Un pintor en la sombra

Para el pintor catalán Félix Vía y Pagés, el año de 1910 significó la gloria y el espanto.

A mediados de septiembre, el artista partió a México desde Barcelona en busca de fortuna; después de años de retratar a la burguesía catalana, había logrado ese verano el reconocimiento de la crítica con su primera obra de gran formato, la más ambiciosa.

L’Allau (La avalancha) lo precedía en el viaje, distribuida en siete cajas. Fuera de plazo, cerrada ya la admisión, había sido aceptada para formar parte de la Exposición de Arte Español organizada para festejar el Centenario de la Independencia.

La muestra ocupaba siete salones de un edificio de aire medieval y mudéjar construido en el cruce de Juárez y Balderas por un amigo del pintor, el arquitecto catalán Miguel Bertrán de Quintana. Obras de artistas como Sorolla, Benlliure, Zuloaga y Urgell se podían admirar y comprar en esa “feria de lujo”, que incluía esculturas, joyas y cerámica.

Con sus 6.60 metros de largo y 3.85 de alto, L’Allau fue valuada en 40 mil pesos, un precio considerable dado que los festejos del Centenario costaron 590 mil pesos al gobierno de Porfirio Díaz. A esta cantidad se sumaron 13 millones de pesos destinados a proyectos de infraestructura.

La pintura de Vía y Pagés, de una “belleza trágica”, ocupaba una de las paredes del primer piso. Aunque mal iluminada, como escribió John Hubert Cornyn en una crítica publicada en The Mexican Herald, se podía advertir que era una obra “modernísima”, con una vivacidad y una composición excelente, que hacía augurar para el autor “grandes cosas”.

En 1910, se calcula que había alrededor de 40 mil españoles en el País, la mayoría comerciantes, algunos emparentados con la aristocracia porfiriana. A sus 39 años, Vía y Pagés confiaba en el futuro; el viejo dictador había logrado proyectar a México como una tierra de oportunidades.

“Viendo la prensa española, nadie hubiese supuesto que habría una Revolución. Dicho en el lenguaje de la época, México había entrado en el camino de un progreso prácticamente ininterrumpido”, señala el investigador Tomás Pérez Vejo.

Eran días de celebración.

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Díaz cumplía 80 años de edad y 34 en el poder. Representantes de 31 países vinieron para ser testigos del desarrollo que su gobierno había traído al México independiente. Aunque había miseria y descontento, la ceguera social era el signo de los tiempos.

La Comisión Nacional del Centenario de la Independencia, constituida en abril de 1907 y presidida por el gobernador del Distrito Federal, Guillermo de Landa y Escandón, llevó a cabo 70 sesiones y despachó 22 mil 240 oficios.

Acordó en un principio hacer una colecta nacional, pero al poco tiempo el gobierno federal decidió asumir los gastos; el dinero recaudado, 30 mil 323 pesos, fue destinado a la beneficencia.

Propuso también la creación de un Himno del Centenario, pero las tres convocatorias que se lanzaron fueron declaradas desiertas, al determinar el jurado que ninguna composición podía considerarse el “himno de un pueblo libre” y menos aún una obra de arte.

Todo septiembre fue dedicado a los festejos: el día 1 se inauguró el Manicomio General en la antigua hacienda de La Castañeda; el 16, el Ángel de la Independencia; el 18, el Hemiciclo a Juárez; el 22, la Universidad Nacional de México; el 23 se colocó la primera piedra del Palacio del Poder Legislativo, y el 30 se celebró la Apoteosis de los Caudillos y Soldados de la Guerra de Independencia en Palacio Nacional, con música de Wagner y Berlioz.

El 15 de septiembre, 200 mil personas presenciaron el “gran desfile histórico” que partió de Reforma a Palacio Nacional, donde cientos de actores representaron tres escenas: el encuentro entre Moctezuma y Cortés, el Paseo del Pendón que tenía lugar durante la Colonia, y la entrada del Ejército Trigarante a la capital al mando de Iturbide.

En México se respiraba “la fiebre del porvenir”. En el Cuarto Congreso Médico Nacional, su presidente, Porfirio Parra, saludó “ese mundo nuevo llamado fisioterapia” y celebró que el País hubiera derrotado la “plaga” de la peste bubónica.

En el XVII Congreso Internacional de Americanistas, el Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, Justo Sierra, confió en que México se convirtiera en la “capital arqueológica del continente americano” y en descubrir la forma de contener a los grandes destructores de las ruinas arqueológicas: “el hombre, la vegetación, el clima”.

Ocho meses después, Díaz marchó al exilio y las palabras fueron sustituidas por las balas.

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La espectacular acogida que tuvo L’Allau en Barcelona hizo que Vía y Pagés, un hombre modesto y afectuoso según fuentes de la época, dejara la seguridad de su taller para viajar a México.

Venía con el encargo de pintar un “gran cuadro” histórico, aún no sabía si sobre la época de la Conquista o de la Independencia, por valor de 40 mil pesos, y retratos por otros 50 mil pesos.

Atrás quedaron, al embarcar, su esposa Rosa Giralt, y sus hijos Juan y Carmen, de 20 y 17 años. Dejó también un rastro artístico: paisajes, bosquejos de retratos, desnudos, y una gran bola de plomo hecha con los tubos fundidos de la pintura que utilizó en su obra maestra.

