el libro en ninguna de sus colecciones”.

Siglo XXI adujo razones de presupuesto, y Tusquets México no hizo caso a su sede en España, que aconsejaba publicar la obra tras quedar como una de las tres finalistas del XX Premio Comillas de Biografía, que organiza esta editorial. Finalmente, Octavio Paz y su círculo intelectual fue publicado por Ediciones Coyoacán y presentado el pasado octubre en el ITAM.

“Hubo temor”, reconoce el ensayista. “No es un libro contra Paz, es favorable, pero no quisieron publicarlo”.

Los hallazgos de Perales Contreras son numerosos. Se cuidó, dice, de no especular.

En su libro recuerda el gran amor que sintió el poeta por Elena Garro. Reproduce fragmentos de sus Cartas de amor a Helena. En 1935, para Paz ella era el “centro de la Tierra, cimiento del universo”. Nueve años después, el Nobel está en San Francisco, pensando en cómo hacer carrera en el cine de Hollywood. Si tenía humor e interés, le escribe a Garro en mayúsculas: “Mándame un argumento”.

Paz había conocido a un productor estadounidense y a su esposa, los Roth, quienes le habían sugerido escribir para el cine. Una primera incursión fue la letra de una canción que hizo para El jinete, una película de charros protagonizada por Jorge Negrete, que según le dijo a Perales Contreras, “le quedó asquerosa y por la que le pagaron una miseria”.

El joven Paz planeaba también dedicarse al periodismo o los negocios. No quería ser un empleado inferior, pero a fines de 1944 ingresó a la diplomacia como tercer secretario, el rango más modesto, gracias a las gestiones del Embajador Francisco Castillo Nájera, amigo de su padre.

Muchos años después, en 1982, Garro le recuerda en una carta las penurias económicas que pasaron en Berkeley, donde ella vendía ropa que habían comprado en San Francisco. “Le recordó que lo ayudó lo mejor que pudo en los años difíciles, cuando estaba lleno de temores por su porvenir y por la pobreza que le aterraba”, escribe el investigador. Después le pide ayuda para salir de la “miseria espantosa” en la que vive con la hija de ambos, Helena.

“Paz le envía a su hija cartas cariñosas, le dedica poemas”, recuerda Perales Contreras. “Pienso que la quiso, aunque tuvieron fuertes diferencias”.

En 1983, Paz hace gestiones para que Helena obtenga un empleo en París, ya sea en la UNESCO o en el Consulado de México. Escribe a su hija que, una vez que consiga el trabajo, no desate conflictos: “Fatalmente resultaría en descrédito para ti y para mí”.

Helena obtiene un cargo administrativo, pero no le alcanza el dinero y, en 1987, recurre nuevamente al poeta: le pide que influya para que la nombren funcionaria sin necesidad de pasar los exámenes.

En 1992, un año antes de que Garro y Helena regresen a México, las cartas revelan una nueva crisis. Paz intercede por su hija en el Consulado y se entera de que, en seis meses, sólo acudió 12 días a trabajar, escribe Perales Contreras. El poeta le pide que no lo llame ni responda a su carta, y le da un plazo de seis meses para rectificar su actitud. Al día siguiente, le envía una nueva carta debido a que Helena, para cubrir sus deudas, ha firmado cheques sin fondos. En los últimos meses, el poeta le había enviado 10 mil dólares para ayudarla y concluye: “No puedo ni debo hacer más”.

Una carta de 1994, enviada por Garro a Paz cuando ya vivía en Cuernavaca con Helena, muestra que más de 20 años después de su divorcio, continuaba pidiendo ayuda al poeta. La escritora le pide un préstamo para que no le desconecten la línea del teléfono ni la embarguen.

“Revisar su correspondencia es como leer Mientras agonizo, de Faulkner, donde un mismo suceso es narrado de manera distinta por cada personaje. Eso se ve en las cartas de Paz, de Elena Garro y de su hija”, dice el biógrafo.

