La historia de un robo

A las 8 de la mañana del día de Navidad de 1985, los vigilantes del Museo Nacional de Antropología (MNA) descubrieron siete vitrinas saqueadas. Las primeras informaciones consignaron la desaparición de 144 piezas.

El 26 de diciembre, Rafael Rocha Cordero, de la Policía Judicial Federal, aseguraba que los ladrones habían saltado la reja sur del Paseo de la Reforma y entrado al museo por un ducto de aire acondicionado que comunicaba con el sótano de la Sala Maya.

Cuatro años después, esta primera hipótesis fue confirmada en su declaración por Carlos Perches Treviño, acusado del robo junto con su compañero prófugo Ramón Sardina. Pero no era cierto.

“Estaban borrachos los guardias. Entraron por la puerta”, revela en entrevista el abogado Javier Coello Trejo. “Fue vergonzante el hecho de que la seguridad del museo fuera nula. Ésa es la realidad”.

Coello Trejo se hizo cargo de la investigación por instrucciones del Presidente Carlos Salinas. Lo primero que hizo el entonces subprocurador de Lucha contra el Narcotráfico fue solicitar la averiguación previa. “Descubrimos que estaba en el archivo de la PGR, olvidada”.

El MNA publicó el inventario de las piezas robadas, un total de 145, entre las que figuran la máscara de jade del Dios Murciélago hallada en Monte Albán, una vasija mexica de obsidiana que representa a un mono, y más de 60 piezas mayas procedentes del Templo de las Inscripciones de Palenque y del Cenote Sagrado de Chichén Itzá.

Nueve agentes de la Policía Bancaria e Industrial, encargados de la custodia del museo, fueron detenidos y después liberados. Más de 500 personas fueron interrogadas, sin resultado.

El buen investigador, como el cazador, tiene que esperar a que aparezca la presa, señala Coello Trejo. Y como los toreros, confiar en la suerte. “Mi obligación era ir a por todas”, dice, y por eso ordenó escuchas en los reclusorios.

Una llamada del penal de Matamoros entre Perches y el narcotraficante Salvador “El Cabo” Gutiérrez resultó clave. Negociaban una venta de joyas, del “arte más grande de México”. Comenzó una vigilancia discreta sobre el sospechoso que se prolongó más de siete meses.

El operativo fue en una casa de Ciudad Satélite, a las 21:00 horas del 10 de junio de 1989. “Las grabaciones nos dieron la certeza de que ahí se encontraban las piezas. Estaban en una bolsa de deportista, sucia, envueltas en papel de baño”.

Temían que Perches, karateca experimentado, intentara resistirse. “Lo esposamos, héroes no hay, y (el operativo) fue un éxito. Yo no conocía las piezas, tampoco mis agentes. Debía cuidarme de que no se fueran a clavar una”.

Pasada la medianoche, Coello Trejo llamó al entonces director del INAH, Roberto García Moll. A las 5 de la mañana terminaron de cotejar el inventario de las piezas robadas con las recuperadas, y descubrieron que faltaban dos.

“El robo fue facilísimo. Perches nos dijo que esperó pacientemente a que (los vigilantes) se emborracharan”, cuenta sobre el hurto, que se concretó en sólo 30 minutos.

“Como hacían falta dos piezas, le dimos otra interrogada, y no voy a decir los nombres porque eso no se puso en la averiguación previa, pero una la había comprado un empresario muy fuerte de México en aquel momento, y otra un periodista. El Presidente me dijo: ‘Hable con ellos’. No pusieron un pero. Me las entregaron”.

Coello Trejo piensa que Perches robó las piezas porque, en un principio, quería admirarlas. Los periódicos de la época consignan que se negó a ratificar su confesión y acusó a sus captores de haber torturado a su hermano menor.

“Fue una investigación limpia, porque las hay sucias. A veces no quiere hablar un tipo y se aplican otros métodos, pero aquí fue limpia”, dice Coello Trejo. “Yo platiqué mucho con Perches, no permití que lo golpearan”.

La clave de un interrogatorio es fingir admiración por el acusado, “eres un fregón”, y cuando más cómodo se sienta, dejarlo caer, explica. “Así es en todas las corporaciones. Hay quienes las hacen de malos y de buenos”.

Un informe asegura que, en 1992, Perches fue sentenciado a 22 años de prisión que debía cumplir en el penal de Santa Martha Acatitla. Salió en abril de 1995, en régimen de semilibertad.

Reforma, 24 de diciembre de 2015