El último exilio de Tomás Bilbao

En la casa del arquitecto Tomás Bilbao, cada 31 de diciembre se repetía el mismo brindis: “Este año volvemos a España”. Desde que llegó a México, en 1942, como ministro sin cartera del gobierno de la República, sólo pensaba en el regreso. “Nunca quiso enraizarse”, dice su hija Mari Carmen.

De los 25 arquitectos republicanos que se exiliaron en México, Bilbao era quien más obra había construido, asegura el investigador Juan Ignacio del Cueto. “Empieza en los años 20 con una arquitectura ecléctica, propia de la época, y luego evoluciona hacia un lenguaje moderno”. En un documento de 1941, Bilbao cifra su producción en 500 viviendas familiares y más de 50 conjuntos de casas para empleados y obreros, además de hoteles, cines y restaurantes.

“Era un gigante”, dice su nieto, el arquitecto José María Bilbao. Un hombre congruente que, al ver truncado su proyecto político, sintió una gran frustración. “Su condición de exiliado le pudo más”. Perdida la República, los refugiados españoles confiaban en que, una vez ganada la Segunda Guerra Mundial, las potencias aliadas lucharían contra Franco, pero optaron por la no intervención. “Eso fue para mi papá una segunda derrota, que lo hundió”, recuerda Mari Carmen.

Fundador del partido de izquierda Acción Nacionalista Vasca, la historia política de Bilbao inició con la proclamación de la Segunda República Española en 1931, cuando fue nombrado concejal en el Ayuntamiento de Bilbao, su ciudad natal. En periódicos locales como El liberal, alertó sobre el separatismo, que “engendra los odios de raza y degenera en imperialismo”, y defendió una autonomía integrada a la República.

Bilbao retrasó hasta el final su exilio a México. Mari Carmen asegura que la familia podría haber salido de Francia desde 1939, pero su padre se negó sistemáticamente a aceptar los ofrecimientos del cónsul mexicano Gilberto Bosques. “Siempre decía que no, díselo a otro, porque sentía que si viajaba a América, sería más difícil recuperar la República, y así fue”.

Decía París nunca caerá, recuerda su hija, y cuando los nazis ocuparon la ciudad en 1940, tuvo que huir con su esposa y sus siete hijos. Con el auto sin gasolina y las bombas detonando cada vez más cerca, la familia se separó. Después de 20 días viajando de un pueblo a otro, lograron reencontrarse en Burdeos, donde Bilbao fue apresado por la Gestapo y encarcelado unos meses en Eix. En España, Franco pidió su extradición, pero no logró que los alemanes lo deportaran.

En 1940 murió en Marsella su primogénito, Tomás, víctima de una peritonitis. “Mi madre (Julia Durán) se puso luto seis meses y se evadió mentalmente”. Enterrado en esa ciudad en una tumba diseñada por su padre, doña Julia recuperó muchos años después sus restos y los llevó a Bilbao, donde los sepultó junto a su abuelo, el empresario Patricio Bilbao.

En un documento fechado en enero de 1942 en Marsella, Bilbao rechaza los 150 mil francos que le ofrecen para pagar los pasajes de su viaje a México, y pide destinarlos a otros compañeros. Meses después, no pudo retrasar más la marcha.

Viajó a Casablanca, en Marruecos, donde fue internado con su familia en un campo de refugiados custodiado por senegaleses. La comida los enfermó y Mari Carmen contrajo sarna. Finalmente, Bilbao y su esposa, junto con su cuñada Trinidad y sus hijos se embarcaron en mayo de 1942 en el Nyassa. En el barco fue concebido Tomás, “el mexicanito”, cuenta su hermana.

Mari Carmen recuerda a su padre rodeado siempre de periódicos. Un gran número se conserva en su archivo personal, donado por la familia al Ateneo Español de México en febrero de 2011, y en proceso de catalogación. Durante décadas, los papeles permanecieron guardados en dos baúles, sucios, doblados, desordenados. Después de un proceso de limpieza, se recuperaron alrededor de mil 500 documentos. La archivista Erandi Mejía destaca del conjunto la correspondencia con políticos y amigos como Julio Álvarez del Vayo, Bernardo Giner de los Ríos y Julián Zugazagoitia, cartas donde comparten el duro peso del exilio.

La arquitectura es un oficio que se relaciona con las raíces, señala Del Cueto, se construye en la tierra, y cuando Bilbao llegó a México ya había cumplido 50 años. Era difícil adaptarse. “A diferencia de los jóvenes, como Félix Candela y Arturo Sáenz de la Calzada, que hacen mucha obra, los arquitectos mayores no quieren comprometerse, porque construir exige tiempo, y no querían nada que los retuviera”.

Tras renunciar a su cargo de ministro del gobierno de Juan Negrín en agosto de 1945, Bilbao, el arquitecto que construyó edificios burgueses en el ensanche bilbaíno, creó viviendas baratas con jardines para cooperativas, y durante la guerra levantó refugios antiaéreos y tapió la Biblioteca del Ateneo de Bilbao para evitar que los franquistas la descubrieran, aceptó sólo tres encargos: la reforma de la casa de su amigo Martín García Urtiaga, una fábrica empacadora de conservas en Loma Bonita (Veracruz) y la remodelación de la Juguetería El Jonuco, en la calle 16 de Septiembre, que años después destruiría un incendio.

Para su nieta, la arquitecta Tatiana Bilbao, su abuelo era un hombre sensible, autor de una obra innovadora, con vocación de futuro, que refleja sus estados de ánimo. “Mi padre (Tomás, el hijo menor) ha dicho algunas veces que murió de depresión. Ver su país en manos de una dictadura, ser un exiliado, todo eso le pesó mucho, paró su producción creativa y lo fue matando poco a poco. No lo sé, pero lo intuyo”.

Tras la guerra civil, el pensamiento arquitectónico en España colapsó. “Cayeron en un hoyo negro”, afirma Del Cueto. Un largo bache fascista del que fue excluido todo signo de modernidad asociado a la República.

Un total de 83 arquitectos sufrió un proceso de “depuración político social”. Borrada su memoria en España y sin apenas obra en México, Bilbao quedó en una especie de limbo. La revaloración de su arquitectura aún está pendiente.

Bilbao murió en 1954, con 63 años de edad. Mari Carmen dice que tuvo tiempo de hacerle un último gesto de despedida a su madre justo en el momento en que se le reventó la aorta. Fue enterrado en el Panteón Español, condenado sin remedio a la nostalgia.

Huella genética

La familia Bilbao ha dado origen en México a una estirpe de arquitectos. Un total de 17, dice Mari Carmen Bilbao, en una lista que inicia con su padre, Tomás Bilbao, y su suegro, José Luis Mariano Benlliure.

Mari Carmen es viuda del también arquitecto José Luis Benlliure. Nacido en Madrid, desarrolló proyectos como la Basílica de Guadalupe y el edificio Aristos.

Entre quienes comparten esta “huella genética” figuran Tatiana Bilbao, Premio de las Artes de Berlín, y José María Bilbao, que forma parte de la Autoridad del Espacio Público del DF.

Reforma, 2 de abril de 2012