Garro nunca escribió en Vuelta, consigna el investigador, tampoco Helena. Ni se reseñó en la revista fundada por Paz ninguna de las obras de la escritora.

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El 25 de septiembre de 1968, Octavio Paz escribe al poeta inglés Charles Tomlinson que ya ha iniciado los trámites para su retiro del Servicio Exterior Mexicano. Le parecía estúpida, anota Perales Contreras, la forma en que el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz había manejado el conflicto estudiantil, y se declara “apenado, avergonzado y furioso” por no haber gestionado antes su salida.

“Estaba arreglando su jubilación, pero cuando ocurre la matanza del 2 de octubre, a los dos días dice ya no soporto más, renuncio”.

Díaz Ordaz aseguró que seguía cobrando su salario, y Salvador Novo escribió que lo había “corrido” el presidente. Por eso, Paz declaró a Excélsior el 20 de octubre: “Renuncié, no fui despedido”.

“El 68 fue la única ocasión en que la izquierda estuvo de acuerdo con las opiniones y actitud de Octavio Paz”, escribe el ensayista. “Hubo consenso entre los intelectuales sobre la calidad moral del escritor”.

En ese momento, afirma, los estudiantes lo idolatraron, pero después fueron alejándose por creer que Paz estaba ligado al gobierno, debido a su amistad temprana con Rodolfo Landa y su hermano, Luis Echeverría.

¿Era Paz un hombre de derecha?

Yo creo que no. Pedía que la izquierda mexicana fuera más sofisticada, como la socialdemocracia en Europa, que aprendiera, que leyera, y eso molestaba. Quiso formar un partido político independiente (en 1972), a la par de la revista Plural, porque estaba desencantado de los partidos que había en esa época.

En las páginas de Octavio Paz y su círculo intelectual es posible descubrir sus numerosas disputas. “Paz tenía un carácter fuerte”, dice su biógrafo. “Cuando se distanciaba de una persona no le hablaba por mucho tiempo”.

Perales Contreras compara al poeta con el filósofo francés Jean-Paul Sartre, en el sentido de que ambos eran más amigos de las ideas que de los amigos. “Si no estaba de acuerdo con algo, lo criticaba y eso terminaba en fuertes diferencias”.

Paz disentía de la “enfermedad estalinista” de Pablo Neruda, quien, según el poeta, calificaba de reaccionario a todo el que discrepara de sus convicciones políticas. Habían tenido un par de desencuentros cuando en 1941 coincidieron en una cena y, al despedirse, casi llegaron a los golpes después de que Neruda se refirió a su camisa diciendo: “más blanca que tu conciencia”, y lo llamó “hijo de la tiznada”. Dejaron de hablarse durante 25 años.

De Rodolfo Usigli, quien había sido su amigo íntimo, se separó por su apoyo al gobierno en el 68. Cuando en 1972 el dramaturgo recibió el Premio Nacional de Literatura, un texto anónimo publicado por Plural “probablemente escrito por Paz”, según el investigador, acusaba a Usigli de haberse convertido en un “desdentado perro faldero –ladra pero no muerde– del presidente en turno”.

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En los meses precedentes a la aparición de Plural, en octubre de 1971, su primer secretario de redacción, el poeta Tomás Segovia, y Paz solicitaron colaboraciones de autores como E.M. Cioran, Hans Magnus Enzensberger, Roland Barthes, Dore Ashton, Mario Vargas Llosa y Guillermo Cabrera Infante.

Su tiraje inicial, de 10 mil ejemplares, se agotó en dos días. Llegó a editar 25 mil ejemplares mensuales y contó con 5 mil suscriptores; eso no impidió que reportara anualmente pérdidas financieras que eran absorbidas por Excélsior, el periódico que editaba la revista, por decisión de su director, Julio Scherer.

