Zapata: Vive en el mito

Cada 10 de abril, los viejos revolucionarios esperaban la llegada de Emiliano Zapata de la “tierra prometida”. Desde que en 1919 cayó en Chinameca bajo las balas de las tropas del traidor Jesús Guajardo comenzó a forjarse el mito de su muerte.

“Morir en la cama no es el final de una buena historia. Como decía Malraux, una buena muerte marca el destino, y eso pasó con Zapata”, dice el historiador Salvador Rueda Smithers.

Aquellos que lucharon con el jefe revolucionario repetían que no fue Zapata quien acudió a la fatídica cita, sino un compadre que se le parecía mucho, al que prestó su traje, su arma y su caballo. Con otro compadre de origen árabe, identificado como Aureliano Azahar, Zapata “se chispó” a Puebla y Veracruz, desde donde embarcó a Arabia.

“Era un lugar que no conocían ni imaginaban”, refiere la historiadora Alicia Olivera. “Pensaron que se lo había llevado allá, como Moisés fue al Monte Sinaí, a adquirir sabiduría para luego guiarlos mejor”.

En su artículo ¿Ha muerto Emiliano Zapata?, Olivera consigna las variantes del mito: la afinidad con la leyenda de Quetzalcóatl, que marcha a Oriente para un día regresar, y las palabras de quienes aseguraban haberlo visto de vuelta, peloncito y sin bigote, por los rumbos de Jonacatepec y Nativitas. Hasta le sabían de una “queridita” en Cocoyoc.

Pionera con Eugenia Meyer en la década de 1970 del Programa de Historia Oral del INAH, Olivera entrevistó junto a historiadores como Rueda Smithers y Laura Espejel a 160 revolucionarios que vivían en la zona zapatista.

Así descubrieron que el mito se concentraba en la geografía de Morelos y no existía un autor, sino una serie de voces, un relato surgido la noche en que el cuerpo del “padrecito” Zapata fue expuesto en Cuautla ante sus soldados.

Hinchado por haber sido trasladado bajo el sol, se veía gordo y parecía no faltarle el dedo meñique que había perdido al lazar un potro. Y aunque por miedo a las represalias de los “guachos” decían reconocerlo, sus hombres repetían afuera que no, que Zapata no había muerto.

‘Padre protector’

En vida, Zapata era como un santo. Sus decisiones no se cuestionaban; su conducta era irreprochable. “Tenía una estatura simbólica más allá de lo humano”, dice Rueda Smithers. “Por eso es posible un desenlace mítico”.

Después de leer miles de cartas del Fondo Emiliano Zapata del AGN dirigidas al caudillo, Espejel afirma que era visto como un “padre protector” a quien manifestaban sus carencias y llenaban de bendiciones.

En una carta fechada en abril de 1915 en Amatitlán, Martín Sosa pide a Zapata evitar los abusos y el hambre, y se despide: “… después de Dios, usted es nuestro padre, nuestro rey, y por eso todos debemos ir con usted y hacerle saber nuestras necesidades”.

La estructura del Ejército Libertador del Sur se basaba en ligas familiares, de compadrazgo y amistad, de ahí el simbolismo del acto final de Zapata. “El relato es verosímil para los campesinos porque quienes lo ayudan son sus compadres. Quienes se sacrifican y lo salvan son su álter ego. Compadres, su otro padre”, señala Rueda Smithers.

José Ortiz Monasterio, quien ha recuperado el mito en ¿Zapata en Chinameca?, un texto de ficción histórica incluido en El libro rojo (FCE), considera que no existe una razón clara de por qué Zapata, habitualmente desconfiado, acudió a Chinameca con una pequeña escolta para reunirse con Guajardo.

Pudo quizá, como se ha dicho, haberse inmolado para que el zapatismo pasara a una etapa de pacificación, en la que sus miembros conservaran las tierras que les habían repartido. “Zapata vivo estorbaba para que se produjera el cese de las hostilidades”.

Los zapatistas creían haber ganado la guerra, apunta Rueda Smithers, y bajo su lógica tenían razón. “Cuando le pregunté al capitán Macedonio García cómo decía que había ganado su revolución si lo veía igual de pobre como debía ser en el porfiriato, me dijo: ‘Usted entiende que ganar la guerra era volverse más rico, y nosotros nunca peleamos por eso. Para ser rico había que trabajar más o comerciar, y eso no era lo que buscábamos, queríamos tierras y tierras tenemos’”.

A 90 años de su muerte, la fuerza simbólica de Zapata permanece. Pasó de ser el “Atila del Sur” a convertirse en referencia de la izquierda socialista en guerrillas como el Frente Urbano Zapatista (1969-1972), y símbolo de la esperanza con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, surgido en 1994.

“No está enterrado en el Monumento a la Revolución”, aclara Rueda Sm+ithers, “porque para los zapatistas pertenece al estado de Morelos. Y descansa en el lugar (Cuautla) donde decidió alzarse como revolucionario”.

Un doble que fue real

Algunos dicen que su doble era Jesús Delgado, otros lo nombran Joaquín Cortés. Lo cierto es que Emiliano Zapata (1879-1919) solía enviar con los periodistas a alguien que era “como su caricatura”. Salvador Rueda Smithers lo recuerda en las imágenes de la época de una estatura menor, con rasgos más aindiados y vestido con calzón de manta.

Los zapatistas no quisieron, dice Alicia Olivera, que el caudillo descansara en el Monumento a la Revolución junto a quienes habían luchado por el poder, no para ayudar a su gente. “Nunca dejaron que exhumaran sus restos”.

Reforma, 10 de abril de 2009