Desmitifica libro a Villa

Ésta es la historia de la familia Herrera Cano, fulminada por la ira de Francisco Villa. Son las voces de las víctimas, de las viudas y los huérfanos; es la narración de por qué mamá Florencia llegó a creer que una maldición pesaba sobre sus cabezas.

Desde niño, el pianista Raúl Herrera Márquez escuchó de su abuela María Montes y de su padre, Luis, los hechos de sangre ocurridos en la Revolución. Grababa o anotaba aquello que le contaban, leía sobre ese periodo histórico.

Fue en 1999, cuando se refirieron a su tía Celia, autora de Francisco Villa ante la historia, como miembro de una “familia ultimada” por el revolucionario, cuando pensó que tenía una historia que contar, que debía recuperar sus nombres, sus acciones.

Y dedicó 14 años a investigar el pasado, a reunir documentos, a escribir “una novela verdadera”. La sangre al río. La pugna ignorada entre Maclovio Herrera y Francisco Villa (Tusquets) es un gran collage que incluye ensayo histórico, fragmentos novelados, documentos y testimonios.

“El libro es la historia de una familia que sufrió la Revolución, pero sobre todo enfrentó el terrible incidente de que Villa se cruzara en su camino”.

La familia es la gran protagonista. Villa, que había jurado no dejar “ni semilla” de los Herrera Cano, asesinó de un tiro en la frente al patriarca, José de la Luz, y a sus hijos Melchor y Zeferino tras la toma de Parral, en 1919.

Fueron los últimos muertos para mamá Florencia, que desde 1915 llevaba ya la cuenta de tres hijos caídos. El único varón que sobrevivió fue Jesús, a quien Villa llegó a pedir olvidar “todos los rencores”. Lejos de eso, fue quien ideó el asesinato del revolucionario, en 1923.

“Medio Parral sabía que iban a matar a Villa”, asegura Herrera Márquez. “Hubo un silencio cómplice”.

En La sangre al río, Villa aparece como un asesino sanguinario que podía ordenar lo mismo una que cientos de muertes. “Cada caso del libro está documentado”, sostiene. Muchos fueron consignados por su tía Celia en los años posteriores a la Revolución.

Noventa soldaderas ametralladas en Camargo, 600 prisioneros ejecutados tras ser capturados en Rosario, violaciones en Namiquipa, Agostadero, Palo Quemado… Mujeres bañadas en petróleo y quemadas vivas, como la anciana Lugarda Ruiz, la viuda Luz Portillo y su nieta, Feliciana González y su hija de seis meses.

“A mí me interesaba unir ciertos puntos del cuadro que nos han prese+ntado los historiadores y trazar la vida de Villa”, explica. “Se puede ver como (un libro) parcial, pero, ¿desde cuándo el rencor de las víctimas es un atenuante para la gravedad de los crímenes cometidos?”.

Grandes historiadores como Friedrich Katz, considera, han sido indulgentes con las matanzas de Villa. En su opinión, aunque aclara que no pretende entrar en polémica con los estudiosos de su figura, su mito no corresponde a la realidad histórica.

La rabia de Villa se originó porque Maclovio y Luis Herrera no lo apoyaron en su levantamiento contra Venustiano Carranza. “Eso los convirtió en enemigos”, cuenta Herrera Márquez. “El impulso interno de Villa, la razón de ser de sus actos, era el ego, el yo. Todo lo que hizo tenía que ver con la exaltación de su imagen”.

Maclovio murió en 1915 en un episodio aún no aclarado. El abuelo Luis fue el segundo que falleció, en combate en Torreón en 1916. El tercer hermano, José Concepción, murió en Parral durante un ataque villista.

“El libro es también un gran homenaje a las mujeres, a cómo salieron adelante. Nadie les preguntaba; (sus maridos) sólo les avisaban que se iban a la Revolución”.

Otro gran personaje es mamá Florencia, quien cuando se enteró de la muerte de Villa, detuvo el júbilo que se extendía por la casa. “Que Dios lo perdone”, dijo, y condujo un rosario por el alma de quien había ultimado a su familia.

Reforma, 30 de agosto de 2014