Paz, escribe Perales Contreras, no quería que Plural fuera exclusivamente una revista literaria ni el órgano de un grupo. Veía al consejo de redacción, formado por escritores como Kasuya Sakai, Salvador Elizondo, Alejandro Rossi, Juan García Ponce y Gabriel Zaid, como “una suerte de conciencia crítica” de la revista y de la cultura hispanoamericana.

El golpe a Excélsior en julio de 1976 significó el cierre de Plural. El equipo renunció a la revista por solidaridad con Scherer. Cuatro meses después, en noviembre, apareció el primer número de Vuelta. Las cartas revelan que Paz mantuvo una relación personal con sus colaboradores.

Vuelta también atravesó dificultades económicas. En el libro, Perales Contreras afirma que, cuando Alberto Ruy Sánchez renunció en 1986 como secretario de redacción por sus diferencias con Enrique Krauze, no pudo cobrar sus mil dólares de liquidación porque no había fondos. Lo mismo le ocurrió a colaboradores como Carlos Fuentes, Jorge Edwards, José Bianco y Vargas Llosa.

“Octavio Paz como jefe fue rudo, directo, a veces grosero y con mal carácter”, escribe el biógrafo. Podía pasar, afirma, de la extrema cordialidad, de la euforia total, a la irritación y la impaciencia.

Cuando Aurelio Asiain era jefe de redacción de Vuelta le retiró tres meses la palabra, limitándose a enviarle mensajes por escrito, y cuando Fernando García Ramírez era editor de la editorial Vuelta, anota Perales Contreras, molesto por una crítica que hizo de su libro Convergencias, Paz rechazó los proyectos que le presentaba y dejó de invitarlo a las reuniones del consejo de redacción hasta que decidió volver a hablarle.

Cercano a Paz en Vuelta durante la última década de su vida, el crítico literario Christopher Domínguez Michael lo recuerda como un hombre paciente y generoso. “Desde luego que tenía un humor mercurial, pero con él las cosas siempre se arreglaban. Había conflictos, había discusiones, había silencios, pero digamos que éramos una familia, como cualquier otra, con problemas a veces graves, pero que al final salía adelante por el afecto”.

Durante muchos años de su vida, agrega, Paz fue la cabeza de un grupo literario. Alguien a quien se le puede llamar jefe, cacique, o como cada uno prefiera. “Desde luego que a través de sus revistas ejerció una influencia política y moral”, señala. “Era un animal político, y así diseñó su hegemonía sobre la cultura latinoamericana, como lo hizo Neruda y algunos otros. Eso no me asusta ni me molesta”.

Paz, quien había criticado al escritor Juan José Arreola por su frivolidad de aparecer en televisión, escribe el investigador, comenzó a colaborar con Televisa en 1975, como invitado del programa cultural Encuentro, un éxito en su época, pero fue en 1984, cuando celebró 70 años, cuando el Presidente Miguel de la Madrid le organizó un homenaje nacional, del 20 al 25 de agosto, y Fundación Cultural Televisa filmó 15 programas de Conversaciones con Octavio Paz.

“Fue en 1984”, recuerda en el ensayo, “cuando se opinó que Octavio Paz empezó a dar más licencia y concesiones críticas al poder del Estado y, sobre todo, al poder de la empresa privada”.

Juan García Ponce, uno de los fundadores de Vuelta, criticó abiertamente la participación de Paz en 24 horas, el noticiero de Jacobo Zabludovsky. El poeta lo castigó quitando su nombre de la portada de la revista donde debía aparecer como autor de un cuento. “La lista de pequeñas mezquindades y castigos por parte de Octavio Paz debían ser interminables”, escribe García Ponce en noviembre de 1991 a Fernando García Ramírez en una carta reseñada por Perales Contreras.

