Rinden en Ixcateopan tributo a Cuauhtémoc

“¿Qué hacemos con la dama?”, le preguntó el Presidente Luis Echeverría al gobernador de Guerrero, Rubén Figueroa, ante la tercera comisión que había concluido que los huesos de ese cráneo, pertenecientes a una joven mestiza, no podían ser los de Cuauhtémoc. Para que no hubiera duda, ahí estaba su rostro, reconstruido en acrílico.

Esa noche de 1976, los investigadores repitieron los dictámenes de 1949 y 1951. No existían bases científicas para afirmar que los restos hallados bajo el altar mayor de la Iglesia de Santa María de la Asunción en Ichcateopan pertenecían al último señor de los mexicas.

El arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, miembro de la comisión, recuerda que Figueroa cambió de tema tras escuchar los informes. “No dijo nada sobre qué bueno que se aclaró, o qué malo. Daba la impresión de que no existíamos”.

No hubo una entrega oficial del dictamen, y la SEP guardó silencio. La investigación quedó abierta. Hasta que en septiembre de ese año, Echeverría declaró en Ichcateopan que, por razones de tradición, aquellos eran los restos de Cuauhtémoc. “Jamás mencionó a la comisión. Dio un manejo político al asunto”, señala.

Para el gobernador Figueroa, considera la historiadora Alicia Olivera, también integrante de la comisión, el hallazgo suponía una “posibilidad política grandiosa”. Guerrero ya no sería recordado sólo por los desaparecidos de la guerra sucia, sino por ser la cuna del tlatoani.

Pero la mentira no fraguó. La conclusión de los expertos fue unánime. “Sólo espero que no haya un nuevo intento de validar los restos”, dice hoy Matos Moctezuma.

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“La tumba de Cuauhtémoc, último emperador azteca, el héroe más grande del Anáhuac, fue encontrada”. Julio Scherer García firmó en Excélsior la noticia. A las 4 de la tarde del 26 de septiembre de 1949, bajo el altar demolido de la iglesia, había sido hallada una fosa con unos huesos calcinados y una placa de cobre con una cruz en el centro y la inscripción: “1525-1529 Rey, é, S, Coátemo”.

A Florentino Juárez se le atribuye el origen de la “tradición” sobre el nacimiento y entierro de Cuauhtémoc en Ichcateopan, población situada a 36 kilómetros de Taxco. A fines del siglo 19 habría elaborado los documentos que, rubricados con la firma apócrifa de Fray Toribio de Benavente, Motolinía, indicaban el lugar de la tumba.

El historiador Paul Gillingham cree que enterró los huesos bajo el altar entre agosto de 1891 y finales de 1893, influido quizá por su pertenencia a la Orden Masónica, que sentía admiración por el emperador azteca.

Lo que buscaba Juárez, considera Olivera, es que Ichcateopan fuera nombrada cabecera municipal, ya que eso habría aumentado el valor de las tierras que poseía. “Florentino tuvo una idea bonita, pero fue Salvador quien forjó la tradición”.

Nieto de Florentino, Salvador Rodríguez Juárez, quien durante años colaboró, en forma honoraria, como inspector general de Monumentos Artísticos e Históricos del INAH en la zona de Ichcateopan, trabajaba en el pueblo como cirujano partero.

En su consultorio tenía colgado un título de médico que él mismo se había fabricado porque, según le dijo a Olivera, “la gente del pueblo necesita ver papeles para tener fe”.

Rodríguez Juárez dedicó su vida a la causa de Cuauhtémoc, al grado de acabar con la economía familiar, recuerda su hijo menor, el ex diputado estatal del PRI, Rafael Rodríguez del Olmo.

“Nadie puede mantener una polémica toda la vida y morir como mi papá, en el completo abandono oficial, recibiendo ataques, por defender una causa. Mi papá fue un médico de pueblo que curaba enfermos gratis o a cambio de un pollo o un par de blanquillos, a quien los periodistas chayoteaban pidiéndole para la gasolina por defender su verdad. Y aunque no hubiera sido cierta, era su verdad”.

En este 2010, al cumplirse más de seis décadas del hallazgo, ningún miembro de la familia quiere ser depositario de la tradición. “Existe interés en que se respete la historia, pero nadie se lo anda peleando”. Los documentos que afirman haber custodiado desde el siglo 16 están bajo llave, en una casa deshabitada.

“Yo defenderé siempre a mi señor padre, pero no heredo esas cosas. No quiero cargar con culpas”, dice. “Pienso que el pueblo debería organizarse, designar un comité, un cuerpo colegiado que cuide y mantenga la tradición”.

A Rodríguez del Olmo no le preocupan los dictámenes de los especialistas. “En la conciencia de las personas, la tradición de Cuauhtémoc se volvió ortodoxa. La ciencia ha pasado a un segundo plano, porque, ¿algún científico puede contrarrestar la existencia de la Virgen de Guadalupe?”.