Durante décadas, dice su bisnieto Xavier Torrent, la bola rodó por la casa, igual que el recuerdo del abuelo. “Desde que era pequeño siempre aparecía en las conversaciones. Se recordaba con pena, porque había salido con un impulso muy fuerte y el destino le había dado un hachazo”.

Una fiebre tifoidea, provocada por unas ostras en mal estado, mató al pintor dos meses después de llegar a México. A su funeral en el Panteón Español acudieron Bertrán de Quintana, “casi su hermano”, y el presidente del Casino Español, José Sánchez Ramos, entre otros miembros de la colonia española.

Una esquela publicada el 25 de noviembre de 1910 en El Diario, junto a la crónica de Sociedad, consignó el entierro, a las 15:00 horas del día anterior, “del infortunado pintor y afamado artista español”.

Su viuda sufrió un golpe enorme, dice Torrent, aunque nunca intentó recuperar el cuerpo, “no sé por qué”. Pasaron los años y, para su familia, Vía y Pagés se volvió casi una sombra; no quedó testimonio de sus ideas sobre el arte ni de sus sueños, tampoco de cómo creó el cuadro que marcó su destino.

Sólo les dejó la pena por haberlo perdido así, tan lejos y tan de repente, y un archivo de documentación al que faltó agregar el último capítulo.

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Para la élite porfiriana, blanca y racista, ser español era una marca de distinción, pero en las clases populares permeaba el “sentimiento antigachupín”, sostiene Pérez Vejo, investigador de la ENAH.

“En el imaginario popular todos los gachupines eran ricos, explotadores y se aprovechaban de su convivencia con el poder político”.

España aprovechó las fiestas del Centenario para hacer “borrón y cuenta nueva” con sus antiguas colonias. El Casino Español tuvo una participación activa; en sus actas queda registro de cómo “los grandes gastos” a que los obligó el festejo mermó sus recursos, al grado de que para 1911 decidieron aumentar a cinco pesos la cuota de los nuevos socios.

Sánchez Ramos, en su calidad de presidente del comité ejecutivo de la Exposición de Arte Español, recibió del gobierno mexicano 35 mil pesos para organizarla. Los fletes de las obras estaban incluidos en el contrato, de manera que L’Allau pudo hacer el camino de regreso.

En 1929, la viuda del pintor solicitó a la Junta de Museos de Barcelona que aceptara el cuadro en calidad de “depósito voluntario y gratuito”, debido a que no contaba con un espacio apropiado para conservarlo, siendo destinado al Museo de Arte Contemporáneo de la ciudad.

Desde hace años, la familia no tiene noticias de la pintura; tampoco ha intentado recuperarla. Según el Ayuntamiento de Vilafranca del Penedés, el pueblo donde nació Vía y Pagés, L’Allau se encuentra actualmente en las bodegas del Museo Nacional de Arte de Cataluña.

Durante casi un siglo, ningún descendiente del pintor visitó su tumba. Habían velado para que tuviera una fosa a perpetuidad y pospuesto una cita que Torrent decidió cumplir el pasado septiembre. Pero cuando llegó al espacio correspondiente al número 41 del cuartel H, al pie de un gran árbol, no encontró una lápida que identificara al bisabuelo, ni siquiera un rectángulo de piedras que lo dejara a salvo de las pisadas.

Como si a Vía y Pagés se lo hubiera tragado la tierra.

Vertiente política

L’Allau tuvo también detractores. Algunos críticos descalificaron la pintura de Félix Vía y Pagés por considerarla una obra política “inoportuna” y anticlerical que remitía a los hechos de la Semana Trágica de 1909 en Barcelona, cuando una revuelta de obreros se saldó con el incendio de más de 80 iglesias y conventos.

Según el pintor, la obra expuesta en junio de 1910 en la prestigiosa Sala Parés de Barcelona surgió tras una visita al monasterio de Poblet, saqueado e incendiado en 1835.

Para la obra, celebrada por su colorido, la fuerza de los trazos y el manejo de la técnica, Vía y Pagés mezcló, según otro crítico, elementos de varios templos, como el Monasterio de Santa Creus y la Catedral de Barcelona.

El bisnieto del artista, Xavier Torrent, no sabe qué lo motivó a pintar el enfrentamiento de las turbas contra el clero. “Quizá fue testigo de algún hecho y, como católico, se impresionó y quiso reflejarlo”.

Regalos públicos

Varios países hicieron presentes a México por el Centenario. Así lo consignaron las crónicas:

  • Italia: Estatua de Garibaldi en la Plaza de Orizaba.
  • Estados Unidos: Monumento a Washington en la Plaza de Dinamarca.
  • Alemania: Monumento a Humboldt en el salón principal de la Biblioteca Nacional.
  • Francia: Estatua de Pasteur en el Jardín Pasteur.
  • Japón: Dos tibores de porcelana negra con incrustaciones de oro, perla y nácar.
  • Turquía: Un reloj público instalado en Capuchinas y Bolívar.
  • España: Devolución de las prendas de Morelos –uniformes de capitán y teniente general, espada, bastón y sombrero– que se conservaban en el Museo de Artillería de Madrid.

Fuentes: Memoria de la Comisión Nacional del Centenario de la Independencia (Imprenta del Gobierno Federal, 1911); Fiestas del Centenario de la Independencia organizadas por la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes (Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, 1910); Crónica oficial de las fiestas del Primer Centenario de la Independencia, de Genaro García (Talleres del Museo Nacional, 1911); archivo de la familia Torrent.

Reforma, 20 de noviembre de 2007