La noche del 21 de diciembre de 1996 se produjo en el departamento del poeta en Río Guadalquivir un cortocircuito que provocó la pérdida de varias primeras ediciones de sus libros. Cuatro días después, García Ponce le escribió una carta lamentando el hecho, lo que puso fin a sus diferencias.

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Más que al centro de un laberinto, el ensayista Jorge Aguilar Mora imagina a Octavio Paz en la cúspide de una pirámide de la que no sabe cómo bajar. “No le puso escalones, se quedó allá arriba, y se perdió él solito”.

La figura de Paz, dice, ha oscilado entre el intelectual sin tacha y el personaje demonizado, dando por resultado una estatua sin rasgos, un pedazo de mármol sin relieve.

“En parte es culpa del propio Octavio Paz. Al final de su vida se volvió intransigente y quiso imponer una imagen suya sin matices, sin debilidades, sin humanidad. Yo creo que era una forma de defensa en un país como el nuestro, donde no aceptamos a los seres humanos como son. Se vuelven figuras de idolatría o de menosprecio”.

Aguilar Mora, profesor emérito de la Universidad de Maryland, recuerda que Paz intentó borrar su pasado al negarse a reeditar su primer poemario, Luna silvestre (1933). El poeta calificaba a esos textos como “balbuceos”. Sólo rescató uno, “Nocturno”, en recopilaciones posteriores.

“¿Qué tenía de malo (ese libro)? Era un poeta joven, mediocre. Es como si hubiera querido a los 80 años ser Rimbaud. Creía que podía ocultar el pasado, y así se creó una figura sin relieve como artista. Esa fue, creo, la tragedia de Octavio Paz”.

En 1978, Aguilar Mora publicó La divina pareja, donde argumentaba que Paz era un sofista y rechazaba su “nihilismo idealista”. Una primera versión del ensayo, que luego se convirtió en su tesis de doctorado para graduarse en El Colegio de México, fue censurada por Carlos Monsiváis en el suplemento La Cultura en México.

“El peso moral de criticar a Octavio Paz, a fines de la década de 1970, era abrumador hasta el grado de llegar al nivel de la autocensura”, escribe Perales Contreras sobre este episodio.

Aguilar Mora conoció al poeta cuando tenía 20 años. “Yo lo admiraba mucho, era el autor de Piedra de sol, un gran poema”. Lo solía visitar en París y casi siempre era para escucharlo hablar, porque le imponía demasiado su presencia.

“Después, pensando en muchas cosas que no le pude decir, decidí escribir el libro”, recuerda. “Quería que hubiera una especie de intercambio, era muy tonto de mi parte porque el libro no estaba escrito en un tono de diálogo, y además, en ese entonces, para Paz cualquier crítica ya era una especie de insulto”.

Aun así, recuerda que el poeta le ofreció trabajo en Vuelta cuando le llevó un ejemplar de La divina pareja, al que nadie en esa época le dedicó una reseña.

“Paz me estaba tendiendo una trampa. Usted sale de un suplemento (La Cultura en México) que es enemigo de Vuelta por criticarme, y yo le ofrezco trabajo para que vean que sí acepto las críticas. Hubiera sido para Paz una jugada perfecta. Pero si entraba a Vuelta habría sido como repudiar mi libro, y después de eso tendría que haberme quedado callado”, reflexiona Aguilar Mora. “Además, como antes de invitarme se quejó de muchos colaboradores suyos, me dije, si eso piensa de sus amigos, ¿qué va a decir de mí que no lo soy?”.

Considera a Paz un pensador muy interesante, mejor ensayista que poeta. “Pero creo que hizo todo demasiado rápido, muchas reflexiones las echó a perder porque era muy atrabancado, no investigaba ni tenía los textos a la mano. Confiaba mucho en su propia voz, estaba demasiado seducido por su propia imagen de autoridad. Como se comenzó a volver famoso, ¿quién iba a objetar a Octavio Paz?”.