Esta noche será la velación de los restos por grupos de danzantes, y mañana, un representante del gobierno estatal, y el presidente municipal Darío Pérez Morales, rendirán, como cada año, homenaje al tlatoani.

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En una carta enviada al historiador José C. Valadés el 22 de mayo de 1952, la profesora Eulalia Guzmán se queja de la falta apoyo de sus “jefes” del INAH, que después de encomendarle investigar la autenticidad de los documentos firmados por Motolinía, no respondieron a ninguno de los 12 informes que les envió.

Durante los siete meses previos al hallazgo, Guzmán solicitó a Rodríguez Juárez todo tipo de aclaraciones. En una época donde se enfrentaban dos corrientes ideológicas, indigenismo contra hispanismo, la historiadora y arqueóloga puso en Cuauhtémoc su pasión nacionalista, y le empeñó su reputación.

Guzmán pisaba un terreno minado, resume Olivera. Autora de un estudio crítico sobre Hernán Cortés, al que calificaba de “criminal de guerra”, que el INAH y la SEP se habían negado a publicar, era considerada una comunista hispanófoba por sus colegas, declarados hispanófilos.

“Los historiadores de la UNAM menospreciaban las investigaciones de esa señora temperamental y gruñona”.

En su carta a Valadés lamenta que, durante la excavación, sus superiores calificaran de “locura” su búsqueda. Y acusa de precipitación a los investigadores de la primera comisión –especialistas como Silvio Zavala y Eusebio Dávalos–, a quienes bastaron 6 horas de trabajo en Ichcateopan para concluir el 17 de octubre de 1949 que esos no eran los restos de Cuauhtémoc.

Un nuevo dictamen favorable al hallazgo, elaborado de manera independiente por expertos del Banco Nacional de México dirigidos por Alfonso Quiroz Cuarón, llevó a que en enero de 1950 la SEP integrara una Gran Comisión. El grupo de nueve “supersabios” incluía a Manuel Toussaint y el “ex jefe” de Guzmán, Alfonso Caso. Su estudio, entregado el 12 de febrero de 1951, confirmó que se trataba de un engaño.

Guzmán los acusó en la prensa de burocratismo e incompetencia. El 2 de marzo, el Ayuntamiento de Ichcateopan solicitó la intervención del Presidente Miguel Alemán para nulificar el dictamen, ya que los especialistas nunca habían ido a estudiar los huesos o revisar los documentos.

La SEP dejó abierto el asunto hasta 1976, cuando se formó la tercera comisión. “Es la investigación para la que he dispuesto de más recursos en mi vida”, recuerda Sonia Lombardo, quien participó como historiadora. “Echeverría nos dio una carta firmada en la que instruía a todas las autoridades civiles y militares para que nos apoyaran en los trabajos”.

Pese al dictamen contrario, Guzmán no lanzó contra esta última comisión sus dardos de polemista, pero la sombra de Cuauhtémoc no dejó de perseguirla. Poco antes de su muerte, en 1985, aseguraba verlo por las noches en su casa, majestuoso, caminar por los pasillos.

A Rodríguez Juárez, lamenta su hijo, la historia no le hizo justicia. Desde el día del descubrimiento, los reflectores se colocaron sobre Guzmán, cuyo nombre lleva la plaza del lugar. “Ella no le dio su lugar a mi papá, aunque él nunca lo hizo por sobresalir, sino para que el pueblo cambiara su economía tan miserable”.

Pero a Ixcateopan de Cuauhtémoc –nombre que le dio el Congreso estatal en 1950–, no llegó el desarrollo. Los dictámenes frenaron las promesas de los políticos, pero se continuó favoreciendo el culto a los restos, que hasta hoy se exponen en la antigua iglesia, convertida en el Museo Altar de la Patria.

Argumentos

Los especialistas pudieron establecer que:

  • Los restos óseos atribuidos a Cuauhtémoc pertenecían a ocho individuos. Podían proceder del osario situado cerca de la fosa.
  • Todos los documentos –los que dieron origen al hallazgo y los que se presentaron en 1976– eran falsos. En uno de los libros, Destierro de ignorancias de Juan Antonio de Oviedo, editado de 1769 a 1776, se hicieron anotaciones fechadas en 1550, dos siglos antes.
  • La Iglesia de Santa María de la Asunción fue construida cuando habían pasado más de dos décadas del supuesto entierro de Cuauhtémoc.
  • La afirmación de que el tlatoani había nacido en Ichcateopan, hijo de la princesa chontal Cuayauhtitlalli, justificaba que su cuerpo hubiera sido trasladado desde Itzancanac, en Tabasco, donde fue ejecutado en 1529 por órdenes de Hernán Cortés. Pero en los montículos de esta población tributaria de los aztecas no se halló rastro de palacios.

Reforma, 25 de septiembre de 2010