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Hugo J. Verani, quien espera dejar lista este mes la nueva edición de la Bibliografía crítica de Octavio Paz, se declara sorprendido de la gran difusión que tiene la obra del Nobel en el mundo.

Ha registrado 303 traducciones de obras de Paz a 39 lenguas, desde el albanés hasta el vascuence. Piedra de sol continúa siendo el poema que genera mayor interés, y El laberinto de la soledad su ensayo más estudiado. Se han creado también cerca de 300 composiciones musicales basadas en la obra de Paz, casi todas de música clásica y de artistas extranjeros.

“Creo que fue José Emilio Pacheco el primero en decir que era un maestro de todas las formas poéticas, algo que no se ha estudiado”, afirma el crítico literario. “Las ideas de Paz son las mismas de principio a fin, su visión poética no cambia, pero sí el modo de expresarla, cambia constantemente, década tras década, y eso no se ha tratado”.

Verani, quien acaba de publicar Octavio Paz: El poema como caminata, sobre el ritmo interno de su poesía, considera que falta también una crítica de la obra del Nobel que no se limite a ser una venganza contra sus ideas o su figura.

“Se puede hacer más de sus ensayos que de su poesía”, afirma. “Paz no era especialista en los temas de los que escribía –sociología, filosofía, antropología, historia–, a veces hay muchas generalidades en los ensayos, y hasta contradicciones. Se puede escribir una crítica bien hecha para demostrar que no siempre acertaba”.

Aunque fue acusado de anticomunista y conservador, indica Verani, Paz creía en una izquierda democrática. El poeta, quien siempre planteó la necesidad de estar lejos del poder, suele ser criticado de manera parcial, considera, por sus últimos años, cuando se acercó al PRI.

“Todos los intelectuales que yo conocía eran entonces parte del PRI, aceptaban todo lo que les diera el príncipe con mucho gusto: dinero, becas, cualquier ayuda, y ahora todos están en contra”, dice el investigador. “Pero antes estaban a favor del PRI, y yo diría que Paz también, en su momento me lo dijo: que a pesar de los errores enormes de Salinas, admiraba su inteligencia. Y nadie puede decir que Salinas no es inteligente”.

Paz recibió el Premio Nobel de Literatura en octubre de 1990. En abril del siguiente año, el gobierno mexicano propuso hacerle un homenaje nacional que el poeta rechazó en una carta dirigida al entonces Secretario de Educación Pública, Manuel Bartlett, para no dar pretextos a sus críticos, “que son legión”.

Recordaba que en los últimos meses se le había acusado de estar ligado al régimen de Salinas por “no sé qué lazos oscuros”. “Es verdad que una y otra vez he dicho públicamente que apruebo la política del gobierno”, escribe Paz, pero aclara que esto se debe a una coincidencia y no a una “sospechosa alianza de intereses”.

La última aparición pública de Paz fue el 17 de diciembre de 1997, cuando se creó la Fundación Octavio Paz en presencia del Presidente Ernesto Zedillo. “Por más imperfecta o reprobable que haya sido a veces mi conducta”, dijo en su discurso, “siempre he visto a los otros con la frente alta y un ademán de reconciliación”.

El poeta falleció, víctima del cáncer, la noche del 19 de abril de 1998. En el homenaje que se le rindió al día siguiente en el Palacio de Bellas Artes, el poeta chileno Gonzalo Rojas, primer galardonado con el Premio de Poesía y Ensayo Octavio Paz, recordó una frase del brasileño João Guimarães Rosa: “Los poetas no mueren, sólo quedan encantados”.

A Paz, afirma Verani, le salieron muchos enemigos gratuitos, y otros los creó con sus polémicas, debido a que era intransigente con sus ideas.

“Los Paz siempre han dado guerra, decía Octavio. Y que no podía callarse la boca”, recuerda su biógrafo Enrico Mario Santí. “Esa fue la historia de su vida, qué bueno”.

Texto inédito, enero de 2014